No me hubiera gustado morir en los 90

La década del 90 en Argentina dejó como saldo objetivo millones de desocupados, un altísimo nivel de pobreza y una educación degradada. ¿Cómo repercutieron estos cambios en lo subjetivo, en los sentimientos, valores y maneras de concebir nuestra sociedad y las relaciones entre sus miembros?

Por Silvia Bleichmar

Argentina en los 90 se transformó en un país excluyente y socialmente polarizado a la nación emblema de la clase media en América Latina. ¿Pero cómo repercutieron estos cambios en el plano subjetivo, en nuestros sentimientos, valores y maneras de concebir nuestra sociedad y las relaciones entre sus miembros?

¿En qué momento y de qué modo nuestro país se nos hizo irreconocible y ajeno, hasta el punto de convertirse en “este país”? ¿Cuándo dejó de ser tierra de promesas para convertirse en lugar de paso? ¿Cómo fue que perdimos los códigos colectivos con que nos manejábamos y desdeñamos la resistencia a un modelo diametralmente opuesto al que buscábamos construir?

Si en Dolor País Silvia Bleichmar, inteligente lectora de síntomas sociales y aguda intérprete de sentimientos colectivos, supo poner palabras y reflexión al grito desesperado de la crisis, en este libro se permite profundizar, con la misma lucidez, osadía y afán de dignidad, en el recorrido que nos llevó de allá a aquí y en los hechos recientes que nos permiten vislumbrar nuevas esperanzas

No me hubiera gustado morir en los 90 (fragmento)

No me hubiera gustado morir en los 90, cuando la restauración neoliberal avanzaba por el mundo y me hacía sentir parte de una generación tirada a los perros; al final de un siglo que nació al calor de la Utopía y terminó al borde de la desesperanza, resignando la expectativa de toda redención posible; acosada dentro del marco de un tiempo que obligaba a la renuncia de todo proyecto colectivo; reducida a la inmediatez de mi supervivencia y la de los míos –que son muchos más que la extensión de mi sangre–, sabiendo que éramos los últimos de una generación que tardaría mucho en volver.

En los 90, cuando bajo los restos de un socialismo no derrotado por la fuerza de sus enemigos sino implosionado por su propia incompetencia y corrupción inte rna, se desmoronó la esperanza, arrastrando los sueños de millones de seres humanos que aspiraban todavía a un bienestar moral y material que no implicara la explotación de otros seres humanos ni su condena a la marginación y la miseria.

No me hubiera gustado morir en una época en la cual se asistía a la extinción de los proyectos, porque quienes se adaptaban a las condiciones vigentes para sobrevivir debían hacerlo a costa de dejar de ser quienes habían sido, renunciando a legar a las generaciones futuras un modelo en el cual el bienestar culposo de los ganadores quedó inscripto sobre el trasfondo de la miseria irredimible de los perdedores. Y porque entre los mismos ganadores hubo perdedores de la historia, y entre los perdedores se vio congelada la semilla de reparación, lo que nos dejó librados a una mutación moral que aún se torna difícil de revertir.

En los 90, cuando la complicidad corrupta de los gobernantes favorecía el saqueo y la depredación del continente, pero sobre todo brindaba modelos de éxito que incrementaban la inmoralidad de las mayorías –incluidos los niños–, que cuestionaban despiadadamente la relación entre esfuerzo y logro. Fernando Color de Mello en Brasil, Alberto Fujimori en el Perú, Carlos Menem en la Argentina, Carlos Salinas de Gortari e n México, y otros, menos presentes en la memoria pero igualmente canallescos, echaron petróleo, gas, aguas, dinero de convertibilidad, a la boca sedienta de los centros imperiales que no sólo se quedaban con la sangre y el aliento de nuestra gente sino también con la sed, el frío y la desnutrición física e intelectual de las generaciones que nos continuarían.

No me hubiera gustado morir en los 90, cuando algún periodista impune calificó la caída del muro de Berlín como el acontecimiento más auspicioso de la época, dado que su presencia había constituido “la infamia más grande del siglo” –ignorando la existencia de Auschwitz y Dachau, de Hiroshima y Nagasaki, de las dictaduras de América y África, la lapidación de mujeres y la prostitución de los niños; ni cuando Fukuyama se permitía vaticinar “el fin de la historia”, condenánonos a vivir los restos de un capitalismo degradado que poco tenía que ver con la ilusión hegeliana de una culminación gozosa de la humanidad en su búsqueda de bienestar y desalienación.

En los 90, cuando gran parte de los argentinos votó por segunda vez a un gobierno que había puesto un agente extranjero al frente de la aduana de Ezeiza, mientras su mujer, cuñada del Presidente, pasaba valijas de clara procedencia ante la mirada ciega de los funcionarios responsables.

No me hubiera gustado morir en los 90, cuando triunfaba la idea de que cada uno debía valerse por sí mismo, y de que quien dependía del Estado para educar a sus hijos o garantizarles la salud era un perd e d o r. Cuando esta ideología reinante, que entronizaba el egoísmo, imponía salvarse y salvar su cría al modo selvático y se convertía en la matriz ideativa que permitía creer que se debía “achicar el estado para salvar la nación” –así, con minúscula, porque el Estado era un m e ro administrador de las riquezas y miserias privadas– arrastrándonos a la descontrucción de toda noción de comunidad.

No me hubiera gustado morir en un tiempo en el cual el sometimiento a los centros de poder nos dejaba sin socios ni amigos, ya que cada país de América Latina devenía rival en dar prebendas y recibir favores de los supuestos amos de la historia; cuando teníamos reuniones
de presidentes como si fuéramos inquilinos de un consorcio cuyos dueños decidían, en última instancia, si se cortaba la calefacción o se hacía un quiosco en la entrada, aun sabiendo que las relaciones carnales dejaban siempre el lugar de atrás a los poderosos.

Me hubiera perdido el re t roceso de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, que más que “pacificar” corroboraron la impunidad y la injusticia que se manifestaron en múltiples aspectos de la vida cotidiana durante años: el gatillo fácil, la corrupción policial y su participación en el delito, la falta de resolución de los casos de la embajada de Israel y la AMIA, y el encubrimiento de los móviles y de los responsables del estallido en Río Tercero, con sus muertos y heridos, sólo por la codicia corrupta de quienes realizaron tráfico de armas con el apoyo solapado de las instituciones oficiales.

Me hubiera perdido también el estallido popular de 2001 –como respuesta a tanto mal ejercido banalmente por los sectores dominantes– y la recomposición de la cultura; el retroceso incipiente en el imaginario social de la idea de que la educación pública es un paliativo asistencial para los pobres y de que la salud pública no es una obligación política y moral del Estado sino el fruto de las acciones caritativas de quienes por sus convicciones religiosas y humanitarias están dispuestos a que no mueran los pobres que, aunque no gozan de demasiados derechos son, después de todo, “criaturas de Dios”.

Me hubiera visto privada entonces de la posibilidad de discutir que no se trata de caridad sino de solidaridad, del ejercicio de una ética en la cual el abandono del semejante es siempre muerte de una parte de uno mismo, y para la cual no hay posibilidad de otra moral que aquella capaz de hacerse cargo de la supervivencia no sólo física sino también simbólica de los otros.

Me hubiera perdido de ver a un presidente en pulóver, desplazándose por el mundo sin corbata –sans culotte, en sentido metafórico–, y la fiesta aymará con la cual los indígenas bolivianos, que siguen usando el carbón y la leña mientras bombean su gas vendido a los concesionarios petroleros del exterior por una décima del valor al cual éstos lo comercian, festejarán la asunción de un gobernante que, por primera vez desde la Conquista, habla una de las lenguas más ricas del mundo lingüístico, y a la cual se les pide que renuncien para poder comerciar más claramente en el marco de las condiciones del dominador.

No hubiera visto entonces los nuevos tiempos, difíciles, contradictorios, pero indudablemente mucho más dignos y auspiciosos, con los cuales un país del continente intercambia petróleo por médicos, y otro recibe ayuda para pagar parte de la deuda externa, no por sentimentalismo hermanante sino por convicción de que no podemos enfrentarnos a las condiciones de existencia cada uno por separado. Cerrar los ojos definitivamente, como quien dice, en los 90, no hubiera sido saludable para mi espíritu.

No me hubiera permitido tenerlos bien abiertos ahora, para, en caso de que llegue a 2020, evitarme la angustia de morir en un continente que cíclicamente pierde representación de sí mismo. Un continente al cual el siglo XX se llevó entre las patas, y que recién estamos intentando ensillar nuevamente hasta que podamos retomar las riendas de manera firme.

Pero, sobre todo, si no hubiera sobrevivido a los 90, me habría perdido también la posibilidad de seguir tratando de construir un país en el cual no muera un habitante por cada dos niños que nacen; en el que no se pueda resolver el horror de que 15 de cada 100 habitantes vivan en villas de emergencia, el 62 por ciento no tenga cloacas, el 58 por ciento viva sin gas natural y
el 33 por ciento sin agua potable. Posibilidad, en este caso, que se trata de recuperar como proyecto y no simplemente como esperanza depositada en las fuerzas del destino.

De No me hubiera gustado morir en los 90, de Silvia Bleichmar. Buenos Aires, Taurus, 2006. 256 páginas.

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