Silencio Hospital, de Mario Avila

Encerrarlo en un hospital neuropsquiatrico no fue suficiente, la desgracia lo perseguía. Nació bajo el signo de Escorpio y murió bajo el signo de cáncer. El frió de aquella tarde no marcó ningún punto de inflexión en la vida de sus compañeros de sala. Solo el sordo Gómez dejo caer una lágrima, había visto en él una persona en quien confiar.

-No era un hombre malo, no había porque encerrarlo. Decía su madre

Tras entender que la muerte perseguía a su hijo no hizo otra cosa que encubrirlo, sin saberlo crió una bestia. Sin dejar rastros ni levantar sospechas Franco Rosales había matado a más de cuarenta personas de una forma inimaginable.

Luego de presenciar la masacre de sus abuelos Franco se juró a si mismo no hablar nunca más hasta tener enfrente de él la posibilidad de venganza. Se escondió durante muchos años en la cabaña de su abuela materna en medio de la montaña, ella lo cuido y le enseño el arte de matar sin dejar rastros. Sabía que en la mirada de su nieto se encontraba la comprensión de todos los pasos a seguir a fin de lograr el crimen perfecto. Es más, la canosa mujer de pelo largo no solo influenció a Franco en el arte de matar sino también en el oficio de cultivar los sentimientos de venganza.

Durante la primera noche en que Franco llegó a la humilde cabaña la octogenaria no perdió el tiempo y le practicó una incisión muy pequeña en cada uno de los oídos. La sordera del joven le garantizaba que permanecería vivo.

Tras años de prácticas con animales salvajes Franco estaba en condiciones concretar la venganza, no solo contra los asesinos de sus abuelos paternos sino contra todos aquellos que alguna vez lo molestaron o le hicieron algún mal.

Las crónicas policiales se repetían en los periódicos de la época, finalizando con el párrafo: “se sospecha de Franco Rosales, sin embargo no se encontraron pruebas para incriminarlo”.

La última noche en el hospital el silencio fue sepulcral, asesinó a su última victima y se acertó un disparo calibre treinta y dos  en el centro del corazón.  Gómez afirmó por escrito que “la única cosa que vi fue que Franco movió la boca y pronunció dos o tres palabras, en ese instante, el manco Perales cayó al suelo como si su alma hubiese sido aspirada. Luego llegó el disparo. Franco era un hombre bueno siempre me hablaba pero yo nunca pude entender lo que decía por mi sordera” y remató con la ultima gota de tinta “cuando su cuerpo cayó ensangrentado al suelo sentí que se liberaron muchas almas”.

De Cuentos incompletos, de Mario Avila (de próxima publicación).

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4 de Diciembre de 2016|13:40
2
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4 de Diciembre de 2016|13:40
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  1. Un poco más cerca de la fama.
    1
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