Francisco Azuela y la búsqueda de nuevas revoluciones

Su tío abuelo, Mariano Azuela, fue "el novelista de la Revolución Mexicana". El poeta y diplomático, radicado en Bolivia desde hace casi una década, habla de su formación y explica su ideario político y estético.

Por Gabriel Conte

El poeta Francisco Azuela es mexicano, aunque reside en La Paz, Bolivia. "Soy americano de América Latina, es decir, soy un latinoamericano que no es lo mismo que estadounidense y no pertenezco al país del imperio del Norte", se define y autoproclama.

Gentil –que no es lo mismo que ingenuo ni desprevenido, en este caso- Azuela atiende por correo electrónico la requisitoria de un mendocino en La Paz y le invita a conocerle más allá de Google: sus libros, su casa, su familia.

Su viaje a México, la tierra que lo viera nacer, impidió el encuentro programado. Pero no se impuso sobre la posibilidad de un encuentro, aunque más no fuera, virtual.

“Mi identidad como mexicano comienza al sur del Río Bravo y estoy formado en la cultura de mis ancestros, desde los antiguos poetas mexicanos hasta los actuales. Vengo de una familia de escritores, entre los que se encuentra mi tío abuelo Mariano Azuela, primer novelista de la Revolución Mexicana y autor del libro mundialmente conocido Los de abajo", sostiene e informa; incita al diálogo y reafirma su identidad.

Mariano Azuela, el pariente del que se siente cercano a 60 años después de su muerte, fue un médico, escritor y crítico literario que incursionó por el teatro, el cuento y la novela. En este último género, su primer título fue María Luisa (1907) pero la popularidad la adquirió –tal como indica hoy su sobrino nieto- con  Los de abajo, en 1915.

 
Francisco Azuela se radicó en 2001 en La Paz, una de las dos capitales bolivianas. Allí, es director del Centro Integrado de Documentación e Información del Instituto Internacional de Integración del Convenio Andrés Bello, organización de la que son miembros Bolivia, Colombia, Cuba, Chile, Ecuador, España, Panamá, Paraguay, Perú y Venezuela.  "Soy un luchador", se definirá de inmediato, en medio del intercambio, para agregar una convicción: "Llevo un compromiso existencial porque siempre tendré algo que decir o que escribir sobre los tiempos antiguos o sobre los tiempos actuales".

Su  libro emblemático es El maldicionero. Compartió con nosotros palabras que –avisa- ya ha dicho antes a otros periodistas. Y, entre ellos, a la francesa Valerie Constantin, de la Revue d'art, littérature et musique. “El maldicionero –explica Azuela- más que ser un maldecidor es un personaje que va recogiendo todo lo roto y lo llorado, lo amargo y lo infierno, la viudez de la gente, del polvo, el dolor del otro, el dolor de la América desolada, de la América doliente".

Y cuenta la génesis de su trabajo: "Cuando sentí como un viento cruzado que me llegaba de los cuatro puntos cardinales un lenguaje en movimiento muy veloz, cargado de imágenes y de rostros, de heridas y de himnos antiguos, sabía que tenía la necesidad y la obligación de poner mucha atención y de estudiar lo que estaba escribiendo. Entonces El maldicionero se me presentó enorme, como los árboles milenarios y empecé a escribirlo a veces en verso y a veces en prosa. Finalmente me decidí por la prosa poética porque descubrí que el verso no me alcanzaba para tocar la orilla de las últimas palabras, de los últimos sentidos, del universo de imágenes y de conceptos. Ahí empezó la evolución de las hojas y de las ramas de ese gran árbol".

Fiel a su propia pluma y a su palabra, contó cuánto de familia hay también en su obra. "Entonces –dijo Azuela-  se trabaron los cursos del poema general o del puñado de poemas y vinieron tres libros sobre el tema : El tren de fuego, La parole ardente (edición bilingüe) y Son las cien de la tarde, (Constelación boreal) que dice en su primera página: `El maldicionero tiene dos descendientes: El tren de fuego y La parole ardente, nacidos de su entraña como la luz del navío en la aurora. Su nueva versión: Son las cien de la tarde´. Para mí ha sido un gran aprendizaje la evolución de este lenguaje, a veces repetitivo en la búsqueda de la palabra perdida".

Un poema de Azuela para coronar el encuentro:

De monte Albán a Tiwanaku

Al poeta Humberto Garza,
Amigo de la honda y profunda claridad.

La historia antigua es como un hilo,
se rompe,
se quiebra
y se consume.

¿En dónde están los rostros,
las voces,
los mascarones de estuco?

En estos siglos de silencio
se ha perdido el canto del colibrí.

Los mascarones están en Kalasasaya
y en el Palacio de Monte Albán,
los portones megalíticos,
gemelos,
los códices insepultos,
el recuerdo,
los sueños,
los rumores,
la luz,
la otra luz.
No se ha perdido la estrella que ilumina el alba,
ni el corazón del hombre
dibujado en la cordillera
con sus nieves en flor.

La tierra guarda sus secretos
y el humo de las palabras hace círculos en el horizonte.

Un cóndor,
una águila azteca,
el fuego consume la oscuridad.

Hablar a la sangre,
al pueblo indoamericano,
latinoamericano,
hispanoamericano,
al mundo prehispánico.
Hablarle a la otra sombra,
hoy es agosto para siempre,
para toda la vida,
los augurios,
ayer fue el eco,
el sonido se repite,
otra vez aparece el viento de la tarde,
esa delgada sombra con sus manos abiertas.

Otra vez el reflejo
y el llanto,
una lágrima cae en el filo de la espada
como un remordimiento.
Pesa el pasado
y pesa la hora como un siglo de desdichas.
Vuelve a amanecer,
el tiempo trae nuevas auroras,
el canto del colibrí renace
y la estrella se oculta tras la colina.

Se oye de nuevo la voz antigua sin reclamos,
la alegría y la tristeza se armonizan,
el agua envenenada desaparece,
la tierra ha florecido de una manera diferente,
el águila azteca-zapoteca de Monte Albán y Teotihuacan
rompe los aires del espacio y del tiempo
y se encuentra con el cóndor en Tiwanaku
en un vuelo de luces sobre el arcoiris.

La Paz, Bolivia, 12 de julio de 2004.

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