Memorias de un Rolling Stone

Ron Wood cuenta sus peripecias musicales y extramusicales junto a Rod Stewart, Keith Richards, Mick Jagger, John Lennon, Bob Dylan, por citar sólo a algunos. El resultado es un catálogo de anécdotas bochornosas, dramáticas o ridículas narradas con humor y sin pelos en la lengua.

Por Ron Wood

Érase un muchacho de humilde y acuático linaje (la residencia familiar había sido una barcaza hasta la generación anterior) que quería ser músico o pintor y que logró ambas cosas, sobre todo la primera, en grado superlativo: ahora vende sus cuadros a precios absurdos y desde 1975 toca la guitarra en la banda de rock más famosa, más longeva y más luciferina del planeta.

Ahora, alcanzada una edad en que la mayoría de sus coetáneos saborea la inminencia de una modesta y bien merecida jubilación, el susodicho puede recordar (lo cual es sin duda notable) varias décadas empapadas en cantidades épicas de cerveza y otros líquidos más severos; amenizadas por complacientes señoritas proclives al desnudo y el coito; alegradas por frenéticas orgías en mansiones victorianas o por joviales vandalismos en hoteles de lujo; pulidas en el asiduo roce de príncipes, beodos, estafadores, ministros, artistas, intelectuales y camellos; viajadas en aviones privados y bronceadas al sol de exóticas playas; estupefactas de amor a los humos, píldoras y polvos no recomendados por las autoridades sanitarias; y, claro está, presididas por el (rara vez sosegado) oficio de darle cuerda a la banda más famosa, más longeva y más luciferina del planeta.

El guitarrista Ronald David Wood nos cuenta sus peripecias musicales y extramusicales en compañía de sujetos como Jeff Beck, Rod Stewart, Keith Richards, Mick Jagger, John Lennon, George Harrison, Bob Dylan, Jimi Hendrix, Eric Clapton, Tony Curtis, Bob Marley, John Belushi, Muhammad Ali o Groucho Marx, por citar sólo a algunos de los más conocidos (entre los desconocidos hay personajes no menos estremecedores).

El resultado es un incesante catálogo de anécdotas estrambóticas, bochornosas, dramáticas o ridículas narradas, eso sí, con bastante buen humor y sin pelos en la lengua.


Prólogo

Era el año 1964. Los Rolling Stones tocaban en el Festival de Richmond. La fuerza visceral de su música me apresó entonces para no soltarme jamás. Los Stones fueron mi cebo y yo mordí el anzuelo.

La gran carpa del festival estaba completamente hechizada por la fuerza de aquel ritmo imparable y primigenio. Todos en aquella multitud conocían la música. Muchos eran coleccionistas de discos. Las mujeres eran de una calidad insuperable: desenvueltas, sensuales, tentadoras. Al salir me di un golpetazo en la pierna contra uno de los postes de la carpa, pero ni me enteré. Estaba totalmente conmocionado y sabía que yo podría tocar con aquellos muchachos.

2005: contemplando desde el balcón del hotel a los millones de personas que esperaban el inicio de nuestra actuación en el macroconcierto de Río, me di cuenta de lo lejos que habíamos llegado. La expectación y la adrenalina se habían acumulado hasta lo explosivo cuando pisamos el matadero en la playa de Copacabana. Caminando por la pasarela que comunicaba directamente el hotel con el escenario, sentí una exaltación que no se puede alcanzar con ninguna droga. Mientras nos deseábamos buena suerte unos a otros antes de irrumpir en escena, Keith dijo: «La jaula se ha abierto».

Allí estaba: pasadas más de tres décadas desde mi primer atisbo de los Stones en aquel festival de blues, me pedían que relatara la historia de mi vida. La idea me asustaba, pero me armé de valor y decidí que lo haría dibujando todas las casas en las que había vivido durante los últimos sesenta años. Dibujaría y describiría cada lugar, presentaría a la gente, los sitios y las cosas con los que me había ido topando a lo largo de mi vida  por el camino de la música y el arte. Me gustaría conduciros a través de esos lugares y hablaros de toda esa gente.

Escrito con tinta gitana…

El yate de tu padre (fragmento)

Mi historia empieza donde empiezan los dibujos. Mis hermanos y yo fuimos los primeros miembros de la familia nacidos en tierra firme; mi madre y mi padre habían venido al mundo en las barcazas del Paddington Basin, al oeste de Londres. Como mis abuelos y bisabuelos, pertenecían al grupo de los «gitanos acuáticos» que trabajaban y vivían en las aguas del Támesis. Mi padre se llamaba Arthur, aunque era más conocido como Archie. La barcaza de su familia era la Antelope. Mi madre se llamaba Mercy Leah Elizabeth, pero todo el mundo la llamaba Lizzie. La barcaza de su familia era la Orient.

Y aquí estoy yo, fuera del agua en una diminuta y cálida vivienda municipal, escuchando desde la cama los sonidos del lugar. Una pareja de ancianos discute mientras camina bajo mi ventana. La ciudad es Yiewsley, y la casa el número 8 de la avenida Whitethorn. Yiewsley era un lugar muy tranquilo por las noches porque no pasaban muchos coches y después de las diez y media todo estaba cerrado. Durante los fines de semana, las fiestas en el número 8 animaban la noche, pero entre semana, mientras estaba acurrucado en la cama, el único ruido se producía a las once cuando Belle y su marido George volvían a casa desde el Red Cow. Belle era alta y vieja, George era bajo y aún más viejo. Caminaban por la avenida Whitethorn, a unos veinte metros de distancia el uno del otro, peleando a voz en grito.

Ella le chillaba: «No te atrevas a hablarme de ese modo», y yo, tumbado en la cama, pensaba: ahí está Belle. Al cabo de un minuto, George, que iba delante, gritaba: «Cierra el pico, vaca vieja», y yo me decía: ahí está George. Con ellos podías poner el reloj en hora.

Después de cenar, a mi familia le encantaba reunirse alrededor de la radio para escuchar las comedias radiofónicas. Aquellas escenas de nuestra vida real parecían una prolongación de los episodios que se escuchaban en programas como Take It From Here de Jimmy Edwards o The Goons y Life with the Lyons de Frankie Howerd.

El número 8 de la avenida Whitethorn fue el primer hogar en tierra firme para mis padres, y para mí el centro del universo durante los primeros quince años de mi vida. Nuestra vivienda municipal era una casa de dos plantas con dos habitaciones en cada una más un minúsculo desván en lo alto de la escalera. Allí apenas cabía una cama pequeña, y todo el mundo en la manzana se refería a ese cuarto como «la caja». Cuando yo era pequeño, mis hermanos Art y Ted compartían una habitación, mis padres tenían la suya y yo dormía en la caja.

Todo lo que sabía del mundo estaba en las viviendas municipales de Yiewsley, a la sombra del aeropuerto de Heathrow, y toda la gente que conocía vivía a tiro de piedra de la avenida Whitethorn. La mayor parte de mis tías, tíos y primos también vivía allí cerca, así que estaba rodeado por la familia. En la de mi padre eran once hermanos, y en la de mi madre, ocho. Las fábricas de ladrillos estaban cerca, y la mayoría de la gente de la zona tenía a algún pariente trabajando en ellas, o (como era el caso de mi padre y de mis abuelos) en el canal Grand Union que atravesaba Yiewsley. Todos lo llamábamos «el tajo» porque así fue como lo bautizaron los obreros irlandeses que habían cavado el terreno para construirlo.

El abuelo Sylvester Wood trabajaba en las barcas. Era un hombre menudo que vestía como un dandi a la manera de los gánsteres de Chicago: sombrero de fieltro, chaleco, reloj con cadena y clavel en el ojal. Su remolcador era el Fastnet, y cada día arrastraba cinco o seis barcazas de arena y grava desde Yiewsley a Londres para la industria de la construcción. Mi yaya Phoebe era una de sus mujeres... lo digo porque hace poco me enteré de que tenía varias. Mi tío Fred, hermano de mi madre, me contó que a Sylvester le gustaba «ir un poco de aquí para allá», y que tenía una segunda familia canal arriba en Stratford-upon-Avon, y posiblemente una tercera en Manchester...

De Memorias de un Rolling Stone, de Ron Wood. Barcelona, Global Rhythm Press, 2008. 344 páginas,

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