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Fabbiani es un negocio redondo para todos

El delantero de moda del fútbol argentino es funcional a todos: a Gorosito, a los jugadores e hinchas de River, al periodismo deportivo y a la prensa amarilla.

El futbolista Cristian Fabbiani es un negocio redondo y no sólo por lo abultado de su abdomen: es un negocio redondo porque les cae
como anillo al dedo a tribus variopintas, incluidas las  que acompañan los aullidos de la moda del pragmatismo y la insustancialidad.

La moda, ya que estamos, esa construcción tornadiza, arbitraria, necesariamente temporaria, es la que lanzó a Fabbiani a las más altas cumbres del sonsonete veraniego, aunque tal parece que como el muchacho juega bien al fútbol y sabe registrar por dónde y cómo hacer ruido con la lengua, todo indica que el "stock" se renovará por lo menos hasta finales del invierno.

Fabbiani es funcional a las necesidades del director técnico Néstor Gorosito, que padecía los lastres de un plantel, como el de River, con menos pujanza que el modisto Roberto Giordano para intentar llegar a buen puerto con la secuencia sujeto, verbo, predicado.

Fabbiani es funcional a las necesidades de sus flamantes compañeros de River, que justamente por esa anemia emocional, y en tiempos de rendimientos deportivos opacos, rogaban por la llegada de alguien que con su sola presencia les aliviara el equipaje.

Fabbiani es funcional a las urgencias de los hinchas de River, que cuando andaban abrumados por una decadencia estruendosa, desencantados e iracundos, un buen día se levantaron y se desayunaron con que un muchacho de vincha y verba picante gritara a los cuatros vientos que toda la vida había soñado con vestir la casaca de la banda roja.

Fabbiani es funcional a los modos del periodismo deportivo inclinado a exprimir a los personajes al límite de la saturación misma.

En ese línea vampírica y vampirizante, tanto vale narrar el gol que le convierte a Rosario Central, como consultar a su madre por el tema del sobrepeso, a su ex esposa por la manutención de la hija, a damas anónimas -o no- acerca de sus presuntas dotes de don Juan, a su peluquero, a su vecino, al vecino del vecino y al encargado del edificio donde moran Fabbiani, el vecino y el vecino del vecino.

Fabbiani, desde luego, es funcional a los programas de la farándula, a los programas farandulizados y a los programas farandulizantes, que, aunque dé pena admitirlo, es casi todo lo que hay.

Y hasta donde se sabe Fabbiani es un futbolista que va camino de los 26 años, que jamás sobresalió más que en lapsos cortos e intercalados con otros lapsos de pronunciada mediocridad, que no se caracteriza por su sentido profesional, que ha incumplido con unos cuantos contratos, que acaba de hacerle un desplante a uno de los clubes más serios del fútbol argentino (Vélez), que desdeña emplear un tono respetuoso cuando se refiere a sus colegas y que, con un poco de buena suerte y viento a favor, se consolidará en River y llegará a ser un mejor delantero de lo que es hoy.

Pero a Fabbiani, tan devoto de las cámaras como de pegarle a la pelota número 5, le asiste pleno derecho y plena razón cuando dice: "yo soy así, y no pienso en cambiar".

La cuestión, entonces, pasa a ser de cuño gramatical: lo sustancial no es qué hace Fabbiani con nosotros, sino qué hacemos nosotros con Fabbiani.
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24 de Enero de 2017|16:31
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