El Deshollinador, de Claudio Layer

Su madre no tiene con quien dejarlo. Hace tareas domésticas en el barrio que hay al otro lado del hipódromo. Va y viene por las casas de quienes pretenden sus servicios. Plancha, lava. Ordena un poco. Saca el polvo. Lustra aparadores. Aplica brillametales. Limpia los pomos de las puertas que a veces sólo se abren con la ilusión. Intenta lustrar lo imposible: la soledad que se pega hasta en los zapatos. Cuando ella pasa, todo brilla. Incluso, su propia sombra. 
 
Le pagan lo justo. Lo necesario para vivir. Su nombre es Antonia. Lleva al pequeño Deshollinador de aquí para allá. Visitan la vivienda de un matrimonio compuesto por un juez y una docente: una pareja institucional. Le dejan las llaves. Ingresan despacio. Casi en puntas de pie. Ella dice que no toque nada. Hay una nota sobre la mesa. Con letra imprecisa le indican las tareas que debe hacer. Dónde están los artículos de limpieza. Las escobillas. Los detergentes. La suerte misma.
 
Han dejado junto al aparador una caja de soldaditos de plomo para el pequeño. Es un obsequio. Antonia cree que sólo es un préstamo para que el niño se entretenga. Ella no entiende que es un regalo. Es demasiado humilde y obsecuente. El pequeño Deshollinador abre los ojos cuando ve la caja de soldaditos. Son pequeños. Granaderos. Azules y blancos. Algunos van montados en caballos. Otros, con ballestas sobre sus hombros. Antonia le dice que los trate con cuidado. Mientras, busca la tabla de planchar. La monta en la cocina. De los armarios, extrae camisas, vestidos, sabanas desperdigadas que luego apila sobre una sillita de mimbre.

Ropas que intentan vestir el sentido de la permanencia. El Deshollinador se entretiene. Coloca los soldaditos en fila, uno atrás del otro. No le importan las estrategias. Nunca empleará ninguna en su vida. Solo le gusta ver a los soldaditos formados, uno atrás de otro, como tablitas de dominó. Quizás, como sus pocos años de vida: cuatro atrás de cinco. 

 De pronto, un asalto a la desprolijidad. Una coartada al desorden. Dá un golpe de mano. Los soldaditos vuelan por el aire. Uno atrás de otro. Caen sin sentido por toda la sala. Algunos quedan debajo de la tabla de planchar. La idea del orden dentro del caos. Los pinitos de bolos se estrellan contra el parquet. El presagio de la fortuna contra las manos vacías. La pelea constante de la ilusión contra los paradigmas. Salir a correr, coleccionar soles en cuclillas. Construir castillos de cerillas. 

Luego, patear todo contra la arena. Estrellarse contra uno mismo. Coleccionar naipes abandonados. Buscar ese espejo roto donde a veces nos peinamos el alma. El pequeño Deshollinador forjará su manía por la asimetría esa misma tarde. La tentación de echarlo todo a perder. Romper filas. Cortar olas con un suspiro tan filoso como el último suspiro. Mientras, su madre plancha. La observa desde abajo. 

Desde ese día, incrusta en su inconsciente la terrible animadversión a todo lo que estuviese simétricamente colocado. Siempre lo asociará a la tarde en la que acompañó a su madre a planchar y la observó envuelta en vapor. Se regocijará con las formas que delinean las arquitecturas de lo imposible. Los trazos Miró de cualquier coincidencia. La casualidad que propone una nube cuando charla silenciosa con un retazo de pupila. 

Siempre verá barriletes en su retina, colgados desde el rabillo de su ojo. Y se sentirá feliz. Cada vez que contemple como una cometa se desinfla dentro de su mirada, será más feliz que de costumbre. Desde esa tarde, El Deshollinador se reirá solo, de a ratos, o cada vez que vea como caen a su alrededor, las piezas que el destino no puede juzgar. 
 
(Fragmento de El Deshollinador de Los Pretéritos Imperfetos. Novela de Claudio Layer de  próxima edición. Febrero de dosmilnueve. Madrid, España).
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Opiniones (1)
3 de Diciembre de 2016|18:40
2
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3 de Diciembre de 2016|18:40
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  1. Bravísimo!!!
    Notables letras de uno de los secretos mejor guardados de la literatura mendocina. Aguardamos con ansías esa novela. P.D: "Aguante los poetas punk!"
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