Y además saben pintar

Muchos escritores, hombres y mujeres, expresan su talento de múltiples maneras y son también músicos o pintores. Para algunos, la pintura es una parte importante de su labor; otros descubrieron esta pasión más tarde, pero en la mayoría de los casos sus obras son en su mayoría desconocidas.

Por Donald Friedman

En Y además saben pintar. Escritores, creadores de palabras, creadores de imágenes, el  investigador Donald Friedman con cuadros y dibujos de famosos escritores, muestra las obras de Goethe, Baudelaire, Dostoievski, las hermanas Brontë, Proust, Dürrenmatt, García Lorca, Ionesco, Günter Grass, Sylvia Plath, Patricia Highsmith, Pearl S. Buck, Apollinaire, Kafka, Charles Bukowski, Lewis Carroll, Nabokov, Mark Twain y muchos otros.

Esta obra nos da a conocer las geniales obras de arte de algunos de los más grandes escritores de los últimos doscientos años y demuestra a la vez la importancia vital que tiene y siempre ha tenido la expresión artística con pincel y pintura para muchos hombres y mujeres de letras.

Rafael Alberti (1902 – 1999)

 “En un principio –escribió Rafael Alberti– busqué en la pintura el medio de expresar mis inquietudes en colores y formas. Luego fue en la poesía donde hallaron expresión estas inquietudes por medio de la palabra y la metáfora”. La poesía de Alberti tiene una clara orientación visual, y algún crítico ha observado la influencia directa del cubismo en sus estructuras.

 “Sin duda, yo soy un poeta para quien los ojos son las manos de su poesía”, reconoció el propio Alberti. A lo largo de su vida se encarnó tanto en pintor como en poeta, y al manifestar su nostalgia por la potencia perdida de sus creaciones plásticas, la expresó del siguiente modo: “diérame ahora la locura / que en aquel tiempo me tenía / para pintar la poesía / con el pincel de la pintura”.

 Cuando Alberti tenía quince años, su familia se fue a vivir a Madrid, donde el joven, separado del paisaje de su infancia, se volvió taciturno. Fue el Prado, según él, quien lo salvó. El Alberti adolescente se pasaba horas en el museo, copiando a los grandes maestros, a la vez que pintaba al aire libre y experimentaba con el cubismo. Así, expuso sus obras junto a un grupo de pintores vanguardistas, y a los veinte años lo hizo en solitario en el prestigioso Salón de Otoño de Madrid.

A lo largo de su vida, Alberti presentó sus obras plásticas en centenares de exposiciones por toda Europa y Latinoamérica. En 1996, su hija Aitana, residente en Cuba, organizó una exposición itinerante que llegó a Estados Unidos. Aparte de sus témperas y acuarelas, Alberti hizo collages, grabados y litografías, dibujó ilustraciones para libros propios y ajenos, diseñó carteles (algunos taurinos) y portadas de discos, y decoró muebles y objetos domésticos.

En su poemario A la pintura (1948), centrado en los pintores y los colores e instrumentos del artista, Alberti reconcilia ambas artes: “Pintar la poesía con el pincel de la pintura”. En el poema que da título al libro, rinde homenaje a los materiales artísticos: “A ti, lino en el campo. A ti, extendida / superficie, a los ojos, en espera ... A ti, pincel heroico, roca o cera, / obediente al estilo o la manera”, a la imagen, a la “fingida realidad del sueño”, hecha de materiales palpables, y por último “a ti, mano, pintor de la Pintura”.

Poeta, dramaturgo, artista plástico y traductor, Alberti nació en 1902 en el Puerto de Santa María. Sólo tenía veintidós años cuando su poemario Marinero en tierra (1924) obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Pese a las secuelas de la tuberculosis, aspiraba a ser torero, pero renunció después de su primera corrida por miedo al toro.

Llegó a publicar más de sesenta y cinco libros que le reportaron un sinfín de galardones, entre ellos el Premio Nacional de Teatro (1981) y el Premio Cervantes (1983). Miembro de la Generación del ´27, al igual que Federico García Lorca, y contemporáneo de artistas del calibre de Juan Gris, Salvador Dalí y Luis Buñuel, Alberti compartió el exilio de tantos compañeros vanguardistas al final de la Guerra Civil. En 1977, tras la muerte de Franco, regresó a España, donde vivió hasta su muerte (Cádiz, 1999).

Durante el conflicto organizó un congreso internacional de escritores e intelectuales antifascistas, y ayudó a evacuar los cuadros del Prado. Fue amigo de Miguel de Unamuno, y mantuvo una larga relación de amistad con Pablo Picasso.

Epílogo de John Updike (fragmento)

El gusto por poner manchas negras sobre papel blanco es común en escritores y pintores. Antes de la aparición de la máquina de escribir y, ahora, del procesador de textos, pluma y tinta eran con lo que uno pintaba dibujos y letras; James Joyce, que encargaba a otros la labor de pasar a máquina sus manuscritos, decía que le gustaba la sensación de las palabras fluyéndole por la muñeca. Los manuscritos antiguos poseen una belleza gráfica, igual que las firmas cuyas florituras y arabescos tenían por misión disuadir a los falsificadores. Los manuscritos de Ouida, redactados, al parecer, con una pluma de avestruz, o los manuscritos de Pope y Boswell, trazados con tanto vigor y tan llenos de comentarios intercalados, son documentos igual de pictóricos que un diploma de Steinberg. Las habilidades del caballero a la antigua usanza solían incluir, entre otras, la capacidad de reproducir un retrato o un paisaje, del mismo modo que un hombre de clase media sabe hoy en día manejar una cámara; escritores de la talla de Pushkin y Goethe nos asombran con la maestría de sus bocetos.

Thackeray, por supuesto, era ilustrador profesional, como lo fueron Beerbohm y Evelyn Waugh. Edward Lear fue un pintor serio y un escritor frívolo, y si supiera que su literatura es lo que le ha valido su pasaje a la posteridad tal vez se sorprendería. Por el contrario, Wyndham Lewis parece ser más valorado hoy por sus tensos retratos de sus colegas modernistas que por su antaño muy admirada prosa. Thurber estaba considerado como un escritor que no sabía dibujar pero dibujaba de todos modos (lo cual, además de cómico, no deja de ser conmovedor, ya que era medio ciego), mientras que a Ludwig Bemelmans se le recuerda -si se le recuerda después de todo- como un pintor que sabía escribir. A decir verdad, tanto uno como otro eran aguerridos minimalistas en una era en la que las tiras cómicas se ejecutaban con un grado de detalle que en ocasiones resultaba asfixiante. Toda una serie de escritores empezaron trabajando como dibujantes de tiras cómicas: de S. J. Perelman lo podríamos haber imaginado, y hasta de Gabriel García Márquez; ¿pero de Flannery O'Connor? Pues sí, si pensamos en su vigorosa extravagancia, en la rotundidad de cada una de sus pinceladas.

Los alfabetos empiezan en pictografías, y aunque las palabras sean objetos hablados, para escribir y leer tenemos que usar la vista. La línea que separa el dibujo del símbolo es una fina línea. En los tiempos del analfabetismo galopante, el principal medio narrativo no oral era la imagen (colgada de los muros de las catedrales, repartida en planchas de madera). Casi todos los cuadros «cuentan una historia», e incluso las desviaciones de la representación contienen un residuo literario; por ejemplo: las etiquetas y los trozos de papel de periódico que aparecen en los collages cubistas, o el efecto de una caligrafía monumental en los lienzos de Pollock o Kline. El arte de la tira cómica existe como si quisiera demostrar lo pequeño que es el nexo entre las dos formas: la de contar y la de mostrar. La música (tal vez la más antigua de las bellas artes) es más visceral y más abstracta a la vez, y aunque hay músicos que han sido escritores (John Barth, Anthony Burgess), el salto es menos común. La música es un mundo en sí; escribir y pintar son relativamente parásitos del mundo que existe alrededor. 

 De Y además saben pintar. Escritores, creadores de palabras, creadores de imágenes. de Dostoievski y Proust hasta García Lorca y Sylvia Plath, de Donald Friedman. Madrid, Maeva, 2008. 272 páginas.

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