Dios, la patria y la bandera

Harold Bloom traza las particularidades de la religión en Estados Unidos al mismo tiempo que formula preguntas provocadoras en relación con el papel que desempeña ésta en la cultura estadounidense y con el concepto que tiene cada estadounidense de su vínculo con Dios.

Por Harold Bloom

En este provocador trabajo de crítica de las religiones, el crítico examina una serie de credos originarios de Estados Unidos: pentecostalismo, mormonismo, adventistas del Séptimo Día, testigos de Jehová, bautistas y fundamentalistas del sur, y la espiritualidad afroamericana.

Traza las particularidades de la religión en Estados Unidos al mismo tiempo que formula preguntas provocadoras en relación con el papel que desempeña esta en la cultura estadounidense y con el concepto que tiene cada estadounidense de su vínculo con Dios.

Para Harold Bloom, nuestras creencias espirituales proporcionan un retrato fidedigno del carácter nacional.

La religión americana (fragmento)

La libertad, en el contexto de la Religión Americana, significa estar a solas con Dios o con Jesús, el Dios americano o el Cristo americano. En la realidad social, esto se traduce en soledad, al menos en el sentido más íntimo. El alma permanece aparte, y algo más profundo que el alma -el yo verdadero, o el ego, o la chispa- se libera para estar totalmente a solas con un Dios que también permanece separado y solitario, es decir que es un Dios libre o un Dios de libertad. Lo que permite que el yo y Dios estén en comunión íntima es que el yo ya es Dios; contrariamente al cuerpo e incluso al alma, el yo americano no forma parte de la Creación ni de la evolución a través de las épocas.

El yo americano no es el Adán del Génesis, sino un Adán más primigenio, un hombre antes de que hubiera hombres y mujeres. Anterior y superior a los ángeles, este verdadero Adán es tan antiguo como Dios, más antiguo que la Biblia, está fuera del tiempo y no le mancilla la mortalidad. Sean cuales sean las consecuencias sociales y políticas de esta concepción, su fuerza imaginativa es extraordinaria. En la práctica, ningún americano se siente libre si no está solo, y ningún americano reconoce, en última instancia, formar parte de la naturaleza.

Nuestra primera guerra contra Irak fue una auténtica guerra religiosa, aunque en ella no participaba espiritualmente el islam en ninguno de los dos bandos. Fue más bien la guerra de la Religión Americana (y de la Religión Americana en el exterior, incluso entre nuestros aliados árabes) contra todo aquello que niega la categoría y la función del yo como auténtico parámetro del ser y del valor. Lo que se debate aquí no es la democracia, ni siquiera la propiedad privada.

El presidente George Bush, por lo general no considerado demasiado devoto, siguió al presidente Reagan y a otros precursores (Nixon, Ford, Carter) al proponer a Billy Graham como emblema de la Religión Americana. Graham, que siempre aparecía Biblia en mano al lado del presidente, certificó de manera implícita que la guerra contaba con el beneplácito bíblico.

[...]

Mientras que el judaísmo y el cristianismo tradicionales no son religiones bíblicas (a pesar de todo lo que afirman), la Religión Americana sí es bíblica, aunque su Biblia se reduzca en gran medida a san Pablo (los baptistas del sur), o sea, un conjunto de Escrituras americanas que pretenden reemplazarla (los mormones, los adventistas del Séptimo Día, la ciencia cristiana, entre otros).

Sydney Ahlstrom recalcó que no existía una teología americana diferenciada, aun cuando él (y Tolstoi antes que él) hablara de la "religión americana". Si esa religión poseía un teólogo, según Ahlstrom, ése era Emerson. De América observó Emerson: "Gran país, mentes diminutas. América es amorfa, carece de esa condensación hermosa y terrible". Eso fue en junio de 1847, cuando el sabio americano aún estaba furioso por nuestra famosa participación en la guerra de México, en la que México sería el Irak de ese movimiento americano. Su observación sigue siendo cierta; somos amorfos.

Nuestra literatura de ficción, a pesar de su importante secuencia de poetas y novelistas -Hawthorne, Melville, Whitman, Dickinson, Mark Twain, Henry James, Frost, Stevens, Eliot, Faulkner, Fitzgerald, Hemingway, Hart Crane- sigue sin ofrecernos una condensación ni hermosa ni terrible de nuestro carácter nacional. Todos ellos son autores poderosos, pero tienden a mantenerse a distancia de los abismos órficos y gnósticos del yo nacional, por miedo a diluirse dentro de ellos. Si hemos de hallar nuestra condensación a menudo terrible, a veces hermosa, sospecho que hemos de encontrarla en las formas amorfas e íntimas de nuestra fe nacional, en las rarezas implícitas de los fanáticos afroamericanos, de los baptistas sureños, de los mormones, de los pentecostales y de otras variedades de la experiencia espiritual.

Nada podría estar más lejos de la Religión Americana que el famoso y bello comentario de Spinoza en su Etica: que ninguno de los que aman a Dios de verdad debe esperar que éste le corresponda. La esencia de lo americano es la creencia de que Dios te ama, una convicción compartida por casi nueve de cada diez americanos, según una encuesta Gallup. Vivir en un país en el que la inmensa mayoría goza del afecto de Dios es profundamente conmovedor, y quizá toda una sociedad pueda soportar ser el objeto de tan sublime estima, que, después de todo, en toda la Biblia hebrea sólo se concede al rey David.

El proceso de democratizar y americanizar el cristianismo, cuyo origen tan bien analizaron Nathan Hatch y Jon Butler, puede que surgiera de la Revolución Americana o, a la inversa, puede que ayudara a engendrar la Revolución Americana. Como no soy historiador, no puedo decirlo. Pero como crítico de la religión, sigo perplejo por el elemento de revivalismo [N. del T.: servicios evangelistas en los que, a veces de manera ciertamente extravagante, se pretende instigar un despertar religioso] de nuestra experiencia religiosa, algo que me sigue obsesionando.

El revivalismo, en América, suele ser la perpetua conmoción que sufre el individuo al descubrir de nuevo lo que siempre ha sabido, que Dios le ama de una manera absolutamente personal e íntima. El noble desinterés o amor intelectual a Dios que propone Spinoza ha sido totalmente ajeno a América, al menos desde el comienzo del siglo XIX, aquí, en nuestra tierra del ocaso.

De La religión americana, de Harold Bloom. Buenos Aires, Taurus, 2009. 294 páginas.

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6 de Diciembre de 2016|14:58
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6 de Diciembre de 2016|14:58
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  1. "religion americana", hasta eso se apropian de prepo: americanos son ellos, le resto de amèrica vaya a saberse. se llenan la boca de dios, pero pueden avalar la tortura, la invasion de un paìs para robar, la muerte de mil pueblos a lo largo de su historia. Ta bueno lo de Bloom, por lo menos pone màs en claro la cosa, como no van a tener una religion que justifique sus matanzas, todos los imperios la tuvieron.
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