Breve tratado de la pasión

Alberto Manguel propone un peculiar tratado sobre el amor partiendo de materiales dispersos -cartas, frases o fragmentos de la más variada procedencia- que aluden a la pasión amorosa a lo largo de los tiempos. Desde los trovadores provenzales hasta Neruda, las distintos formas del sentimiento más universal.

Por Alberto Manguel

La pasión amorosa siempre ha existido, pero la forma de expresarla ha ido variando a lo largo de los siglos. Así, desde los trovadores provenzales hasta hoy, pasando por los escritos de Dante y Petrarca, las palabras de Lucrecia Borgia, los escarceos de los amantes del siglo XVIII y el romanticismo del XIX, recopilar cartas, parlamentos, citas y fragmentos de diarios que hablen de la pasión amorosa significa contar la historia íntima de una civilización.

A eso se ha dedicado el gran crítico y ensayista Alberto Manguel, quien ha reunido en este volumen textos de los amantes de todos los tiempos: al lado de las afectuosas palabras de una dama japonesa del siglo XVI, encontramos una nota de Enrique VIII a Ana Bolena, una carta de Mozart y otra de lord Nelson, para recalar luego en Oscar Wilde, Borges o Neruda. Un libro único, un cuaderno de bitácora para amantes, amados, seductores o, simplemente, buenos lectores.

Prólogo

En tu aniversario
Recibe este rostro mío, mudo, mendigo.
Recibe este amor que te pido.
Recibe lo que hay en mí que eres tú.

Alejandra Pizarnik (Los trabajos y las noches).



A finales del año 2005, en la ciudad de Metze tuvo lugar un juicio extraño. Ante el tribunal, una abogada cuyo nombre no conocemos presentó una demanda contra uno de sus colegas quien, entre mayo de 2002 y diciembre de 2003, le había escrito más de ochocientas cartas de amor. Como prueba del acoso, depositó ante el azorado juez un gran bolso de plástico repleto de encendidas misivas, cada una de las cuales empezaba con las mismas dos palabras: «Amor mío». «Me sorprende —comentó el procurador— que con tanto ardor, el bolso no se haya consumido solo.»

 No sabemos qué precipitó la pasión del hombre de ley; no sabemos tampoco qué ocasionó el rechazo por su igualmente legal colega. Lo cierto es que, en estos casos, todo es misterioso. Algo en la visión (material, intuida o imaginada) del otro provoca inesperadamente ese golpe, esa epifanía, ese abandono o agudeza de los sentidos que llamamos, con seis torpes sílabas que mal reflejan lo instantáneo del asunto, enamoramiento.

 Quien se enamora procede de una de dos maneras: calla y sufre o, por el contrario, busca proclamar su amor, hacer que aquel o aquella que lo ha trastornado sepa que es la causa, la fons et origo de su arrebato. En este último caso, es frecuente que el enamorado escriba. Cartas o poemas, da igual. El enamorado busca en las palabras decir lo indecible.

 Los científicos han tratado de reducir a fórmulas químicas la atracción erótica. Parece ser que ciertas moléculas llaman a otras: un olor, una forma, un gesto forman lazos invisibles con otros gestos, formas, olores. No es Dante quien se enamora de Beatriz: es un aminoácido de Beatriz, una enzima, un conjunto de proteínas segregado por una de sus sin duda hermosas glándulas, que causa el relámpago apasionado. Desde la Antigüedad, hemos intuido esta razón prosaica y hemos elaborado afrodisíacos rarísimos con la esperanza de provocar artificialmente el arrebato erótico. A Ovidio, las fórmulas mágicas y los sortilegios le parecen inútiles; en su Arte de amar aconseja en cambio las cocciones de ortiga y polvo de cerusa, la espuma de nitrato rojo y el lirio de Iliria, como también una sopa de algas con las que el alción hace su nido.

En la Edad Media, las recetas para amar y ser amado eran innumerables: en Navarra, se aconsejaba esconder durante nueve días un anillo en un nido de golondrinas; en Provenza, se molían hojas de esparceta con las que se aderezaba la lengua de un búho; en las montañas de Alsacia, se prefería usar la pata izquierda de un lobo cocida con ámbar gris y polvo de Chipre; en el norte de Francia, el enamorado debía colocar en una vasija dos o tres gotas de su propia sangre, extraída elviernes, y agregarle los testículos de una liebre y el hígado de una paloma.

 No conocemos la fórmula de la poción mágica que bebieron Tristán e Isolda, o aquella otra que hizo que Titania se enamorase de un hombre con cabeza de asno cierta noche de verano, pero sin duda se asemejaban a estas combinaciones extrañas y poco apetitosas.

 Más sencillas, más prácticas, menos espectaculares, las cartas y poesías amorosas buscan en la combinación mágica de letras el mismo resultado: hacer que la persona a quienes van dirigidas se enamore del autor del texto. (Quizá sea éste el secreto propósito de todo escritor, el de convertir al lector en enamorado, en cuyo caso la literatura no sería más que una larga carta de amor dirigida a un vasto público de Dulcineas y Romeos…) Lo cierto es que, en verso o en prosa, estas declaraciones de amor son antiquísimas, ya que el deseo de ser amado es tan viejo como el de poseer oro y enormes rebaños. Eso explica que los primeros ejemplos de escritura cuneiforme sean informes contables y poemas amorosos.

 Una carta de amor, un poema erótico, no es nunca inocente. Para el enamorado, la letra escrita es de doble filo ya que, si escribir sobre el amor alivia las penas que el dios Eros inflige con sus flechas en nuestro pobre corazón, leer textos amorosos agudiza su poder.

 Ovidio (otra vez) aconseja al enamorado no leer poesía amorosa. «Lo digo a mi pesar — escribe—. No toques a los poetas que escriben sobre el amor. Yo mismo, contrario a mi naturaleza, proscribo aquí mi propio talento.» Y pregunta: «¿Quién puede leer a Tibulo sin peligro?». «¿Quién quede permanecer insensible después de haber leído a Galo?» Escribir cartas y poemas, sí, nos dice; eso ayuda: «Que la cera esparcida sobre tablillas bien lustradas busquen el buen camino; que la cera sea la primera confidente de tus intenciones, que lleve tus alabanzas, palabras que respiren el amor».

 ¿Qué revela un texto amoroso? ¿La identidad del amante o la del amado? ¿La voz de la que lee o de la que escribe? Quizá ni uno ni otro: es una tercera persona la que aparece, esa «amada en el amado transformada» que buscaba san Juan de la Cruz. Chateaubriand, en su Vida de Rancé, sugiere que en «la correspondencia particular de dos personas que se han amado, no aparecen ya dos seres humanos, sino es el ser humano el que se ve». Es posible que en un texto amoroso perdamos algo de nuestra singularidad, de nuestro egoísmo, para acceder a un estado plural, a una existencia compartida, generosa.

 Somos quienes somos, pero sólo porque el otro existe, ese otro que a su vez cobra realidad como fantasma de nuestro deseo. Como entre un autor y su personaje, entre quien ama y quien es amado se crea una red de correspondencias, de aliento mutuo, de espejos halagadores, que se impone a la mera realidad del mundo que llamamos real. Todo texto amoroso es una declaración de fe y propone a su autor y a su lector el pacto que el Unicornio propone a Alicia al otro lado del espejo: «Bueno, ahora que nos hemos visto, si crees en mí, yo creeré en ti. ¿Trato hecho?».

 Lo cierto es que las cartas y los poemas de amor revelan nuestras identidades al mundo de la manera más íntima posible: no sólo como individuos con nuestras propias locuras, tristezas y pasiones sino, sobre todo, como miembros de la misma esforzada estirpe, seamos víctimas de un primer encuentro como Dante o expertos amadores como Casanova. Paradójicamente, cada vez que nos enamoramos, ese acto único, singular, inimitable, es el que nos otorga una suerte de denominador común repetido desde aquel primer encuentro en algún remoto jardín. Una lectura detenida de la literatura amorosa sugiere que, más que homo sapiens (epíteto que necesita aún ser comprobado) y homo ludens, somos homo amans, una especie definida por nuestra capacidad de enamorarnos.

 «Más que los besos, son las cartas las que unen las almas», escribió John Donne en el siglo XVI. Pero la unión de las almas no es la única misión de la correspondencia amorosa. Ser sus lectores alienta también nuestra vocación de voyeur. Ya que sabemos que esa poesía, esa carta no nos estaba destinada, nos convierte al leerla en tácitos chismosos, en invisibles partícipes espiando por el ojo de la cerradura el intercambio amoroso de una pareja de la cual no formamos parte. Nosotros, que juzgaríamos con horror la indiscreción de escuchar detrás de una puerta los juegos eróticos de nuestros vecinos, aceptamos tranquilamente abrir (por así decirlo) la correspondencia privada de un Joyce o de un Miguel Hernández para enterarnos de aquello que, en su rol de amantes, susurraban al oído de sus amadas.

 Nuestro gusto algo perverso por conocer lo que Corín Tellado llamaba «secretos de alcoba» ha transformado estos escritos en un género literario específico. Como todo poema, toda carta de amor propone un resumen personal del mundo; como toda carta, todo poema de amor tiene un destinatario, sea éste una persona de carne y hueso o la sublimada ilusión del poeta. Para satisfacer a su implícito público, cartas y poesías de amor tienen sus misteriosas reglas que algunos aprenden pero que nadie puede enseñar: las hay buenas y malas, las hay encantadoras y las hay viles, poderosas y débiles, cómicas y dramáticas.

Sus virtudes no dependen ni de su época, ni de las circunstancias de su composición, ni siquiera del genio literario de su autor. Es por eso quizá que los griegos representaban al dios Eros con los ojos vendados.

Es por eso, pienso, que una selección de cartas y poesías de amor no debe responder a un orden demasiado visible. Por el contrario, debe permitir una lectura casual, azarosa, que confunda épocas y nacionalidades, edades y sexos, y en la que poco importe quién pronuncia la declaración de amor y quién la acepta o la rechaza. Tal selección debiera poder leerse como el largo correo amoroso entre dos personajes que no requieren otros nombres que Amado y Amante, y cuya historia, compartida con el lector de carta en carta y de poema en poema, acabaría dando una idea aproximada de la sorprendente variedad de nuestros encendidos corazones.

De Breve tratado de la pasión, de Alberto Manguel. Buenos Aires, Lumen, 2007. 207 páginas.

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