Cortázar, el "gran cronopio"

Por Gabriela Mayer / dpa

"Desde pequeño, mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general. Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas", sostenía el escritor argentino Julio Cortázar.

Lúdico y antisolemne, buscó intensamente una renovación del lenguaje. "Si (Roberto) Arlt y (Jorge Luis) Borges habían dado vida a la literatura argentina, Cortázar le agregó alegría, desenfado, desparpajo para sondear el profundo misterio del destino humano", explicó alguna vez su colega Osvaldo Soriano.

Delgado y de elevada estatura, siempre arrastró las "erres", lo que hasta llegó a costarle un puesto de locutor. Le tocó nacer y morir en Europa, en parte por ese azar que a criterio de Cortázar hacía mejor las cosas que la lógica.

Su llegada al mundo el 26 de agosto de 1914 en Bruselas, a comienzos de la Primera Guerra Mundial, fue "producto del turismo y la diplomacia". Poco después del regreso a la Argentina, su padre abandonaría para siempre la casa en la que vivía junto con su madre y su hermana. La infancia y adolescencia de Cortázar transcurrieron en Banfield, suburbio sureño de Buenos Aires.

Al evocar su infancia, decía: "Desde los ocho o nueve años había que sacarme un poco al sol porque yo leía y escribía demasiado. Incluso hubo por ahí un médico que recetó que había que prohibirme los libros durante cuatro o cinco meses", prescripción que finalmente no se cumplió.

Trabajó como docente en Bolívar y Chivilcoy, pueblos de la provincia de Buenos Aires, y luego se desempeñó como profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo, a la que tuvo que renunciar por oponerse al peronismo.

En una carta, definió así los años previos a su partida en 1951 a París, donde se instalaría definitivamente: "De 1946 a 1951, vida porteña, solitaria e independiente; convencido de ser un solterón irreductible, amigo de muy poca gente, melómano lector a jornada completa, enamorado del cine, burguesito ciego a todo lo que pasaba más allá de la esfera de lo estético".

El año de su llegada a la capital francesa publicó su primer volumen de cuentos, Bestiario. "Será éste, el del cuento fantástico, el camino que, preponderantemente, tentará al Cortázar de los años siguientes. Entre la ficción alegórica, intencionada, política (...), y la pura fantasía, parecerá elegir, por el momento, a esta última", apunta el biógrafo Mario Goloboff.

Esa misma década vieron la luz nuevos volúmenes de cuentos: Final del juego (1956) y Las armas secretas (1959). Este último incluye El perseguidor -inspirado en el saxofonista Charlie Parker-. Allí se produce "el descubrimiento de mi prójimo, el descubrimiento de mis semejantes", señalaba el escritor apasionado por el jazz y el boxeo.

En 1960 se publicó su primera novela, Los premios, y dos años más tarde, la colección de textos Historias de cronopios y de famas, donde aparecen los cronopios, "esos seres desordenados y tibios" que obran con rebeldía.

En 1963 fue el turno de Rayuela, que lo impulsó a la celebridad internacional y se convirtió en una de las insignias del incipiente "boom" latinoamericano. La novela ofrece realizar una lectura lineal, o bien invita al lector a convertirse en cómplice, saltando de un capítulo a otro, según se indica en su Tablero de Dirección.

Por entonces viajó a Cuba, invitado como jurado del Premio de la Casa de las Américas. Allí nació su compromiso con las causas latinoamericanas y una estrecha relación con la isla. Años más tarde, visitó varias veces Nicaragua para apoyar la revolución sandinista.

El escritor se propuso seguir viviendo en su terreno lúdico y fantástico, pero con la adopción de un compromiso que se reflejaría en su creación literaria. 

Cuando se produjo la muerte de Ernesto "Che" Guevara, escribió un poema, titulado Che: "Yo tuve un hermano/ No nos vimos nunca/ pero no importaba./ Yo tuve un hermano/ que iba por los montes/ mientras yo dormía". Ese Cortázar que abandonó la torre de marfil de la "literatura pura" también publicó entre otros Libro de Manuel (1973, según el propio autor le valió "palos de izquierda y derecha") y el comic Fantomas contra los vampiros multinacionales (1975).

Durante la última dictadura argentina (1976-1983) pasó de ser un "emigrado voluntario" a un exiliado en la capital francesa. Meses antes de perder la pelea contra la leucemia, había caminado por última vez por las calles de Buenos Aires.

Entre sus últimas publicaciones en vida se cuentan el volumen de cuentos Deshoras, de 1982. Ese año murió su mujer Carol Dunlop, con quien escribió Los autonautas de la cosmopista, producto de una expedición por las autopistas francesas.

Mientras tanto, Alfaguara recordará los 25 años de su muerte con la publicación de la edición definitiva del libro que reúne sus poemas Salvo el crepúsculo. Con sus últimas correcciones y supervisión de su primera esposa, Aurora Bernárdez, se lanzará en marzo en Argentina y más adelante en España.

Además, han salido tres cuentos inéditos de la serie Historias de cronopios y de famas en una edición de lujo ilustrada, y Alfaguara editará en mayo bajo el título de Papeles inesperados cientos de textos también inéditos que incluyen cuentos, un capítulo no publicado del Libro de Manuel, "autoentrevistas" y poemas.

"Prefiero seguir pensando en él como sin duda él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegría entrañable de haberlo conocido y la gratitud de que nos haya dejado para el mundo una obra tal vez inconclusa pero tan bella e indestructible como su recuerdo", dijo en su momento Gabriel García Márquez sobre la partida de su amigo, el "gran cronopio".

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