Los libertinos barrocos

Tercera pieza del edificio de la contrahistoria de la filosofía que Michel Onfray levanta a contracorriente de los manuales, después de haber sacado a la luz a los "proscritos" y los "malditos" de la historia cuyo pensamiento ha revitalizado al mostrar el interés que entrañan para el mundo del siglo XXI.

Por Michel Onfray

En Los libertinos barrocos se ocupa del siglo XVII francés, conocido como «Grand Siècle», deconstruyendo los mitos y las leyendas de la historia oficial y descubriendo, en las antípodas de su tarjeta postal con la efigie de Descartes, Pascal o Fénelon, una constelación de «libertinos barrocos» que, aunque sin dejar todavía de ser cristianos, se inspiran en Montaigne, los relatos de viaje del Nuevo Mundo, los gabinetes de curiosidades, las lecciones que se extraen de las lentes astronómicas o la anamorfosis de los pintores, para dar lugar a un pensamiento original y a veces oculto bajo el brillo de los «salones» de la época.

Los libertinos barrocos son protagonistas de una importante revolución en la metodología, la ética y la religión imperantes hasta entonces. Defienden una actitud y un pensamiento inspirados en el relativismo y el perspectivismo, son partidarios entusiastas del nuevo modelo científico, escépticos en materia de religión, que no desdeñan del todo, pero que matizan con un enfoque fideísta, y reivindican decididamente la plena libertad filosófica, que combinan con su apoyo a la moral epicúrea y el sensualismo.

Entre los pensadores estudiados -además de Pierre Charron, Cyrano de Bergerac, François de La Mothe Le Vayer, Charles de Saint-Évremond y Pierre Gassendi- figura Baruch Spinoza, que, por raro que parezca, nunca ha sido abordado bajo el ángulo de su especificidad hedonista.

Introducción (fragmento)

Identidades del «Grand Siècle». La historiografía clásica habla del Grand Siècle en referencia al siglo XVII. Grande, sí, probablemente. Pero ¿por qué? ¿Por qué razones y para quién? Nadie se lo pregunta. Todo está sobrentendido... De modo que quien se pregunte de dónde viene la expresión, a quién se la debemos o quién la ha acuñado, se encontrará con graves dificultades. La expresión circula, pero nunca se explica, se razona ni se desmonta.

El siglo XVIII es el Siglo de las Luces o de la Ilustración, el siguiente es el de la Revolución Industrial, el XX todavía no ha sido bautizado -podría ser el Siglo de los Fascismos...-, suponiendo que sea posible reducir cada época a unos cuantos términos, a una expresión, incluso a una sola palabra. Así, la oscura Edad Media condena este período a no ser otra cosa que una época de brutalidades, crueldades, barbarie, en la que no merece la pena detenerse... Así que Grand Siècle...

Esta etiqueta cubre una mercancía heterogénea a la que se presenta como un todo coherente: la filosofía de Descartes y las tragedias de Corneille, los Pensamientos de Pascal y la Athalia de Racine, las oraciones fúnebres de Bossuet y las sátiras de Boileau, las cartas de la marquesa de Sévigné y las comedias de Molière, los caracteres de La Bruyère y las Máximas de La Rochefoucauld. Un poco de cogito, un lugar para Cinna, un junco pensante, dos infinitos, el cadáver de Enriqueta de Francia, un Arte poética, un escritorio de campaña en Grignan, un Tartufo, un Don Juan, Alcestes o aforismos, el Grand Siècle triunfa en los fragmentos escogidos.

 No se sabe quién selecciona estos bibelots, ni cuándo, ni en qué circunstancias, para crear este escaparate francés. Es evidente que supone elecciones que dejan de lado autores, pensamientos y corrientes que tallan en profundidad el siglo XVII y lo constituyen en su copiosa totalidad. ¿Acaso no hubo en estos cien años otra cosa que cartesianismo y jansenismo, quietismo y jesuitismo, cristianismo y clasicismo? ¿Héroes romanos, pero apuestas de Iglesia? ¿Figuras griegas para problemas católicos? ¿Retorno de los antiguos, pero para un tiempo presente? ¿Sófocles y Eurípides resucitando en Corneille y Racine? ¿Fedro y Esopo disfrazados de Jean de La Fontaine? ¿Plauto y Terencio reencarnados en Jean-Baptiste Poquelin? ¿Teofrasto vestido de La Bruyère? El alma y el cuerpo de Platón convertidos en sustancia pensante y sustancia extensa en Descartes. ¿Y por qué, en este banquete de antiguos, la ausencia absoluta de Demócrito, Leucipo, Epicuro o Lucrecio? ¿Cómo puede llegar a ser tan grande este siglo si sacrifica a tantos grandes pensadores, aunque molestos, sin duda, en la perspectiva hagiográfica...?

(...)

7

¿Qué es un libertino barroco? Aunque incompleta, parcial e incluso arbitraria, es inevitable una definición. Los libertinos barrocos proceden de parecidas condiciones históricas: en primer lugar, pertenecen a una genealogía montaigneana; en segundo lugar, proponen una epistemología singular que activa un método de deconstrucción escéptica; en tercer lugar, desarrollan una moral particular que promueve una ética radicalmente inmanente; en cuarto lugar, proponen consideraciones inéditas acerca de las cuestiones religiosas al establecer las bases de creencias religiosas fideístas. Por tanto, un mismo origen y tres revoluciones: método, ética y religión. Con esto es posible construir un esbozo de definición.

Así, primer tiempo: el libertino barroco lee a Montaigne; y lo lee con atención, con precisión. Se conoce la filiación de la biblioteca de Montaigne y de su pensamiento, al principio a través de Marie de Gournay, luego de François de La Mothe Le Vayer, personalmente unido por lazos de amistad a la «hija adoptiva» del filósofo. Marie hereda de Montaigne; La Mothe Le Vayer, de Marie de Gournay. Los Ensayos constituyen el libro de cabecera de los barrocos de la misma manera que De la sabiduría, de Charron, quien también piensa con y a partir de ese libro sin par. La obra aborda una temática importante y es casi imposible encontrar una idea libertina que no exista implícita o explícitamente en el corpus del bordelés.

Además, el libertino barroco piensa a la vista del descubrimiento del Nuevo Mundo. Para él, el año 1492 cumple la función de una referencia metafísica de primer orden. Se sabe que muchas obras de la biblioteca de Montaigne contenían relatos de viaje, relatos que tras la muerte de Marie de Gournay pasaron a formar parte de la biblioteca de La Mothe Le Vayer. El salvaje que la civilización ha dejado intacto, el hombre natural, el bárbaro que es siempre el otro, he aquí una importante serie temática; un Nuevo Mundo ontológico y metafísico ve la luz. Ya no es europeo, blanco y cristiano, sino planetario, de color y natural. La verdad única deja lugar a múltiples verdades. De ahí deriva el perspectivismo y el relativismo metodológicos.

Por otra parte, el libertino barroco reflexiona recordando las guerras de religión. La masacre de San Bartolomé constituye un traumatismo importante. La sangre derramada, las guerras, los desgarramientos sociales, las heridas comunitarias de la época del alcalde de Burdeos persisten: las conversiones de Enrique IV, las apuestas de política exterior, las guerras europeas, luego las dragonadas, el edicto de Nantes y su posterior revocación, muestran que esta cuestón no estaba zanjada. La preocupación por una paz civil anima a estos filósofos. De allí la creación de una extraña postura religiosa: el fideísmo.

Segundo tiempo: el libertino barroco recurre a un método escéptico. Un método, no más. Su evolución es pirroniana, su andadura convoca a Pirrón y a Sexto Empírico, pero nadie llega a la suspensión del juicio o a la incapacidad para extraer una conclusión. La duda, por cierto, es metódica, como en Descartes, y no conclusiva. Incluso en La Mothe Le Vayer, probablemente el pirroniano más activo de la banda, las certezas abundan, ¡sobre todo las certezas libertinas! La duda agita la vieja verdad antigua, ataca y corroe la certeza moral, religiosa y política tradicional. Se duda, pero a título de tabla rasa útil y necesaria para la reconstrucción. La tabla rasa no es el edificio, sino sus cimientos.

(...) Así, el libertino barroco crea una razón moderna. (...)

A pesar de las divergencias acerca del grado de confianza que conviene conceder a la razón, de los poderes que se le conceden o no, limitados o no, el libertino barroco generaliza el modelo científico. Muchos de estos filósofos hacen ciencia, y no sólo como aficionados: Gassendi descubre las leyes de la inercia, practica la anatomía y la disección, se dedica a la astronomía, lo mismo que La Mothe Le Vayer y Cyrano de Bergerac, o, más adelante, Fontenelle.

De ahí la confianza que depositan en los resultados científicos, las observaciones y las deducciones a partir de la realidad. La verdad se deduce, se calcula, ya no proviene de un argumento de autoridad.

Tercer tiempo: el libertino barroco reactiva las sabidurías antiguas. En efecto, el Renacimiento había puesto de moda la antigüedad, pero principalmente bajo el signo de Platón. La escolástica también había bebido en las fuentes precristianas, pero para poner a Aristóteles al servicio de su causa. El estoicismo, anegado en el dolorismo católico, también podía ejercer cierta influencia. Pero se pasaba por alto el relativismo escéptico de Pirrón y de Sexto Empírico, el antiplatonismo cínico de Antístenes y Diógenes, el hedonismo dinámico de Aristipo y los cirenaicos, el hombre medida de todas las cosas del sofista Protágoras y, finalmente y sobre todo, el materialismo atomista y voluptuoso de Epicuro y los suyos.

Esta actualización de un continente griego y romano olvidado da testimonio de una preocupación por la filosofía viva, encarnada en la vida cotidiana. El libertino barroco propone una sabiduría existencial. (...) Pues el libertino barroco rehabilita la moral inmanente epicúrea. (...) ¿La virtud? Un asunto que no concierne tanto al cielo, Dios y la vida después de la muerte como a la beatitud en la tierra, aquí y ahora. Punto final del reino de la trascendencia en el orden moral.

(...)

El libertino barroco desarrolla una ética más allá del Bien y del Mal. No es inmoral ni amoral, sino utilitarista. En vano se buscaría en ella los conceptos de Bien y Mal; difícilmente se encontrarían reflexiones sobre estas nociones. En cambio, hay invitaciones a tender a lo bueno y evitar lo malo, definidos en relación con un objetivo: el logro de la ataraxia individual o la tranquilidad colectiva. Es bueno lo que permite llevar a buen término este proyecto. Su moral no es prescriptiva, sino consecuencialista. Este más allá del Bien y del Mal en beneficio de lo Bueno y lo Malo se volverá a encontrar en la Ética de Spinoza... y más tarde en los utilitaristas franceses.

Por otra parte, el libertino practica la comunidad filosófica risueña y discreta. Lejos de lo que el exterior exige y necesita (la conformidad al principio ético y político del país en el que se vive), el libertino barroco crea microsociedades electivas, útiles a las experimentaciones y la práctica de nuevas posibilidades de existencia construidas sobre el principio de la amistad epicúrea. El exterior quiere la sumisión a los valores gregarios, el interior deja espacio al fuero interno libertino. (...)

Cuarto tiempo: el libertino barroco se adhiere al fideísmo. Ningún libertino barroco es ateo. A menudo la crítica universitaria ha supuesto lo contrario, pero para ello era preciso desdeñar lo escrito, so pretexto de que la afirmación sólo era una concesión hipócrita a la censura, pero en realidad era una disimulada confesión de ateísmo. A no ser que se haga caso omiso de la pluma de los filósofos, es imposible atribuir a ninguno de ellos la franca y clara negación de Dios. (...)

Nadie se declara en guerra contra Dios. Lo dejan donde está, lo piensan epicúreo, despreocupado del destino de los hombres. Esta manera de dejar de lado el tema contribuye a la separación de estos dos dominios tan distintos: la Fe y la Razón, la Religión y la Filosofía. De un lado, la creencia; del otro lado, los usos de una razón bien conducida.

(...)

Por último, poco partidario de los trasmundos, de los destinos posteriores a la muerte, no demasiado dotado para el Paraíso o el Infierno, el libertino barroco defiende un materialismo soteriológico: si el mundo se reduce a una combinación de átomos en el vacío, si la materia parece la clave de toda realidad, ¿cómo enfocar lo que nos sucede después de la muerte si no es en el campo de la química de las moléculas? Inmortalidad de los átomos que las componen... ¿Supervivencia del alma? ¿Inmaterialidad del espíritu? Sutileza de los átomos que lo constituyen... La muerte se convierte menos en motivo de temor –la condena, por ejemplo, los tormentos eternos– que en final de una combinación molecular. De esta manera deja de ser un mal.

De Los libertinos barrocos. Contrahistoria de la filosofía, III, de Michel Onfray. Barcelona, Anagrama, 2008. 320 páginas.

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