Mahoma. Biografía del Profeta

La figura de este humilde caravanero de La Meca que puso en pie una religión de alcance mundial sigue suscitando inacabables controversias en Occidente. Karen Armstrong ofrece un alegato contra los prejuicios hacia una religión que practican mil doscientos millones de personas en todo el mundo.

Por Karen Armstrong

La investigadora comienza su libro con una documentada y completa descripción del contexto histórico, político, moral y religioso en que se encontraban las tribus beduinas en la Arabia de finales del siglo VI de nuestra era.

Es este ambiente, politeísta en lo religioso y desunido políticamente, Muhammad ibn Abdallah, Mahoma, vivió durante el mes de Ramadán de 610 una experiencia mística que cambió su vida y también el curso de la historia: el comienzo de las revelaciones que pronto fructificarían en el Corán (la Recitación).

La autora narra los angustiosos comienzos de la nueva religión, el islam –palabra que significa «sumisión» y «paz»–, y las disputas de orden teológico y político que no tardaron en desgarrar la vida de numerosas familias de ciudades como La Meca o Medina. Mahoma se perfila en estas páginas como un hombre complejo, apasionado, frágil, dotado para la política y fiel a lo que entendía como una misión personal y trascendente.

Mahoma. Biografía del Profeta, que incluye un prólogo escrito por su autora tras los acontecimientos del 11-S, es un alegato contra los prejuicios hacia una religión que practican mil doscientos millones de personas en todo el mundo.

Prólogo

Escribí esta biografía de Mahoma hace poco más de diez años, en pleno caso Rushdie. Durante algún tiempo me habían preocupado los prejuicios contra el islam que solía encontrar incluso en los círculos más liberales y tolerantes. Tras los terribles acontecimientos acaecidos en el siglo xx me pareció que, sencillamente, no podíamos permitirnos cultivar una visión distorsionada e inexacta de la religión que profesan los mil doscientos millones de musulmanes que integran una quinta parte de la población mundial. Cuando el ayatolá Jomeini emitió su infame fatwa contra Rushdie y sus editores, estos prejuicios occidentales se hicieron incluso más ostensibles.

En 1990, cuando escribía este libro, a nadie le interesaba saber en Gran Bretaña que casi exactamente un mes después de la fatwa, durante una reunión del Congreso Islámico, cuarenta y cuatro de los cuarenta y cinco países miembros condenaron la orden del ayatolá por considerarla poco islámica, aislando de este modo a Irán. Muy pocos occidentales estaban interesados en saber que tanto los jeques de Arabia Saudí, la Tierra Santa del islam, como la prestigiosa madrasa al-Azhar en El Cairo declararon también que la fatwa contravenía la ley islámica.

Sólo unos pocos parecían dispuestos a escuchar con comprensión a los muchos musulmanes de Gran Bretaña que, pese a desvincularse del ayatolá y oponerse al asesinato de Rushdie, se sintieron profundamente consternados por lo que consideraban un retrato blasfemo del profeta Mahoma en su novela. Al parecer, la intelligentsia occidental quería creer que todo el mundo musulmán clamaba por la sangre de Rushdie.

Algunos de los principales escritores, intelectuales y filósofos de Gran Bretaña describieron el islam o bien con asombrosa ignorancia o con una indiferencia terrible ante la verdad. En su opinión, el islam era una fe intrínsecamente intolerante y fanática que no merecía respeto alguno; a nadie pareció importarle la sensibilidad herida de los musulmanes que se sintieron ofendidos por el retrato que hizo Rushdie de su querido Profeta en Los versos satánicos.

Escribí la presente obra porque me parecía lamentable que la descripción que hizo Rushdie de Mahoma fuera la única que probablemente leyera la mayoría de occidentales. Pese a que podía comprender lo que Rushdie intentaba expresar en su novela, consideré importante presentar la auténtica historia del Profeta, porque fue sin duda uno de los seres humanos más excepcionales de la historia. Me resultó muy difícil encontrar un editor: muchos suponían que a los musulmanes les indignaría que una mujer infiel como yo osara escribir acerca de su Profeta, y si publicaban este libro yo no tardaría en acompañar a Rushdie en su escondite. Pero, después de todo, acabó conmoviéndome profundamente la acogida cálida y generosa que los musulmanes dispensaron a mi libro en aquellos tiempos difíciles. De hecho, los musulmanes y los islamistas más reputados fueron los primeros en tomarme en serio y en creer que yo no era tan sólo una monja fugitiva, empeñada en causar problemas. Y, durante los diez años siguientes, pareció que la islamofobia endémica en Occidente comenzaba a disminuir. Los antiguos prejuicios resurgían de vez en cuando, pero la gente parecía cada vez más dispuesta a conceder a los musulmanes el beneficio de la duda.

Entonces tuvieron lugar los espantosos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, cuando unos extremistas musulmanes destruyeron el World Trade Center de Nueva York y un ala del Pentágono, matando a más de cinco mil personas. Este crimen horrendo parecía confirmar todas las ideas negativas de los occidentales acerca del islam, al que presentaban como una doctrina fanática que incita al asesinato y al terror. Escribo esta nueva introducción cuando ha transcurrido poco más de un mes del ataque. Vivimos en una época extraña, en la que continúa vigente la idea de que el islam lleva implícita una peligrosa propensión a la violencia.

Durante los interminables debates que siguieron a la tragedia, los críticos del islam solían citar –a menudo fuera de contexto– los pasajes más feroces del Corán, argumentando que dichos pasajes podían inspirar y refrendar el extremismo con suma facilidad. Con excesiva frecuencia pasaron por alto el hecho de que tanto las Escrituras judías como las cristianas pueden ser igualmente belicosas. En la Torah, el libro más sagrado de la Biblia judía, el pueblo de Israel es exhortado repetidas veces a expulsar a los cananeos de la Tierra Prometida, a destruir sus símbolos sagrados y a no suscribir tratados con ellos. Una minúscula proporción de fundamentalistas judíos se basa en estos textos para justificar la violencia contra los palestinos y la oposición religiosa al proceso de paz de Oriente Medio. Pero casi todo el mundo posee suficientes conocimientos sobre judaísmo como para comprender que estos pasajes intransigentes no son enteramente representativos, y que resulta ilegítimo emplearlos de esta forma.

De modo similar, suelen presentar a Jesús como un pacifista, pero en el Evangelio, éste habla y se comporta a menudo de forma muy agresiva. Pese a que en cierta ocasión llega a decir que no ha venido para traer la paz, sino la espada, nadie citó estos versículos cuando los serbios cristianos asesinaron de forma salvaje a ocho mil musulmanes en Srebrenica. Nadie acusó al cristianismo de ser una fe intrínsecamente peligrosa y violenta, porque casi todo el mundo sabía lo suficiente acerca de esta compleja religión como para comprender que tal acusación estaría del todo fuera de lugar. La mayoría de los occidentales poseen un conocimiento tan incompleto del islam que no están preparados para juzgarlo con ecuanimidad o para sostener un debate fructífero sobre estos temas.
 
Mahoma. Biografía del Profeta, de Karen Armstrong. Barcelona, Tusquets, 2008. 370 páginas.
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