Hace 2.500 años, se escribió un ensayo sobre la guerra, que terminó siendo un ensayo sobre la vida. Hoy, la política provincial y la nacional aparecen como antítesis de aquel hallazgo.
Hace 2.500 años, un estratega chino llamado Sun Tzu escribió un perturbador ensayo que pasó a la historia con el nombre de “El arte de la guerra”. Como toda obra noble, fue planeada con un objetivo, pero el destino la puso más allá. Sun Tzu, como buen general que era, quería conseguir un ejército invencible, no obstante, con los siglos, su tratado se convirtió en un escrito profundo y perenne sobre la existencia misma. “El arte de la guerra”, a lo largo de la historia, ha sido un texto nutritivo para samurais, monjes, comerciantes, filósofos, deportistas, estadistas, empresarios y toda persona deseosa de enfrentarse con sí misma.
El autor parte de la idea de considerar que una guerra no es ganada por quien hace más uso de la fuerza, sino por quien tiene menos necesidades. No gana quien más armas exhibe, sino aquel que no necesita exhibirlas para vencer. Por eso, someter al enemigo sin luchar es una muestra de sabiduría.
Ahora bien, ¿quiénes son aquellos que no tienen necesidad de enfrentarse con sus enemigos? Son justamente aquellos que no tienen necesidad de demostrar cuán fuertes son, aquellos que están en armonía con sí mismos, aquellos que se imponen por sobre los demás con su sola presencia y su silencio.
Ahora, traslademos estas nociones al contexto preelectoral provincial y nacional. Siguiendo el secular ensayo chino, y a la luz de nuestros resultados, veremos que la actividad política es una rutina gimnástica que no se practica para vencer a nuestros “enemigos sociales”, como la pobreza, la injusticia o la falta de oportunidades.
El objetivo de la política, si se vence, es tomar por asalto una porción del Estado. Así, triunfar es permanecer: “Dime cuánto tiempo hace que eres legislador o funcionario y te dirá cuán buen guerrero eres”, sería la sentencia.
Como vemos, en sus protagonistas, la pregunta por la existencia queda fuera y los testimonios de ausencia de necesidades no existen: todos parecen andar necesitando algo. Aquí, ganan los que tienen más armas y los que las utilizan para barrer con sus oponentes, presenten o no batalla. Si se tiene poder, dicen, hay que ejercerlo.
Este ya no es el arte de la guerra, sino el oficio de las migajas.