Antes de las cinco de la mañana la gente había comenzado a salir de sus casas para acompañar a los pilotos del Dakar sobre la Ruta 7. Desde el Shopping y hasta Nueva California, el costado del camino estuvo bordeado por público de todas las edades.
Ansiedad, emoción, pronósticos sobre el tiempo de demora de la largada de la carrera, banderas argentinas batidas durante el último tramo antes del amanecer, enmarcaron el inicio de una espera que la gente improvisó al costado Sur del Acceso Este. Era el efecto de la “dakarmanía” que flotaba en el aire y dominaba la escena.
En la entrada del Barrio Unimev, Guaymallén, a las cinco y media de la mañana, ya se habían autoconvocado cientos de vecinos. Los mismos que la última vez se lanzaron sobre la Ruta 7 para el último cacerolazo por la crisis del campo.
Familias enteras estaban apostadas sobre el camino de la séptima etapa Rally Dakar que salió demorado desde el campo de largada en Nueva California, situado desde la intersección de las calles Talavera y Carril Chimbas unos dos kilómetros y medio hacia el Este.
Con muchísima precaución los automovilistas debieron salir a la ruta por el gentío que se había congregado en todos los ingresos al Acceso Este. Los vecinos casi rozaban con sus cuerpos los autos particulares que emprendían el viaje para apreciar el Dakar de cerca, junto a niños entusiasmados que aún dormitaban dentro de los autos.
Pasando el Río Mendoza, siempre sobre el Acceso Este, la reunión al costado del camino ya era una multitud. Avistando la mítica Bodega Crotta, la salida hacia la derecha, en busca del Carril Chimba, estaba casi intransitable. El público estaba literalmente apostado sobre la mitad de la carpa asfáltica que viborea antes de que se pueda acceder al puente que cruza sobre la ruta, en este caso, hacia el Norte, hacia la largada del Dakar, a donde todos querían llegar.
Pasar sobre ese puente fue un verdadero riesgo, no para los automovilistas, sí para los sedientos de Dakar. Ni la Policía de Mendoza pudo por momentos, ya cerca de las seis de la mañana, ordenar “la pasada”. Es que, tanto los pilotos como los habituales usuarios de esa vía de tránsito, debían utilizar el camino.
Colectivos, camiones cargados con tomates, camionetas, autos pequeños y medianos, ciclomotores y hasta camiones transportando cosechadores, debieron sortear el mar de público que cada vez más se disponía casi sobre el centro de la calzada.
“Atrás, atrás”, gritaba impotente un efectivo policial sin poder hacer más que insistir. A esa altura la inconsciencia de la gente llegaba al punto que niños de unos tres años de edad rozaban con sus manos el paso de los vehículos que marchaban a paso de hombre.
Pocos minutos bastaron para ver el arribo de la primera moto, con su piloto parado sobre los estribos y saludando con una mano en alto. La gente lo aplaudió y hasta le brindó algunas palmadas en la espalda. En un momento el pasaje para los vehículos se había limitado a un estrecho pasillo de unos 20 centímetros de ancho.
A las seis y veinte de la mañana, ya habían pasado una veintena de motocilistas y algunos cuatriciclos que se ufanaban en llegar a tiempo al punto de largada en medio del campo. Si bien el inicio de la carrera estaba previsto para las siete de la mañana, bastante tiempo después comenzaron al largar los primeros pilotos.
Desde el puente por donde atraviesa el Carril Chimbas al Acceso Este, unos 30 kilómetros hacia el Norte fueron necesarios para llegar hasta encontrar la calle Talavera.
Durante todo ese trayecto, la gente tomaba mate sentada en hamacas y banquitos y saludaba a todo el mundo que pasaba y se unía al festejo, tocando la bocina.
Prácticamente todo el pueblo de Chapanay se había volcado al costado del carril, unos 15 kilómetros antes de llegar a Talavera. En pequeña estación de servicio YPF de esa localidad, dos cuatriciclos competidores debieron parar para cargar combustible y la afición los rodeó, los tocó y los colmaron de buenos deseos.
Ya sobre Talavera, una ambulancia, un camión de bomberos y un camión de la Gendarmería Nacional, tomaban posiciones como parte de la organización. Pero el público no pudo ingresar por Talavera. Debió transitar unos cien metros más y desviarse por una calle paralela a Talavera: por la calle Molinari. Hacia el Norte, a unos quinientos metros, esperaba una improvisada playa de estacionamiento cuyo cartel anunciaba la tarifa: “$ 20 todo el día”. Y el regateo no se hizo esperar y rápidamente los precios se ajustaron a la demanda y todo quedó en que por $ 10, se podía dejar la movilidad para emprender el trayecto final a pie hasta el famoso punto de largada.
Hubo que salir del campo de estacionamiento caminando hacia el Norte y desandar una calle de tierra en dirección Sur. Según informaron los efectivos policiales, no se podía transitar en vehículo por allí por ser “la salida de emergencia”.
La caminata por esa última calle fue de un kilómetro. Trecho que el público debió cubrir con las sillas, los bancos y las heladeras portátiles sostenidas sólo por sus manos. Los pequeños niños que ya no podían marchar alzados por sus padres también debieron caminar.
Ya eran cerca de las siete y cuarto cuando se conoció que el ingreso al puesto de largada oficial había lograrlo por medio de un viñedo. No hubo otra alternativa y la gente comenzó, por órdenes de la Policía de Mendoza, a pasar por medio de los alambres de púas. “Por aquí no. Tiene que seguir por ese callejón”, dijo un oficial de la fuerza de seguridad mientras señalaba al Este, mostrando el camino por medio de los alambres.
Dentro del viñedo, hubo que saltar dos canales de riego sin revestir. Uno de ellos, tan profundo, que algunos no se animaron a sortear y se volvieron en busca de otra alternativa.
El final del viñedo estaba frente a la carpa que dispuso la Municipalidad de General San Martín. Pero para salir de él e ingresar a la zona de interés hubo que realizar la última proeza: saltar el último canal de riego lateral de la finca y volver a traspasar los alambres de púas. Además la espesa jarilla hizo por momentos a varios zozobrar por el intento.
Los más jóvenes tardaron segundos en salvar el último obstáculo. Los más pequeños, quienes cargaban elementos para la jornada deportiva y los de edad avanzada, debieron ser asistidos por los casuales compañeros del camino. La solidaridad a esa altura era muy similar a la que demostrada por los pilotos en plena carrera. “Si nos ayuda la Policía a cruzar por aquí nos descalifican”, bromeó una abuela cargando una silla plegable. Una abuela que indudablemente era del campo y que extrañamente conocía las reglas a cumplir por los pilotos internacionales.
El gobernador Celso Jaque arribó al lugar cerca de las 8.15, a bordo de un Citröen C3. El encargado de recibirlo en el lugar fue Omar “Quito” Benegas, el responsable del Dakar en San Martín.
Cerca de las 8.30, ya habían largado las motos y los autos no aparecían en el lugar. A esa hora, los primeros autos habían ingresado al Carril Chimbas y se dirigieron donde el sol ya comenzaba a causar algunas molestias sobre los presentes, frente al punto de largada donde el grupo de franceses coordinaba el inicio de la carrera rumbo a Chile.