Viña del Mar es una ciudad de contrastes, como cualquier gran urbe del mundo. Este tramo de la costa del Pacífico, si consideramos también Valparaíso y Reñaca, ofrece diversos y complejos matices que cohabitan con la oferta turística. Desde la arquitectura moderna de Viña a los edificios históricos y coloridos de la bohemia Valparaíso; desde la movida nocturna hasta los hábitos de playa. Y, entre ellos, la supervivencia de aquellos que, con un talento bien particular, buscan explotarlo para salir de los apuros del día.
Como una típica postal latinoamericana, hay artesanos, malabaristas y artistas de spray que en cuestión de minutos esbozan imágenes que bien valdrían para la tapa de un libro new age. Hay otros que en Mendoza no se consiguen, como los tipos que vociferan en las paradas de colectivos para indicar el destino "la" micro. A cambio, reciben 100 pesos por cada pasajero que invitan.
En un sector muy exclusivo de Viña, Milovac Montenegro fusiona el break dance con el básquet callejero o street ball en lo que dura un semáforo en rojo. Ese minuto le sirve para llamar la atención de los automovilistas mientras hace malabares con dos pelotas.
Milo ha jugado al básquet profesionalmente, en la Liga Dimayor, un paralelo de la Liga Nacional argentina, aunque con menos peso. Pero ahora se dedica al street ball en los playgrounds de La Serena, una variante muy vistosa del básquet tradicional y que exige duelos individuales que incluyen malabares para pintarle la cara al oponente.
Milo está casado. Eso le impidió continuar jugando puesto que ahora tiene que preocuparse de su hijo de un año y sus malabares callejeros ayudan en la superviviencia cotidiana. Así, puede llevar a casa desde 4 lucas a 40 mil pesos, según el día, según el ánimo de la gente.
“Mi señora trabaja y yo quiero una oportunidad, pero falta plata para la matrícula de la universidad”, explicó, en un alto.
En ese momento llegan otros amigos. Hasta hace un rato atrás, una cuadra más allá, han estado haciendo break –esa danza moderna que se popularizó en los 80, en los guettos neoyorkinos y que caló hondo en los jóvenes de clases bajas chilenas- y uno de ellos, Michael, se anima a hacer una comparación.
“Los chilenos son más solidarios, por lo menos en cuanto a la cantidad de dinero”, apunta Michael. Ha estado en Buenos Aires por un campeonato de break dance, pero cuando quiso hacer semáforo, dice que la Federal lo sacó de patitas a la calle. “Cómo mínimo, ganamos 5 mil pesos, sobre todo ahora que es verano, porque en invierno cuesta mucho”, agregó.
A Michael y sus amigos se les viene a la cabeza un detalle en particular: “El primero que empezó a hacer break en los semáforos, fue un argentino, le decían El Patán, y eso fue como hace seis o siete años acá en Viña y en Valparaíso”, relatan.
Arenismo
Mauricio es uno de los artistas playeros más conocidos de Viña. Trabaja a dos cuadras de Milo y no se conocen pero a ambos los une esa necesidad diaria a través de un arte propio, un talento que llama sí o sí la atención. En este caso, las esculturas de arena que son una postal clásica de los balnearios de la Ciudad Jardín, tanto como el Reloj de flores.
Cada cuatro días, Mauricio cambia la figura. Sobre la arena, ya ha tallado a todos los animales, a Violeta Parra, a Pablo Neruda y hasta los personajes de Condorito.
Aunque “el ícono es Homero Simpson, si se echa a perder, lo hago de nuevo”, contó el hombre, que antes se dedicaba al retrato, mientras perfecciona un king kong echado con un cuchillo y se queja de la basura que trae el viento de la costa.
“Pronto se viene Mar del Plata, porque la idea no es hacerse rico solamente, sino para mantenerse y para viajar, yo nunca salí de mi país y quizás el año que viene vaya a Argentina, dicen que Mar del Plata es tres veces Viña del Mar”, explica Mauricio.
La gente aprovecha y saca fotos. Junto a la pasarela, un cartel señala donde depositar gentilmente el dinero. Mauricio apunta que a veces hay días de 500 pesos chilenos y días de 20 mil, y hasta señala que colabora con la Teletón, un programa solidario por TV, y que dona lo recaudado a los niños discapacitados a través del programa que conduce el popular animador chileno Don Francisco.
Como en todas las ciudades del mundo, los buscavidas tienen deseos en medio de tanto apuro por vivir, lejos de la postal de la que ellos mismo forman parte en los souvenirs de turistas.