El acuerdo entre Estados Unidos, México y Canadá, buque insignia de los tratados de libre comercio en América Latina, entró en vigor el 1 de enero de 1994 cuando en México gobernaba Carlos Salinas de Gortari y en Estados Unidos, el demócrata Bill Clinton.
El Tratado de Libre Comercio de América del Norte está a punto de cumplir los 15 años en el marco de una crisis económica, con epicentro Estados Unidos, que ha puesto freno a tres de sus baluartes: comercio, inversión y empleo.
El cumpleaños llega en el peor momento para la economía del mundo en décadas y con la Casa Blanca a punto de ser ocupada por el demócrata Barack Obama, que durante las primarias se erigió en el máximo crítico del TLCAN/NAFTA y reclamó renegociarlo.
El acuerdo entre Estados Unidos, México y Canadá, buque insignia de los tratados de libre comercio en América Latina, entró en vigor el 1 de enero de 1994 cuando en México gobernaba el priísta Carlos Salinas de Gortari y en Estados Unidos, el demócrata Bill Clinton.
Desde entonces el intercambio comercial entre los tres países se triplicó, para alcanzar 894.300 millones de dólares en 2007, según cifras oficiales. Estados Unidos se convirtió en el destino de más del 80 por ciento de las exportaciones mexicanas y México en un apetecible mercado preferencial, con sus 105 millones de habitantes.
Las cifras oficiales cuentan una historia de éxito: el comercio mexicano-estadounidense se cuadriplicó, empresas de Estados Unidos y Europa se instalaron en México como plataforma de exportación hacia el norte, fluyó la inversión, mejoró la competividad.
Aun así, algunos sectores sintieron el golpe: los pequeños campesinos mexicanos frente a una competencia más tecnificada y subvencionada; los trabajadores estadounidenses ante una mano de obra más barata en el sur de la frontera.
Unidos en las buenas y en las malas, las dificultades económicas de Estados Unidos auguran ahora para México una caída importante de exportaciones y, en consecuencia, un crecimiento inferior al 0,5 por ciento en 2009, según la Cepal, además de una fuerte contracción del empleo.
En varias ocasiones Obama pidió durante su campaña "revisar" el acuerdo y renegociar con México y Canadá para introducir exigencias laborales y medioambientales.
"Creo que deberíamos usar la fuerza que nos da una potencial salida (del acuerdo) como palanca para asegurarnos de que consigamos estándares laborales y medioambientales que sean aplicados", dijo Obama en un debate electoral en febrero.
Para el entonces aún senador por Illinois, el tratado causó la pérdida de miles de empleos manufactureros en Estados Unidos, especialmente en algunos de los estados decisivos para las elecciones.
Sin embargo, desde su elección Obama no pronunció ni una sola vez la palabra "NAFTA", ni siquiera al anunciar el nombramiento del gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, como su secretario de Comercio.
El propio nombramiento de Richardson podría indicar que el NAFTA está de momento a salvo. El político de ascendencia mexicana, que también aspiró a la Casa Blanca, se desmarcó en la campaña de los ataques a un acuerdo que de hecho él ayudó a aprobar cuando era congresista en los años 90.
Ya retirado de su campaña y apoyando a Obama, Richardson pareció abrir el camino al giro de Obama cuando en junio relativizó las críticas al NAFTA y el libre comercio. "Hay que mirar cómo votó", afirmó, y puso como ejemplo el sufragio a favor del TLC con Perú en el Senado.
Al gobierno de México, encabezado por el conservador Felipe Calderón, la sola posibilidad de que Estados Unidos plantee una renegociación del acuerdo le provoca escalofríos.
"Si se cancelaran los beneficios del libre comercio, se cancelarían, efectivamente, muchas oportunidades de trabajo y crecimiento, tanto para mexicanos como para (norte)americanos", dijo Calderón en noviembre en el Foro de Cooperación Económica Asia- Pacífico.
"Renegociar el NAFTA es una muy mala idea", agregó, al señalar que el propósito "no es renegociar para que haya más mercados y más comercios, sino menos mercado y menos comercio".
Para Calderón echar mano de prácticas proteccionistas en un contexto como el actual sería suicida. "Por eso sé y por eso espero que el próximo gobierno de Estados Unidos no cometerá ese error", dijo. "Yo percibo que habrá el suficiente talento y sentido común en la próxima administración. Al menos, espero que así sea".