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Están colgadas en el mapa y nadie podría imaginar que esas diminutas islas, las Orcadas, son el hogar de un grupo de personas que durante más de 400 días comparten sus vidas, sus alegrías y tristezas, mientras desarrollan un trabajo científico que no suele ocupar las tapas de los diarios.
Uno de los dos guardaparques que participaron de la Campaña Antártica 2007, Diego De Lucca, accedió a contar su experiencia personal en las Orcadas, que según confesó, lo hizo crecer como persona.
“Mi balance es positivo, en todo. Yo madure mucho más. Y mas allá de la edad, uno madura en otras cuestiones y puede tomar hoy otro tipo de decisiones o aprender otro tipo de cuestiones”, contó en un diálogo con Télam.
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“Tenés que tener mas de cuatro años en la institución y los malos antecedentes quitan puntos y todo tipo de curso los suma. Resta puntaje el haber ido antes, algunos fueron dos o tres veces, y también la edad; hasta los 34 años suma y de ahí empieza a restar”, precisó De Lucca.
Una vez llegada esa instancia, viene el turno de los exámenes psicofísicos en la Dirección. El físico se repetirá a la vuelta de la Campaña y en la isla se realizarán otros dos más. Una vez concluidos estos trámites, sólo resta la fecha de partida.
La Administración de Parques Nacionales (APN), tiene presencia en la Campaña Antártica desde 1989. En la actualidad, se desarrollan diferentes actividades científicas, tales como el trabajo con la avifauna, y el seguimiento de diferentes datos sobre el movimiento de la isla y del continente.
En la base del cerro Mossma, está instalado un posicionador satelital perteneciente al proyecto GPS, de origen norteamericano, que observa a diario el movimiento de la isla y de los continentes.
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Este último aparato está metido en la montaña, en un sector protegido, y los datos recabados se envían a Italia, país responsable del proyecto. Los restos de los trabajos son del área de biología de la Dirección Nacional del Antártico, en el tema de avifauna, puntualmente de los pingüinos y el resto de la fauna marina que se encuentra en el área.
“El trabajo principal eran los pingüinos. Hay una pingüinera que esta a cuatro kilómetros de la base, dentro de la misma isla, y que se puede ir caminando pero hay que cruzar un glaciar, por eso se va en lancha, o si el mar se congela, en esquí”, recordó el guardaparques.
Pero las jornadas no se resumen sólo al trabajo; en la base se dispone de televisión satelital, mesa de pool, ping pong, metegol, una biblioteca y un gimnasio, que permiten a los eventuales moradores pasar el resto del día.
“Nosotros trabajábamos todos los días, pero fuera de eso, los domingos se mira televisión, se juega al pool, mientras que los sábados a eso de las seis de tarde, nos juntábamos todos para prepararnos para la pizza de la noche”, recordó.
Sin embargo, la rutina combinada con la invernada de los meses de septiembre y octubre, donde asoma la intolerancia y las susceptibilidades están a flor de piel, es el momento de hacer asados de camaradería y grandes picadas para cambiar la monotonía.
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El barco en cuestión, inicia la campaña antártica y llega a la isla, generalmente, a fines de diciembre, para después hacer una segunda entrada en la que trae el combustible, y una tercera y última para cargar la basura y todo lo que es resto de equipo, para regresar finalmente al continente.
Pese a que el contacto con la familia es diario, a través de internet, vía telefónica, o radial, hay ocasiones desgraciadas que encuentran a los integrantes de la base muy lejos de sus hogares.
“Es difícil. Durante el año pasado falleció mi mamá y la mamá de de uno de los muchachos que estuvo allá. Es un momento crítico, difícil, porque no podés hacer nada, ni siquiera un duelo, es muy crudo”, lamentó.
Sin embargo, Diego aseguró que repetiría la experiencia a la que calificó de “fascinante” y “muy profunda”.
Pese a esa circunstancia dolorosa, De Lucca aseguró que el balance final “es positivo, en todo”, tanto que no dudó en contar que cuando estaba por venirse al continente, tuvo cierta nostalgia de abandonar ese lugar paradisíaco.
“El lugar te achica porque te demuestra lo que sos. Cuando te arrimas a la base del glaciar, con cincuenta metros de altura o más, te das cuenta lo pequeño que sos. Es verdad, tuve cierta nostalgia, pero también cierto temor ante el regreso, por no saber lo que me iba a encontrar”, concluyó.
Fuente: Télam