El aterrizaje de emergencia que protagonizó esta semana, expuso el contenido temor de que alguien pudiera atentar contra el candidato demócrata. Los magnicidios del mexicano Luís Donaldo Colosio y el colombiano Luís Carlos Galán, ilustrando el riesgo de desafiar a los poderes ocultos que gravitan sobre la política.
Un avión hace un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto de San Luis, Missouri, y en los comentarios periodísticos tiembla casi imperceptible una duda, un temor.
No hay nada extraordinario en que un piloto tome precauciones ante un posible desperfecto; pero si en ese avión que aterrizó en Missouri el pasajero es Barak Obama, se entiende que haya, aunque fugaz, una duda sobrevolando los análisis y comentarios periodísticos.
Es como si en los Estados Unidos latiera tímidamente la sensación de que al candidato demócrata puede ocurrirle lo que ya ocurrió a líderes que, de un modo u otro, desafiaron ciertos poderes acostumbrados a digitar la escena política desde las sombras.
Esa era la gran diferencia entre Obama y Hillary Clinton. Ella ya conoce los poderes que gravitan en Washington y sabe como acomodar sus planes a la necesidad de no inquietarlos demasiado. En cambio el joven senador de Illinois viene proclamando a los cuatro vientos que en su mira está, precisamente, el establishment que impone la ley de gravedad en los monumentales edificios del parque del Mall y la Avenida Pennsylvania.
Algunos agregan que su raza es la razón que lo expone a un atentado. Sin embargo, si Colin Powell hubiera sido candidato al concluir el segundo mandato de Clinton, muy probablemente en el Despacho Oval de la Casa Blanca habría aún hoy un afroamericano que no es Obama. Y Condoleezza Rice también podría hacer campaña sin correr peligro por ser negra.
La cuestión es ese establishment acostumbrado a gravitar sobre las clases dirigentes norteamericanas. Aunque el color de piel no es un rasgo menor. Abraham Lincoln, JFK y también su hermano Bob eran blancos como el alba, pero tuvieron en común luchar por la población negra, el presidente decimonónico poniendo fin a la esclavitud y los hermanos Kennedy otorgándole los derechos civiles.
Para muchos, el espectro que más preocupa a la hora de imaginar la suerte de Obama es el recuerdo del asesinato de Robert Kennedy en el Hotel Ambassador de Los Angeles. Aspiraba a la candidatura demócrata y había renunciado a la Secretaría de Justicia cuando Lindon Johnson se zambulló de lleno en la guerra de Vietnam.
Bob buscaba la presidencia prometiendo poner fin a la guerra en la península indochina, lo que finalmente hizo, años más tarde, el republicano Richard Nixon por recomendación del todopoderoso secretario de Estado, Henry Kissinger.
La comparación expone grietas. Barak Obama ha sido, junto a la presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosy, de los poquísimos críticos que tuvo el casus beli inventado por la administración republicana, los lobies armamentistas y las grandes empresas que luego se hicieron cargo de la pos-guerra en el Golfo Pérsico.
También reclama pasar el mando a los iraquíes para sacar las fuerzas norteamericanas del país árabe, pero no de un día para el otro ni al precio de una imagen de derrota estadounidense. Lo que propone es sacar fuerzas de donde no hacen falta para reforzar donde es necesario: Afganistán.
Lo mismo piensa Colin Powell. Al fin de cuentas, además de Bush y Cheney, los únicos que apuestan por la permanencia militar indefinida son las empresas de servicios que se instalaron en Irak.
En todo caso, el escalofrío que provoca el temor de un atentado se justifica más en dos magnicidios latinoamericanos. El del mejicano Luís Donaldo Colosio y el del colombiano Luis Carlos Galán.
En 1994, las balas de un sicario acribillaron al candidato oficialista durante un acto en Lomas Taurinas, Tijuana. Justo siete décadas después de que fuera asesinado el presidente Alvaro Obregón, caía abatido el hombre que conquistó la candidatura presidencial por el gobernante Partido Revolucionario Institucional (PRI) a pesar de ser el principal impulsor de una serie de reformas políticas que atentaban contra la hegemonía priísta en la política mexicana.
Luís Donaldo Colosio desafiaba a los “prinosaurios”, como llamaban a los miembros de ese decadente establishment que gravitaba sobre el Palacio de Los Pinos.
Lo paradójico es que el asesinato de Lomas Taurinas no impidió el proceso de cambios impulsado por la víctima. De hecho, la candidatura quedó en manos del principal asesor de la campaña de Colosio, Ernesto Zedillo, quien al convertirse en presidente de México continuó con las reformas políticas que desembocaron en la primera derrota electoral del PRI en 72 años, con la elección que convirtió en presidente al ex gobernador panista de Guanajuato, Vicente Fox.
En el caso colombiano, los magnicidas lograron momentáneamente su objetivo, aunque en el mediano plazo fracasaron.
El candidato del Partido Liberal, Luís Carlos Galán, murió baleado en Cundinamarca en 1989, por orden de Pablo Escobar Gaviria, jefe del Cartel de Medellín y el más poderoso narcotraficante de todos los tiempos.
¿La razón? Galán había elaborado un pormenorizado plan para erradicar de raíz los vínculos entre el narcotráfico y las instituciones del Estado. Tanto Escobar como los jefes del cartel de Cali, los hermanos Rodríguez Orejuela, engangrenaban con narcodólares los poderes Judicial, Legislativo y Ejecutivo, además de las cúpulas militar y policial de Colombia.
Proponerse como los principales desafiantes de los poderes ocultos que debilitan la república y adulteran la democracia, fue lo que convirtió al mexicano Luís Donaldo Colosio y al colombiano Luís Carlos Galán en blancos abatidos en Tijuana y en Cundinamarca respectivamente.
Como senador por Arizona, John McCain jamás ha sido instrumento del establishment washingtoniano. Pero es Barak Obama quien, expresamente, se ha propuesto erradicar esa influencia en la esfera gubernamental.
Estados Unidos sabe que si algo ocurriera durante o después de la campaña, su democracia jamás recobraría credibilidad ante el mundo.
Por eso un escalofrío recorrió el país cuando el avión del candidato negro debió realizar un aterrizaje de emergencia en Missouri.