Por no escuchar los consejos tendientes a no recalentar la tasa de crecimiento, el Gobierno deberá afrontar un enfriamiento cargado de conflictos y falta de credibilidad política.
El gobierno de Cristina Kirchner, desde el comienzo, se empeñó en continuar los lineamientos fijados por su esposo en su mandato anterior, consistentes en sostener un alto ritmo de la economía, con precios controlados vía acuerdos, cupos de exportación, retenciones o subsidios.
En el caso de los servicios, la idea era que sus costos no se actualizaran o se mantuvieran lo más parecidos a los de 2001, de manera de estimular su consumo. En el caso de los productos primarios exportables, la idea era que la suba internacional no se verificara en el mercado interno. Además, se estimularon las subas salariales para alentar el consumo, a costo de sacrificar exportaciones y las divisas consiguientes.
Cuando desde distintos sectores se le aconsejó tomar medidas para moderar el ritmo de crecimiento del 9% anual promedio, los que dieron su opinión recibieron diatribas de todo tipo. ¿Cual era la razón de enfriar y cuál era la magnitud de la que se hablaba?
La razón principal era que la oferta de bienes no había crecido a la misma velocidad que la demanda. La mayor cantidad de gente ocupada y los mayores sueldos, unidos a una oferta de crédito para el consumo aceptable, había disparado la demanda, mientras la oferta de bienes no crecía.
Las razones de este menor crecimiento de la oferta estaban unidas a problemas de suministro de energía y gas para las ampliaciones de las plantas fabriles. Al mantener congelados los precios de los servicios, muchos consumidores se vieron incentivaron a aumentar su consumo y así se multiplicaron ventas de aires acondicionados, por dar un ejemplo. Pero las nuevas viviendas, ampliaciones de urbanización y demás habían hecho crecer la demanda, al igual que el crecimiento que había experimentado el sector industrial desde 2002.
Además, el crecimiento de la inflación y la percepción de que los índices no eran verdaderos, hacía que muchos ahorristas percibieron –correctamente- que si dejaban su plata en plazo fijo perderían poder adquisitivo. Esto incentivó más las compras, desde electrodomésticos hasta automóviles, sacando su dinero del circuito bancario.
Pero el sector que puede reaccionar de esta manera es aquel que tiene salarios o ingresos medios o altos, pero el resto tiene otro tipo de problemas, y es que el poder adquisitivo de sus salarios se ha deteriorado muy rápidamente. Según la consultora Economía & Regiones, la canasta básica aumentó un 45% en el último año, actualización que tuvieron los ingresos de los empleados estatales (sobre todo de interior del país) y los del sector informal, que son el 40% de la masa laboral.
Contracción por el método del absurdo
Después de oponerse a cualquier sugerencia de enfriar la economía, el gobierno ha conseguido por un método poco inteligente, llevar a una contracción del nivel de actividad económica. Si se hubieran tomado las medidas oportunas, la economía hubiera seguido creciendo al 5 ó 6%. Hoy muchos esperan para 2009 una tasa entre 3,5 y 4%.
Con la gente sacando plata de los bancos, se producirá una indudable suba en las tasas de interés, algo que podría haberse incentivado sin recalentar las compras de dólares ni la inyección de gasto público.
Ante la restricción financiera, no podrán seguir pagando subsidios, lo que supondrá aumentos en los precios de muchos bienes congelados. El ejemplo de las naftas es más que evidente. Todas estas subas de precios terminarán impactando en menor capacidad de compra de la población.
La inflación es el gran flagelo y, claramente, es la peor forma de enfriar la economía.
Pero la única forma de parar la inflación será restringiendo el gasto público y aumentando la tasa de ahorro para que. Luego, exista financiamiento genuino para la actividad productiva. De la misma manera, no se pueden seguir parando las exportaciones ni regulando artificialmente los precios, porque las consecuencias están a la vista.
El gobierno, ahora, deberá afrontar una menor tasa de crecimiento y, posiblemente, un aumento de la tasa de desempleo, pero sobre todo, deberá recuperar credibilidad. Con el conflicto del campo, Cristina se compró un conflicto que la muestra muy débil políticamente y cuando hay debilidad política, la economía no funciona y perjudica a los más pobres.