Austria pasó de la estupefacción al auto-análisis, frente al monstruo que, sometiendo a su hija en un sótano, reprodujo en escala individual lo que Auschwitz representa a escala masiva: el horror absoluto. El mundo observa con perplejidad a la dictadura de Myanmar impidiendo el ingreso de la ayuda para socorrer pueblos devastados.
Ciertas tragedias rebasan su propia dimensión, dejando a las sociedades en estado de perplejidad. Se vuelven, de ese modo, reveladoras, pudiendo incluso activar cambios y reformulaciones de magnitudes sísmicas.
Parece el caso del “monstruo de Amsteten”. Si el mundo en general y Austria en particular quedaron sumidos en una oscura estupefacción, es porque Joseph Fritzl representa a escala individual lo que Auschwitz simboliza a escala masiva.
El campo de concentración es el “mal absoluto”, porque en su perímetro se producía a niveles industriales la “crueldad absoluta”. Y por lo que allí ocurrió, ese sótano en la ciudad de Amsteten es el “mal absoluto” porque, haciendo lo que hizo a su propia hija, Fritzl también evidencia la “crueldad absoluta”, o sea el costado más oscuro y bestial de la naturaleza humana.
Por eso mientras el mundo observa el caso con aterrada perplejidad, Austria empezó a revisarse a sí misma, preguntándose qué le ha ocurrido como sociedad para ostentar, por ejemplo, uno de los índices más altos de consumidores de “turismo sexual”, y por primera vez se escandaliza de figurar entre los países europeos donde más proliferó la pedofilia. Es más, el auto-análisis de una sociedad que quiere extirpar de la conciencia colectiva al equivalente individual de Auschwitz, llevó la revisión hasta la década anterior, cuando creció en las urnas y llegó a ser parte del gobierno el partido neonazi de Jörg Haider.
La otra tragedia cuyos efectos la trascienden es la de Myanmar, ese rincón asiático situado entre la India, China y Tailandia donde la naturaleza desató su furia letal, con uno de los huracanes más devastadores que haya registrado la historia.
Que fallen los dispositivos de evacuación por alarma meteorológica es de por sí muy grave, pero ocurre a menudo, incluso en sociedades hiper-desarrolladas como la norteamericana, donde el huracán Katrina demostró en New Orleáns que los operativos de evacuación fallan cuando se trata de los más pobres.
En Myanmar, lo que rebasó la cuota de espanto y perplejidad es la ineptitud y la crueldad del régimen militar frente a los estragos que provocó la tragedia natural. Ese gobierno autoritario, que tan velozmente reaccionó el año pasado cuando los habitantes de Rangún y Mandalay, las dos principales ciudades, salieron a las calles a protestar contra un aumento en los combustibles, está actuando con lentitud pasmosa para rescatar y poner a resguardo a los damnificados.
El mismo régimen que no detuvo su eficiente maquinaria represiva cuando los bonzos de Shuedagón y los otros monasterios del budismo theravada, la misma vertiente monástica dominante en el Tíbet, salieron de la quietud de las pagodas a la furia de las calles para apoyar a los manifestantes, ahora resolvió impedir que la ayuda internacional ingrese en el país para socorrer a más de un millón de personas en estado desesperante.
Que las víctimas fatales puedan ser más de cien mil es de por sí escalofriante; pero más terrible aún es la certeza de que dicha estadística jamás se sabrá, por tratarse de un Estado totalmente incapaz de establecer otro control que no sean los retenes en las rutas y las requisas en hogares, sindicatos y locales partidarios. Un Estado secuestrado por una pandilla de ineptos uniformados, que están demostrando ser capaces de condenar millones de personas a la intemperie total, con tal de protegerse de la presencia extranjera que se introduciría en el país junto a la ayuda internacional.
¿De donde viene este régimen, tan eficiente para reprimir y tan inepto para socorrer? Sus raíces llegan prácticamente al origen del país. Ese territorio en la Bahía de Bengala fue colonia británica desde mediados del siglo 19 a mediados de la siguiente centuria, con un entremés de ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial.
La corona se desprendió de la Antigua Birmania dos años después de retirarse de la India, Pakistán, Bangladesh y Sri Lanka. Y al lograr la independencia, el primer gobernante de los birmanos fue el comunista U-Nu.
La irrupción de los militares en el escenario político se dio en 1962, con el golpe que llevó al poder al general Ne Win, quien promulgó la Constitución que proclama a Birmania como República Socialista. No obstante, con Ne Win al frente, el régimen gozó de cierta apertura y tuvo un fuerte respaldo popular. Por eso fue una elección, aunque no del todo pluralista, la que llevó a la presidencia a San Yun, otro general, en 1981.
El viraje hacia el autoritarismo más brutal comenzó siete años después, con el golpe de Estado que llevó al poder al general Saw Maung y la Junta Militar. Fue en esta fase de endurecimiento que el régimen, como una señal más de sus desmesuras, decidió cambiar el nombre del país, y la antigua Birmania pasó a llamarse Myanmar.
La respuesta internacional fue el aislamiento, obligando a la Junta Militar a aceptar un proceso electoral que desembocó en las elecciones de 1990. Pero como la victoria de la líder democrática y archienemiga del régimen, Aung Sang Su Kyi, fue arrasadora, los militares declararon nulo el comicio.
Desde entonces, la Junta Militar sólo se apoya internamente en una parte de la etnia bamar (la comunidad mayoritaria), teniendo la mayor resistencia en la etnia karen, mientras que externamente el protector de esta dictadura es el gobierno chino, ya que hacia China va el poco petróleo que escasea para los birmanos, motivo de la rebelión popular que estalló el año pasado.
Maha Trahi Sithu U-Thant, secretario general de las Naciones Unidas durante la atribulada década del sesenta, es una de las pocas figuras birmanas que logró trascendencia mundial. La otra es Aung Sang Tsu Kyi, quien por su lucha contra la dictadura de los militares obtuvo un Premio Nóbel de la Paz. Pero ni la célebre distinción nórdica ni ser la hija del general Aung Sang, fundador del ejército birmano y uno de los padres de la independencia, la salvaron de la prisión.
Así es el régimen que hoy encabeza el general Than Shwe. La dictadura que horrorizó al mundo al impedir el ingreso de la ayuda humanitaria internacional a los pueblos que devastó el huracán, mientras Austria sueña con la resurrección de Freud para que la ayude a extirpar del subconsciente colectivo el trauma que le provocó descubrir una extraña modalidad de Auschwitz en un sótano de Amsteten.