Pese al unánime llamamiento internacional a la apertura del país para colaborar con el millón de damnificados del ciclón Nargis, la Junta militar de birmana cerró la puerta hoy a los equipos de socorro y los periodistas extranjeros.
Los militares birmanos -que ejercen un férreo poder en uno de los países más pobres y aislados del planeta desde hace casi 50 años- pretenden manejar ellos solos las ayudas materiales y financieras de millones de euros prometidas por la comunidad internacional.
"Birmania no está dispuesta a recibir a equipos de búsqueda y socorro, ni a periodistas, de países extranjeros", señaló el ministerio de Relaciones Exteriores en un texto publicado por el diario oficial New Light of Myanmar.
El país "prioriza la recepción de ayudas de urgencia y hace esfuerzos denodados para transportarlas sin retraso por sus propios trabajadores a las zonas afectadas", añadió el documento.
Pese a esta posición, el ministro tailandés de Relaciones Exteriores, Noppadon Pattama, declaró el viernes desde Tokio que la junta está haciéndose "más flexible".
"Estoy seguro de que aceptarán la ayuda humanitaria internacional", recalcó Pattama poco después de una reunión mantenida con su homólogo birmano.
Según el último balance oficial provisional, el Nargis, que azotó el fin de semana pasado amplias regiones del sur de Birmania, causó cerca de 23.000 muertos y más de 42.000 desaparecidos.
Estas cifras contrastan con otras estimaciones, especialmente con la de un diplomático estadounidense en Rangún, que declaró temer más de 100.000 muertos.
Desde Ginebra, la ONU anunció el viernes haber hecho un llamamiento a la comunidad internacional para recaudar fondos en ayuda de 1,5 millones de damnificados birmanos durante seis meses.
Pero la generosidad internacional no hace mella en la junta militar, que el miércoles probó la dureza de su posición expulsando del país a unos trabajadores humanitarios y periodistas llegados en un avión con ayuda procedente de Qatar.
Mientras tanto, el tiempo se agota, según Naciones Unidas. La situación es crítica y sólo queda una pequeña oportunidad si queremos evitar la propagación de enfermedades que podrían multiplicar el número ya dramático de víctimas", señaló Noeleen Heyzer, subsecretaria de la ONU para Asia-Pacífico.
Sin embargo, la junta birmana no piensa lo mismo. "En este momento, la mejor forma para la comunidad internacional de ayudar a las víctimas es dar ayudas como medicamentos, alimentos, vestidos, generadores eléctricos, material para refugios de emergencia y una asistencia
financiera", sostienen los militares.
El régimen afirmó que "aviones con ayudas aterrizaron sin dificultad alguna" en el país. El viernes por la mañana señaló que en total 11 aparatos con ayudas de emergencia ya llegaron a Birmania.
Pero para las organizaciones humanitarias esas ayudas son totalmente lentas e insuficientes para las víctimas, que no tienen agua potable, alimentos, vestidos ni casas.
Por si fuera poco, la zona más afectada por el ciclón, el delta del Irrawaddy, también es la principal región arrocera de Birmania.
Con cientos de campos y miles de casas destrozados, los habitantes intentan sacar alimentos de donde pueden y los niños incluso pescan con las manos en los canales inundados mientras sus padres intentan construir refugios de fortuna con cañas de bambú y ramas de árboles.
Pese a la catástrofe, los militares siguen adelante con la organización de un referéndum sobre una nueva Constitución el sábado. Sólo atrasaron esa consulta al 24 de mayo en los municipios más afectados por el ciclón e incluso hicieron un nuevo llamamiento el viernes a la población para que vote "sí".