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Walter Benjamín en “Obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica” (1936) planteó que la fotografía fue el primer medio de veras revolucionario. No casualmente nace con el socialismo, coherencia sincrónica entre una propuesta ideológica para un proyecto democrático de masas y una tecnología radicalmente nueva para la democratización de la cultura de masas. No es casual que nazca en Francia con el ascenso de la filosofía positivista de Augusto Comte que aspiraba a un conocimiento exacto y sensible del mundo.
Esta aspiración de “conocer” se inscribe en el marco del ascenso arrollador de la burguesía, cuya vida económica se asienta en el “empirismo de los negocios”, el cual requiere conocer con exactitud, los procesos de producción, la estructura del mercado y cuantificar el funcionamiento de las empresas mediante la contabilidad.
Desde el arte, sobre todo desde el impresionismo en el campo de la visión cromática y el naturalismo literario en el de la crónica social, se concuerda en aspirar a un conocimiento exacto del mundo.
Dios vs. “los adoradores del sol”
Como todas las invenciones tecnológicas que se convirtieron en recurso para la creación artística, el nacimiento de la fotografía produjo innumerables cuestionamientos. Los mismos abarcaron dos posturas bien diferenciadas: Por un lado los que venían de la crítica conservadora en favor de la pintura que invocaba a Dios y a la inspiración celestial. Por otro los que se encolumnaban bajo la égida orientadora del padre de la modernidad estética: Charles Baudelaire.
En el salón de 1859 planteó: “A partir de ese momento la sociedad inmunda se precipitó como un único Narciso para contemplar su imagen trivial sobre el metal. Una locura, un fanatismo extraordinario se apoderó de todos esos nuevos adoradores del sol”. Si bien el inventor público de la daguerrotipia fue el francés Daguerre revelando a todo el mundo la nueva máquina, los primeros antecedentes proceden del inventor de las primeras heliografías (1820), Nicéphore Niepce, llamándolas “escrituras del sol”.
La influencia tecnológica en el arte fue anunciada en 1936 por filósofo alemán Walter Benjamín “La tecnología no sólo influye en el arte, sino además lo transforma por completo, en su carácter, en sus funciones, sus procedimientos de realización, sus sistemas de comercialización y consumo”.
Al cabo de tantos siglos de pintura y escultura, con la fotografía la imagen pasaba a ser un hecho de “presentación” y no de “representación” como hasta entonces, abandonando museos, galerías y talleres donde se encontraba recluida, para convertirse en propiedad masiva, en verdadera res-pública. Transformación que significó echar los cimientos de la cultura visual. Contra pronósticos puristas del arte de la época, la fotografía termina ayudándolo, también a la ciencia, perfeccionando la representación pictórica. Delacroix y Coubert, entre otros, se valieron de los daguerrotipos para ejecutar ciertos tramos de sus óleos.
Las vanguardias artísticas fueron más allá creando el fotomontaje. Luego la reproducción fotomecánica de pinturas y esculturas acrecentó la audiencia artística de tal manera, que no se exagera al sostener que la circulación de las obras de arte, insinuada por la imprenta a fines del siglo XV, empezó cabalmente con la fotografía.
Fotografía y “uso social”
Desde una perspectiva sociológica y a diferencia de otras actividades culturales que requieren de un entrenamiento exigente (dibujo, pintura, instrumentos musicales) la fotografía no supone ni la cultura transmitida por la escuela, ni los aprendizajes ni el oficio que contiene su precio a los consumos y las prácticas culturales corrientemente consideradas como las más nobles, prohibidas a un recién llegado.
Barriendo contra concepciones que desmerecen el valor estético de la fotografía, aún cuando la producción de la imagen sea enteramente adjudicada al automatismo de la máquina, la toma sigue siendo una elección que involucra valores estéticos y éticos.
Puesto que lo que se busca es eternizar y solemnizar, la fotografía no puede quedar entregada a los azares de la fantasía individual. La fotografía más insignificante expresa además de las intenciones explícitas de quien las ha tomado, el sistema de los esquemas de percepción, de pensamiento y de apreciación común a todo un grupo o clase social.
El sociólogo francés Pierre Bourdieu, investigador de temáticas culturales y de producción simbólica, refiere que el “área” de lo que para una clase social dada se propone como realmente fotografiable, se define por los modelos implícitos que se dejan captar a través de la práctica fotográfica y su producto, porque determinan objetivamente el sentido que confiere un grupo al acto fotográfico, como digno de ser fotografiable, es decir, fijado, conservado y admirado.
¿Cómo entender la multiplicidad de funciones cumplidas por la fotografía: decoración de paredes, registro de las vacaciones y de acontecimientos familiares, documento periodístico, objeto estético, mensaje publicitario, ofrecimiento erótico o fetichista, símbolo político o religioso?. Uno podría pensar que esa actividad donde las decisiones quedan abandonadas a una decisión individual, libre y subjetiva, sea objeto de indagación sociológica. Responderá Bourdieu “justamente por esa arbitrariedad subjetiva es una de las prácticas que mejor transparentan las convenciones que rigen en cada clase su representación de lo real”. Estas reglas, a menudo inconscientes para el espectador, delatan las estructuras ideológicas del gusto.
Como práctica extracotidiana, la fotografía supera a la rutina, subraya el alejamiento de lo habitual. Nadie fotografía su propia casa, a menos que la haya reformado y quiera testimoniar un cambio, por lo mismo nos asombra el turista que se detiene a sacar fotografías de la calle San Martín que caminamos todos los días. La fotografía es una actividad familiar destinada a consagrar lo no familiar.
Ni elitista ni plenamente popular, instrumento privilegiado para investigar la lógica de la diferenciación social y cómo los hechos culturales son consumidos en dos niveles: por el placer que proporcionan en sí mismos y por su capacidad de distinguirlos simbólicamente, la fotografía sirve a las clases medias para diferenciarse de la clase obrera, exhibiéndose junto a los paisajes y monumentos a los que ésta no llega. Desde el uso social de clase, la fotografía se constituye en un elemento diferenciador que consagra lo consagrado.