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La noticia de la muerte de Luis me desvastó.
Porque me enseñó a apreciar la belleza de una melodía. La belleza de una frase. La de un poema. Lo aprendí a través de su obra que es vasta, no condenada a un éxito o un momento.
La muerte de Luis es la del concierto de Invisible en el estadio Pacífico cuando yo era todavía un niño y recibía el bautismo de fuego a la hermosa condena del rock con un Spinetta gigante, de pantalón rojo y una pata de conejo colgando de su cintura. Tocando una Stratocaster negra en mi recuerdo y cantando un tema inédito todavía como Perdonado. En ese momento el coro decía Perro Blanco.
La muerte del otro a veces nos muestra el egoísmo innato, quisiera que eternamente estuviera entre los vivos para poder mantener encendido todo lo que significa en mi vida. Porque con su partida, se va la prueba tangible de los recuerdos y de los momentos compartidos. Muere algo dentro de uno que se va con el otro...
Pero claro, lo que uno quiere es una cosa y lo que es siempre manda. El más grande se fue y de lagrimas se cubre el valle de los duraznos…