A la población en general, poco le importa la ConstituciÓn. Se la ve como letra muerta, y se apela a ella sólo cuando conviene para algÚn tràmite o argumento. Las revisiones, reformas o la posibilidad de reemplazos de la Constitución vigente no suelen ser populares, no suelen mover voluntades colectivas mayoritarias.
Ante la posibilidad de una modificación constitucional en la provincia, no faltan quienes dicen que ahora no es momento (para ellos, seguro, nunca lo serÁ); los que murmuran que "...con estos políticos, no se puede", como si pasado mañana fuéramos a tener políticos muy diferentes, o como si la sociedad se hiciera responsable de producir políticos mejores; o los escépticos profesionales que se oponen a todo sin ser capaces de proponer nada efectivo.
No podemos esperar grandes entusiasmos masivos ante la posibilidad de cambio constitucional en Mendoza, pero es indudable que la Constitución vigente fue promulgada hace demasiado tiempo; hay problemas actuales que por entonces ni se soñaban. Es hora de una modificación necesaria, lo cual viene diciéndose repetidamente en las últimas décadas.
La propuesta de Conte, comparando la convocatoria a hacer en Mendoza con la Constituyente de Bolivia, es ambiciosa y por ello mismo motivadora. Un momento de cambio de la Constitución es el momento constituyente por definiciÓn, el momento de dar a luz nuevas ideas, de proponer por parte de los diferentes actores sociales su postulación para buscar ensanchamiento de derechos legítimos. Los derechos de las etnias originarias, los de los niños, las mujeres y los transgéneros, los de los campesinos, los relativos a salud y educación, los derechos ambientales ("derechos de la naturaleza", postularìan en Ecuador) en sus tensiones con las actividades extractivas. Los derechos de los consumidores, los de los inmigrantes y emigrados, los derechos a una información plural y fidedigna, los derechos laborales y los de los desocupados, entre otros muchos.
Una plurificación de actores sociales y de propuestas podrían hacer de la Constituyente la posibilidad de abrir ampliamente el plano de una nueva Constitución hacia espacios temÁticos hoy no incluidos, e incluso impensados para muchos. Al respecto, además del caso boliviano, el ecuatoriano fue también muy sugerente.
Por supuesto, una Constitución de por sí no cambia la historia. Abre a una serie de reglas legales, pero no ofrece los mecanismos específicos para que funcionen, no sólo por parte del Estado sino también de la misma sociedad, cuyos rasgos de exclusión, etnocentrismo y clasismo no dejan de aflorar muy habitualmente, por ej. en el repudio a la Asignación por Hijo, termómetro del rechazo de ciertos sectores de clase media y alta hacia los derechos elementales de los màs pobres.
Pero un paso es un paso. No exageremos su eficacia, pero no la disminuyamos. Una Constitución no produce inmediatamente hechos, pero tampoco es una simple enumeración de deseos. Y puede implicar un importante salto adelante tanto en el imaginario colectivo -imprescindible a la convivencia-, como a las pràcticas sociales asociadas a dicho imaginario.-
(*)Profesor de grado y posgrado en la UNCuyo y diversas universidades de Latinoamérica