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Todo comenzó por una charla de café en la confitería París de Buenos Aires en 1983. Un periodista de la ya desaparecida revista Siete Días recibió un papelito con algunos datos escritos casi en clave, que debía seguir. Eran direcciones, teléfonos y horarios de a quiénes debía contactar para conseguir, paso a paso, el material del informe Rattenbach elaborado un año antes por el prestigioso militar, según publicó Héctor D´Amico en Diario La Nación.
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Las direcciones correspondían a teléfonos públicos situados en las calles del centro, Retiro, Palermo y Recoleta. Cada teléfono, a su vez, tenía asignado el horario en el que alguien debía levantar el tubo para recibir instrucciones para poder acceder al material.
El gobierno dictatorial se enteró de lo tan temido, la filtración se había producido. Los abogados de la Revista Siete Días también estaban atentos, el allanamiento y clausura podía concretarse en cualquier momento. Pero antes de publicar el informe había que chequearlo. ¿Cómo?¿Con quién?¿Cuándo?. La información estaba, pero no podía ser publicada sin antes verificarla.
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