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En el 2016, dentro de escasos cuatro años, la Constitución de la Provincia de Mendoza cumplirá 100 años. Será, por cierto, más una sobreviviente que una Carta Magna vigente, aunque todavía porfíe por regir, así de antigua como está, los destinos de esta tierra.
La historia no reconocerá a ninguno de los que sistemáticamente se opusieron a su actualización: ni siquiera les dedicará un espacio por “default”. Pero se encargará de señalar con fuerza la falta de capacidad de la dirigencia para avanzar.
No será una tarea difícil comparar los contextos políticos y, con ellos, los económicos, sociales y culturales en una punta y en la otra de esos 100 años. Entonces, es muy posible que el ridículo sea la marca que le destinen las páginas de los libros de Historia a una dirigencia que, por lo menos, aparecerá como pusilánime y, como máximo, pueda ser tildada de incapaz de darle a Mendoza el marco jurídico madre capaz de impulsar su refundación.
Nos pudriremos de escuchar declaraciones de puntitos y comas que desde la pequeñez de la política arrojan como argumentos en contra de una reforma constitucional. Por otra parte, si los impulsores de este cambio fundamental se empeñan en avanzar sobre tan solo en un puñado de ideas acotadas a los intereses que puedan atar con los que “más o menos se oponen, pero pueden cambiar de opinión”, esa pequeñez de la que hablamos será absoluta y habremos sentado las bases de una Mini Mendoza.
Al hablar de reforma constitucional mirándose el ombligo, lo que la política consigue es tropezar con la realidad a la que, obviamente, por concentrarse en esa ausencia de cordón umbilical, no puede ver.
Lamentablemente los estadistas no se compran en el mercado: se forman, los creamos nosotros al darle nuestro voto, al militar en los partidos o al recordarle sus obligaciones con la sociedad de la que surgen. Hace casi 100 años –y tal como ya lo contó Jorge Fernández Rojas para sorpresa de muchos- Pancho Hambre, tal como bautizaron a quien gobernaba estos parajes (Francisco Álvarez según su partida de nacimiento), supo vencer a su conservadurismo de origen y liderar un proceso constituyente en medio de una crisis de proporciones catastróficas.
¿Será que en ese tipo de crisis aparecen las respuestas? ¿O podemos tener esperanzas de que el liderazgo evite caer en esas crisis, con imaginación y esfuerzo, con vocación de poder y voluntad de cambiar?
Para repasar de qué manera está viendo la posibilidad de reforma constitucional la dirigencia política, hagamos un breve balance del precalentamiento de verano:
1- Se admite que reformar la Constitución es una prioridad del nuevo gobierno provincial.
2- Se puntualiza que el eje está en reformar a la política.
3- Se señalan tres versiones diferentes en torno al tema que más puede obstaculizar una reforma, otorgar la posibilidad de reelección del Gobernador. En este punto, el propio mandatario Francisco Pérez, ofreció sin solución de continuidad tres posiciones diferentes en pocos días:
a. “Si hay reelección, no es para mí”.
b. “Si hay reelección, es por un solo período y podría participar”.
c. “Los límites a las reelecciones los debe poner la sociedad con su voto”.
4- La oposición, entretanto, salió con un variopinto racimo de argumentos, siempre tratando de imponer su propia agenda de cosmética política, cual panacea. No lo logran porque nadie acusa recibo de sus deseos imaginarios, pero también porque las divergencias internas resultan, hasta ahora, tan variadas como los destinos vacacionales desde los cuales esbozaron declaraciones apresuradas.
Sin embargo, por los costados les pasa la realidad.
Los debates en los que está sumida Mendoza tienen que ver no tanto con esa reforma de la política de la que tanto se habla y poco se hace (y que ni se haría, de ser por las propias estructuras partidarias), sino con la ausencia de escenarios de crecimiento para la provincia, porque esos mismos sectores no los montan ni quieren abrirlos fácilmente al público en general, nosotros.
Por lo tanto, habilitar a una reforma constitucional bajo esos parámetros que maneja “la política" será difícil sino imposible, porque hablan un dialecto ajeno a la mayor parte de la población. Podrán decir 100 veces que “la gente no comprendió” y tendrán razón: no están hablando de lo que habla “la gente”.
Muchos se sorprendieron cuando un legislador nacional del oficialismo propuso hablar en una nueva Constitución de nuevos límites municipales. Nos pareció, de golpe y porrazo, una cuestión fuera de contexto. Pero a poco de andar nos dimos cuenta que estaba hablando de redistribuir el mapa político, de cortar privilegios que se eternizan, de escuchar a gente de lugares pequeños que tiene algo para decirnos. Mucho más concreto y de fondo que decidir cuántas veces tendré de intendente al que tengo en la Intendencia.
Lejos de sacar cuentas en torno a cuántos años debe estar un político en un cargo y de discutir en torno a mil detalles al respecto, como le gustaría al promedio de la dirigencia política, en Mendoza se habla de minería y de medio ambiente; de trabajo y de su carencia; de justicia y de injusticia; de cómo acceder a un Estado cada vez más grande y más cerrado sobre sí mismo; de cómo superar situaciones que expulsan y marginan de la sociedad, de inclusión, oportunidades y, aunque para los laboratoristas de las reformas resulte “menor”, se discute y polemiza en torno a dónde vivirán los hijos cuando crezcan y tengan los suyos, a qué escuela irán y qué tipo de enseñanza recibirán.
Es probable que las discusiones sean consideradas nimias por la elite dirigencial: pero la sociedad se plantea en términos simples los grandes temas que le incumben, con tanta o más fuerza (y sentido de proximidad a su realidad) que la reelección de un gobernador, un legislador o un intendente.
En este marco es que la reforma constitucional puede convertirse en el escenario más claro, precioso, democrático y legítimo para que se discuta el marco de una nueva Mendoza, o por lo menos actualizarla y rescatarla de ese marco normativo que va a cumplir 100 años pronto.
Está bien avanzar en una reforma constitucional.
Pero blindarla a los supuestos expertos puede ocasionar una sucesión de escenarios fallidos:
1- Que la ciudadanía se harte de la discusión entre políticos y, considerándola ajena, se siga negando a reformas parciales y puntuales.
2- Que se avance con fórceps tras acuerdos partidarios y se avance con la total desconfianza de la sociedad en temas que seguirán resultando lejanos para el ciudadano de a pie, para el empresario inversor y para todo aquel que no sea parte del sistema Estatal. Paradojalmente, aludiendo a la necesidad de más participación podríamos ocasionar todo lo contrario.
3- Que se llame a una asamblea constituyente y que se restrinja sus debates al laboratorio jurídico de los hijos de los hijos de los hijos de los que hicieron la Constitución de 1916 y que, por lo tanto, la ratifiquen con nueva tipografía y viejas ideas.
La opción de cambio puede resultar la convocatoria a una Asamblea Constituyente amplia, en cuya convocatoria puedan participar, por ejemplo, y hacer campaña mineros y antimineros.
Así, podrían incidir todos los sectores con sus temas, y que el electorado elija a los constituyentes.
Como sucedió en Bolivia, podría convocarse a la presentación de proyectos por parte de la sociedad civil organizada para ser considerados por los asambleístas, en verdaderos debates de fondo.
Allí, todo el Estado sería pasible de reformas y nada más soberano para avanzar que una Asamblea votada por la ciudadanía, sin restricciones, con amplias pero claras reglas del juego, con plazos para cumplir con la tarea e, inclusive, para que el trabajo final resulte plebiscitado por el grueso de la población.
Mendoza es lo que debe estar en debate en momentos en que no se sabe qué decir cuando se pregunta a las autoridades sobre su matriz económica. Cuando no alcanza el modelo productivo para garantizar alimentación a casi 2 millones de habitantes.
Una nueva Carta Magna para una Mendoza nueva, y hecha por todos los que se sientan capaces de aportar y no sólo por los presuntos “expertos” que copian y pegan; que en lugar de comparar, imitan.
¿Seremos capaces de hacerlo? ¿Cuán grande es nuestro espíritu?
Gabriel Conte en Twitter: @ConteGabriel