3 de Enero de 2012 |09:11
Aconcagua 08: el salto final
Gentileza Matías Sindoni.
 
Ulises Naranjo, cerca de la cumbre y de la luna.
 
Último escalón en la aventura de nuestro editor Ulises Naranjo en el Aconcagua. El largo día camino del día de cumbre. Las decisiones que hay que tomar. El temporal que cae desde la cumbre, los rescates, el cansancio, la música y el silencio. La cumbre ahí y el cerro que habla. El Coloso vivido como pocas veces te lo pueden mostrar, en esta nota final.

"El tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos;  pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo".

Lo bello y lo triste, Yasunari Kawabata.

 

 

 

 

 

Hicimos todo lo que correspondía: nos decidimos a venir, entrenamos durante meses, bajamos diez kilos, pagamos los precios, subimos una docena de cerros, alquilamos equipos, conseguimos los días, nos despedimos de los que amamos, subimos a Confluencia (3300), al Mirador de la Pared Sur (4100), a Plaza de Mulas (4300), al Bonete (5100), a Canadá (4900), a Nido (5300) y a Berlín (5900). Nos abrigamos, nos hidratamos, nos alimentamos trazamos un plan de ascenso y lo respetamos, cargamos en nuestras espaldas absolutamente todo el peso –el de la carga y el de las situaciones– hasta este lugar y ahora nos disponemos a atacar la cumbre.

Son las cuatro de la mañana en Berlín y empezamos los trabajos para lanzarnos a caminar.

Hay que vestirse con las mejores ropas, ver que nada importante se haya congelado, derretir agua, llenar los termos, desayunar y evaluar cuidadosamente cada gramo de peso que se colocará en la mochila. Finalmente, hay que embalar todo el resto del campamento y dejarlo en lugar seguro, por si otras almas deciden hoy subir hasta este refugio que nos cobija y hacerlo su casa.

Dos horas nos llevará la tarea y poco antes de salir, mi organismo no tiene mejor idea que decirme que debo ir a cagar. Ya vestido de astronauta, salgo al patio, busco un lugar correcto y muevo todos mis ropajes con dificultad y, entonces, siento todo el frío del mundo acuchillar mis nalgas. Serán un par de minutos en los que, protegiendo mis partes genitales con una de mis manos, afrontaré la tarea con ahínco y sumisión.

Lo descubro otra vez: el frío, cuando es intenso –digamos, 25 grados bajo cero–, más que nunca se parece al dolor, sin embargo el dolor es algo muy diferente del frío.

Es de noche en las alturas y el Aconcagua parece un animal dormido y yo acabo de defecar en su ombligo. ¿Quién nos manda? ¿Cómo se justipreciará el tamaño de la ofensa? ¿Qué hago en este maldito lugar, empujando soretes con una piedra para meterlos dentro de una bolsa?



La decisión de Diego



Nos echamos a andar, con ropa limpia y seca. Matías Sindoni marcha adelante, voy en segundo lugar y Diego Carbonell marcha detrás. Elegimos una ruta un poco más larga, pero un poco más cómoda: treparemos en primer lugar hasta Cólera (6.100 m.s.n.m.) y desde allí seguiremos rumbo.

Poco después de pasar este campamento, una hora tal vez, sucede lo que tanto temíamos: los dedos de los pies de Diego ya no le responden. Desde Cólera lo venía callando; venía dándose una respuesta al respecto y aquí lo tienen: fuerte, sólido, optimista, pero con las patas como si fuesen ajenas, como si se las hubieran prestado. Cierto es que el Aconcagua en diciembre supone el precio de enfrentarse fuertemente con el frío, pero hay límites y Diego los conoce. Ya en Mulas, la médica le había advertido que estuviese atento a su límite y él no está dispuesto a cometer tonterías. Hay un silencio. Nos da un abrazo a cada uno y, sin más, da media vuelta y baja con su decisión a cuestas.

Está amaneciendo aún, varias son las expediciones que, desde Cólera, suben por encima de nosotros. La deserción de Diego, a qué joder, nos ha afectado, pero también es una razón más para seguir. Y seguimos, paso a paso de nuestros crampones sobre la nieve (los crampones son unos dispositivos metálicos que se colocan en la suela de determinados tipos de bota para posibilitar o mejorar la adherencia de ésta a superficies heladas o nevadas).

A esto vinimos: a ver cómo somos en estas circunstancias. En la alta montaña, uno no tiene más remedio que mostrarse como es: el prudente será prudente, el generoso así lo será y también harán lo propio el temerario y el timorato. Matías en estos interminables minutos de mi vida, es mi hermano en armas, mi escudo, mi protegido, mi compañero. 



El cerro manda  



Ulises Naranjo y Matías Sindoni en Independencia.

Prácticamente todo el trayecto está cubierto de nieve. Por suerte, las expediciones que han subido los últimos tres días han ido marcando una huella que todos seguimos, obedientes.

Dos horas después de la partida de Diego, con dificultad, salvando una fuerte pendiente, llegamos a Independencia (6.400 m.s.n.m.) y allí dispone Matías que hagamos un descanso más prolongado, especialmente a cuenta de mi cansancio.

Es el momento que él elige para hablar frontalmente de un tema que venimos soslayando: las nubes son cada vez más frecuentes y, en algún momento, terminará por formarse el anunciado temporal del día de hoy. Estaremos atentos a eso y él quiere asegurarse de que podremos tomar con libertad y conciencia la mejor decisión al respecto.

Luego de un té caliente, seguimos camino, y lo primero que tenemos delante es una empinada loma que nos depositará en el Portezuelo del Viento, que da paso a la Travesía, luego de la cual, se trepa por la Canaleta hasta el Filo del Guanaco y de ahí a la cumbre, no hay nada, casi nada.

Mientras Matías termina por acomodar sus cosas, me echo a andar en solitario y así haré esa cuesta, paso a paso de mis suelas de clavos contra la nieve. Hay menos oxígeno y, por momentos, el silencio es tan grande que soy parte móvil de esa abrumadora campana dormida. Finalmente, llegó al Portezuelo del Viento y dos cosas me llenan de estupor: el viento frío que se trepa furioso hasta mi sitio y la visión de la cumbre, allí, a un tiro de cañón: ¿dos kilómetros como mucho, tal vez?

Algo más me deja paralizado tras ganar este portezuelo y lograr visión de la última parte del cerro: el temporal ya empezó a ganar la cumbre y el tristemente famoso honguito se cierne y gana terreno Canaleta abajo. Dos expediciones ya se volvieron a lugar seguro antes de nosotros; otra está al pie de la Canaleta y una más se ha detenido en la Travesía. Me doy cuenta de que el cerro, una vez más, me ha puesto en el lugar de tener que elegir cómo será el resto de mi vida.

Matías me alcanza y mirá la cumbre cubierta de nubes. Hace un rato de silencio y, sin más, gira e inicia el diálogo.

- Ponete una mano en el corazón y decime qué querés que hagamos…

- No tengo nada que pensar, vos sabés bien lo que tenemos que hacer….

- Podemos ir ahora hasta la cumbre, pero antes de llegar y a la bajada, vamos a tener que enfrentar el temporal y es posible que no veamos la senda. ¿Cómo vas a estar para la bajada?

Hecho mierda de cansancio, como corresponde.

- ...

- Matu, te propongo que hagamos esto: yo estoy muy bien para bajar solo. Seguí vos, estás a poco más de una hora de la cumbre, hacela y bajá cagando. Yo mientras tanto bajo todo lo rápido que pueda hasta Berlín. Desarmamos el campamento con Diego y te esperamos y, en cuanto llegués, seguimos bajando hasta Plaza de Mulas y llegamos a la nochecita. Aprovechá y apurate y hacé cumbre.

- ¿Te parece? ¿Estás seguro?

- .

Miro con reverencia hacia la cumbre del cerro, ahí cerquita nada más. El cerro habló una vez más; él siempre es que manda y no tengo nada que reprocharle al respecto. Pego media vuelta y me voy paso a paso hacia la vida.



La cumbre está en tu casa


Ulises Naranjo y atrás, la cumbre del cerro.

¿Por qué hacemos lo que hacemos? En este mismo momento, cerro abajo en solitario, me pregunto qué me lleva a volver una y otra vez a este cerro. Me ha pasado de todo aquí: he vomitado hasta ácido gástrico en Independencia la primera vez que vine; he circunvalado la mole cuando casi nadie lo hacía; he quedado varado en Mulas sin subir un metro más a causa de un interminable temporal; he hecho cumbre en dos días, subiendo y bajando como un loco desatado; he detenido mi paso ante una suma de cansancios y ahora, a poco de la cumbre, he decidido dar la vuelta, con una sonrisa en la cara y cierta indecible paz en el corazón.

Antes de bajar, me tomé una foto con una bandera que hice para regalar a mi hijo. Escribí en ella el único mensaje posible, la síntesis de mis nueve meses de dolor, de traiciones recibidas, pero también de amor y resurrección: “Eliseo te amo”. Ahora, sé por qué hacemos lo que hacemos: para encontrar formas de gritarle nuestro amor a los que amamos.

Por lo mismo, no hubo mucho que pensar al pie de la Travesía del Aconcagua: hay que volver a casa, porque –como bien saben los montañistas– el cerro seguirá aquí y podemos volver la próxima temporada. La cumbre, dicen los sabios, está en tu casa, cuando volvés y te abrazás con tus amores.



Un problema menos



En tales cosas pienso, mientras desando mi huella en completa soledad y allá abajo, se ve una expedición que baja rauda a Cólera. De pronto, de la nada, me aparece un andinista de un metro noventa y pico. Rápidamente, me doy cuenta de que el vago anda más desorientado que Susana Giménez en el desierto lavallino. Me detengo a interrogarlo con mi torpe inglés. Me entero de que se llama James y que nació en Alaska. Me dice: “Busco a mis amigos que están por acá”. Le digo que por acá no hay nadie, que debe bajar al campamento porque viene un temporal. Dice que no.

Otra vez, el Aconcagua poniéndome en lugar de tener que decidir: ante mejor idea, opto por ordenarle que baje inmediatamente conmigo. El gigante me mira –veo que es medio pelirrojo–, luego de un silencio, me dice simplemente: “Ok”. Entonces, sigo bajando y, para mi sorpresa, el gigante me sigue y así lo hará hasta que, ya cerca de Cólera, enfila por propia decisión hacia las carpas. Un problema menos.

Llego a Berlín muerto de cansancio y allí me aguarda otro milagro: una sopa caliente que Diego ha estado preparando. Caigo en el refugio y mi amigo me quita los crampones y la mochila. Bebo sopa y le agradezco y vuelvo a saber por qué vine otra vez al Aconcagua: para beber esta sopa hecha con nieve derretida por mi hermano. ¿Cómo se paga esta sopa? ¿Dónde, que no sea en la montaña, encuentra uno una épica como explicación de los días?

Dos horas después, llega Matías al refugio, también deshecho. No pudo lograr cumbre, pues, luego de concretar al Travesía, ya al pie de la Canaleta, las nubes no le permitían ver más allá de un par de metros. Entonces, en ese mismo sitio, más precisamente en La Cueva, Matías de la nada, se encuentra con una expedición de guías amigos suyos en problemas y, sin dudarlo, saca de su mochila una cuerda amarra a un gringo muy papeado y, tirando de él, busca la vida, cerro abajo y lo pone a salvo.

Matías no logró su quinta cumbre, pero él bien sabe que eso nunca fue lo importante.



Besar y recibir besos



Matías Sindoni y Diego Carbonell, de regreso en Mulas.

El resto del día, afortunadamente para mí, transcurrirá en solitario. Decidimos que yo parta antes y, tomando una ruta poco conocida de porteadores, desemboque en Canadá para levantar nuestro depósito de allí. Matías y Diego bajarán por la ruta tradicional para levantar el depósito de Nido de Cóndores.

Bajo el cerro bien cargado y escuchando música, un viejo disco de Virus y una selección de hitazos de Los Redondos. Será una caminata de varias horas mientras, a mis espaldas, el temporal va ganando terreno hacia abajo.

Ya muy cerca de Mulas, me acostaré a mirar el cielo y a agradecer la aventura en las sagradas Piedras Conway. Una señorita solitaria se cruzará en mi camino con su enorme mochila y, al verme tirado en el piso, no dudaré en preguntarme:

- Hola, ¿estás bien?

- Nunca mejor que ahora. Y vos, ¿cómo estás?

- Estoy muy bien, gracias.

Ella partirá hacia Canadá, a su primer campamento de altura, llena de esperanza y de belleza. Yo bajaré hasta Mulas y me daré un baño de agua caliente. Al día siguiente, nos abrazaremos largo, muy largo, con Matías y, con Diego, caminaremos los 36 kilómetros que nos separan de Horcones, mientras el cerro ya vive a pleno su nuevo temporal.

Esa misma noche, hace unas pocas noches atrás, tan cansados como contentos, besamos a nuestros amores y dimos gracias por lo que la vida ofrece. Para eso, para besar y recibir besos como esos, fuimos al Aconcagua. Y para eso mismo volveremos siempre que podamos hacerlo.




Ulises Naranjo.



Esta expedición se concretó gracias al inestimable apoyo de:

Lanko Altas Montañas

Si pensás en montaña, Fernando Pierobón, Centro Integral de Montaña


Comentarios


Martes 3 de Enero de 2012 09:46
Genial Ulises
por alefrias
Que hermosa experiencia,..... gracias por compartirla
Martes 3 de Enero de 2012 09:19
felicitaciones!!!
por emma maria
Excelente!!! Felicitaciones por el logro!!!


Aconcagua 08: el salto final
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Reglas y condiciones
Nuevamente, nuestro editor Ulises Naranjo nos invita a vivir una aventura en el cerro más alto del continente. En la primera entrega, el primer campamento de altura y el lugar y las circunstancias que llevaron a la muerte a un hombre extraordinario. Calzate botas de trekking, abrigate bien y entrá con nosotros al mundo de una experiencia extrema.
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Desde el llano y sin saber casi nada de las condiciones en el cerro, mucho se habla de la forma en que deben concretarse los rescates. Aquí, te mostramos tres videos sobre un salvataje. La víctima, un francés. Los héroes, decenas de jóvenes mendocinos que se arriesgaron para salvar el latido de un desconocido y a cambio de nada.
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Último escalón en la aventura de nuestro editor Ulises Naranjo en el Aconcagua. El largo día camino del día de cumbre. Las decisiones que hay que tomar. El temporal que cae desde la cumbre, los rescates, el cansancio, la música y el silencio. La cumbre ahí y el cerro que habla. El Coloso vivido como pocas veces te lo pueden mostrar, en esta nota final.