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Alguna vez, no hace mucho, apenas poco más de dos siglos, el concepto de la vida en Mendoza fue erigido a partir de la condena a muerte del pueblo huarpe y toda su forma de relacionarse con la naturaleza.
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Había, hace siglos, un complejo de incontables lagunas en Huanacache, al norte de la provincia, en la que los habitantes originales de estas tierras vivían, en medio de bosques de algarrobo, de la pesca, la caza y los sembradíos.
Para levantar la Mendoza que conocemos, más al sur, en medio de una depresión del territorio, un mal día, tomamos la decisión de quitarles el agua y los bosques. Entonces, sin agua y con matanza de pueblos originarios de por medio, avanzó el desierto en el norte.
Muchos años debieron pasar para que se llevara, otra vez, el agua al desierto. Ya se hizo. La obra madre está terminada. Sin embargo, aún falta un esfuerzo más –uno que nos involucra– para que a los laguneros, los huarpes de hoy, puedan volver a tener toda el agua que necesitan. Veamos de qué se trata.
Reconciliación
El acueducto, que se construyó en un año, es uno de los más grandes de la Argentina: tiene 270 kilómetros de tendido. Llevar agua al desierto constó 10 millones de pesos, que fueron costeados por ENOSA –Ente Nacional de Obras de Saneamiento Ambiental–, del ministerio de Desarrollo Social de la Nación. Aún falta construir un par de plantas de rebombeo para garantizar la presión, pero ya están presupuestadas y se cuenta, naturalmente, con el apoyo de la Municipalidad de Lavalle, dirigida por Roberto Righi, para todo lo logístico e incluso transportes.
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La red va desde Gustavo André –donde está el pozo– hasta Arroyito, en el límite de Lavalle y La Paz, ya casi en San Juan. Pasa por Asunción y se abre en dos arterias.
Una va al norte, para la zona de San José y Lagunas del Rosario y a la zona más del oeste, llamada La Pata’e Vaca. La otra va hacia el noreste, cubriendo El Cavadito, La Majada, El Puerto San Miguel, Lagunitas, El Retamo, El Forzudo, Arroyito y La Josefa.
“La obra está lista, ya hay agua en el desierto. Lo que ahora está faltando es que los puesteros se conecten a la red. Hablamos de muchos puestos que están de los cien metros, a los dos o tres kilómetros del caño madre. El costo es muy elevado para ellos. Necesitan mangueras de 1 pulgada, de ¾ y de ½ pulgada y las extensiones varían”, comenta Pablo Tornello, ex legislador, actual asesor de Gobernación y, a la sazón, puestero que, valga la aclaración, ya cuenta con agua pagada de su bolsillo.
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Así la cosas, la intención es armar una campaña solidaria y recaudar dinero para comprar kilómetros de mangueras y medidores para los puesteros.
Hay varias personas interesadas en dar esta batalla a favor de los laguneros. Entre otros, está Fernando Barbera, empresario dueño de La Marchigiana: “Estas personas tienen que hacer malabares para poder tener agua, nada menos que agua. Creo que si nos sensibilizamos y nos movilizamos podemos entre todos hacer una gran obra”, inicia.
Y completa, definitivo: “El agua de Lavalle es una deuda histórica de nuestra provincia. Hasta puede ser un punto de partida de reconciliación con los huarpes. No podemos pensar una Mendoza justa, sostenible si no incluimos a quienes estaban acá desde siempre”.
No al agua con arsénico
Las iniciativas para lograr la gran obra ya son varias y necesitan que les demos impulso y crecimiento.
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Por un lado, tras gestión de Barbera, los empresarios nucleados en Valos se han comprometido a disponer de una cuenta bancaria para las personas que quieren realizar depósitos y no sólo eso: van a conversar con distintos empresarios para explicarles el plan y pedirles apoyo.
La cuenta es la siguiente: Asociación Civil Valos, Banco Francés, cuenta corriente en pesos número 237 - 7981/7.
También hay empresas del ramo comprometidas a hacer excelentes precios para las compras masivas de los elementos. En tanto, hay un grupo de lectores de MDZ –comandado por “las López”–, quienes habitualmente colaboran con Lavalle y lo seguirán haciendo.
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“Podemos juntas las mangueras y que ellos mismos se encarguen de la obra de enterrarlas, con la supervisión de la comuna”, sueña Tornello. De hecho, los puesteros ya se han mostrado dispuestos a hacer el trabajo y algunos hasta pueden poner unos pesos para la conexión.
Se trata de kilómetros de manguera y de decenas de medidores, por lo cual, la cifra a reunir es significativa. A la vez, propone un giro más que interesante a las –saludables– donaciones de juguetes, ropa y comida que suelen concretarse para el desierto: ¿qué mejor que colaborar para que los laguneros tengan agua potable en la canilla?
Allí, los lavallinos toman desde hace décadas agua con arsénico, agua de pozo toman.
Paraíso en la Tierra
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“Agua para el desierto de Lavalle” podría llamarse este genuino acto de justicia. No importa el nombre. Lo cierto es que pocas veces en la vida, una comunidad –en este caso, la mendocina– tiene ocasión de verse de narices nada menos que con una reparación histórica.
¿Cuál es la estatura de nuestro agradecimiento? Es esta una pregunta que cada uno de nosotros debiera responderse. Si estamos vivos de la forma en que lo estamos, en buena medida, se lo debemos a aquellos mayores que cuidaron el agua y supieron vivir de ella.
Ahora, nos piden que les devolvamos un poco de las decenas de lagunas que les quitamos. ¿Qué haremos al respecto? El daño causado ha sido tan drástico y ominoso que ni cien vidas nos alcanzarían para saldar aquella destrucción de un paraíso en la Tierra.