“¿No entendió todavía? Clarín es la última resistencia, es como un muro. Si cae Clarín, después caemos todos”, es el argumento de Elisa Carrió contra el proyecto para regular la producción de papel de diario en Argentina. El argumento sobreentiende que hay un poder político sobredimensionado y dictatorial. Lo cual en todos los casos quiere decir presos políticos, censura de prensa, fuerte represión de las protestas con heridos y muertos, expropiaciones por motivos políticos, persecución a los movimientos sociales, a los gremios, los piqueteros, los estudiantes, no hay elecciones ni Congreso. Puede haber matices: las dictaduras de los ’60 fueron más leves que las de los ’70.
Pero eso es una dictadura, que las hubo en este país y contra las cuales Clarín nunca fue precisamente lo que se dice “un muro” y tampoco Carrió ha probado hasta ahora su decisión contra una dictadura.
Pero sobre ese diagnóstico, Carrió diseña su estrategia, lo cual hasta le da cierto sentido épico, de gesta antidictatorial. Para coincidir con una estrategia tan cerrada hay que coincidir necesariamente con el diagnóstico. De lo contrario ese camino es inexplicable.
Hay matices también en esa interpretación ya que no se ven gobernantes militares. Sería, en cambio, el gobierno de una banda de hampones sin ley ni moral que con demagogia ocupó el poder y ha desarrollado una dictadura encubierta. Pero lo suficientemente dictatorial como para romper todo diálogo con ella y salirle con los tapones de punta.
Otra interpretación, que termina coincidiendo con la anterior, describe a un grupo de políticos profesionales –aventureros y mercenarios–, que por demagogia toma algunas de las banderas de la centroizquierda con el solo objetivo de acumular poder y robar de las finanzas públicas.
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