Aunque suene a poco, aseguran que discutieron por unos caballos y que el tío y el sobrino nunca se llevaron bien. Y al final los hermanos Manuel y Antonio Mas, de Finca La Anita, se separaron. Esa ruptura, conocida esta semana, no dejó a nadie indiferente en el mundillo de los bodegueros. Desde que nació en 1992 como bodega boutique, la firma fue sinónimo del refinamiento que podían alcanzar los vinos argentinos.
Los hermanos trabajaron duro e impusieron la marca, en el país y en el exterior. Pero como tantas otras empresas familiares no pudieron escapar a susceptibilidades y a los excesos de celos de uno y otro lado. Manuel era el dueño de la finca con 70 hectáreas y llamó a Antonio, ingeniero agrónomo de profesión, que se desempeñaba en Río Negro. Antonio se hizo cargo de la bodega y las plantaciones en Alto Agrelo, Mendoza y se transformó en el winemaker más notable de la nueva vitivinicultura.
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