Cuando uno es extranjero es casi imposible sacarse de su cabeza las comparaciones. Crece, en mi caso, un espíritu de “argentinidad” que juro es muy difícil de imaginar para quienes viven dentro de las fronteras del propio país. Hay que aprender a ver la realidad desde lo que se vive en el día a día, aprender a ver ese otro país, donde uno vive, sin comparar con esa idea del propio país que uno tiene adentro, y que no muchas veces tiene que ver con la realidad.
México es un bello país. Los mexicanos son como cualquier persona de otro país: los hay buenos y los hay malos. Pero, claro está, este país tiene su realidad y su idiosincrasia como cualquier otro. Se presenta como una paradoja que frente al trato tan amble de su gente, este sea un país donde se viva tanta violencia.
Yo vivo en el Distrito Federal. Vivo en capital del país, ubicada en el centro del territorio. Los problemas más grandes que se puede escuchar aquí son los de accidentes de tráfico, que se ha cobrado muchas víctimas, robos y secuestros. Pero el “DFectuso”, como lo suelen nombrar cariñosamente algunos mexicanos, no es insensible frente a lo que ocurre en otras zonas.
Los cárteles de narcotraficantes se ubican en zonas de la frontera norte del país, lugares donde las víctimas –militares, policiales, políticas y civiles- se cuentan de a miles. Y no se puede estar al margen de eso. Permanentemente llega información sobre enfrentamientos y atentados que tienen a los diferentes grupos de narcos como protagonistas.
Debo decir que mi familia y amistades aquí son en su mayoría mexicanos, no tengo mucho trato con gente de otros países. Ellos me comparten un poco de su tranquilidad de vivir día a día, durante años frente a estas situaciones.
Es como si en un punto se les hubiera hecho una “capa invisible” que los hace sobrellevar éstas situaciones. Después de todo, hay que salir a trabajar y hacer las tareas cotidianas. Pero, a pesar de esto, me es imposible no impactarme como extranjera, tal vez de manera un poco exagerada, respecto de lo que pasa.
Pero, además del plano personal, está lo profesional. Soy periodista viviendo en el país latinoamericano más peligrosos para ejercer el periodismo, según la OEA y la ONU, cuyos informes manejan la cifra de periodistas asesinados y torturados en cientos. Tan sólo ayer balearon el frente de un diario en el noroeste del país. Hace un mes un programa periodístico de televisión nacional, en un hecho sin precedentes, bajaba su emisión de la semana para no hacer caso de una amenaza hecha por narcotraficantes, que pedían que se emitiera un comunicado o habría un atentado. Por esto prefirieron no poner el programa al aire.
Pero a pesar de todo esto, uno debe entender que tiene que elegir o vivir pendiente de que le pueda ocurrir algo, lo cual nos tornaría en una paranoia, o disfrutar de nuestra familia, de nuestros seres queridos. A vivir los problemas típicos del día a día. Así se empieza a compensar, a entender que si la violencia entra a nuestra casa, no es culpa de narcos y delincuentes, es responsabilidad nuestra.
No, no es fácil vivir así, pero se vive. Cada país tiene su realidad, a México le tocó esta, y créanme, se vive y no todo es sufrimiento.