|
|
![]() |
De los cinco itinerarios para ascender a la cima El Goûter, Los tres Montes, Los Grands Mulets, La Vía del Papa, Miage-Bionnassay, el primero es el que se ha impuesto como la vía normal de acceso y fue el que debimos tomar por las condiciones del clima y sugerencias de los guías lugareños.
La del Goûter divide glaciares: la Griaz del Tête Rouse, y más adelante, el Taconnaz del Bionnassay. Una ascensión que no puede evitar el casco, ni los crampones, ni el piolet que a principios de la temporada cuando el Aiguille du Goûter está todavía nevada y la pendiente presenta inestabilidad, requiere de botas doble, guantes triples, primera, segunda y tercera piel. Pero la subida al refugio del Goûter no es un paseo sino una auténtica ascensión que conjuga pedreras, hielo, escalada en pequeños pasajes escarpados, rocas inestables, rocas encambradas y más rocas. Los cables metálicos colocados en el Gran Corredor pueden servir de pasamanos cuando la altura de la nieve permite alcanzarlo sino es valiosísima la velocidad de la encordada para atravesarlo antes de que “algo” caiga desde arriba.
![]() |
La ascensión a la cumbre se hace exclusivamente sobre terreno glaciar.
Desde el refugio son sólo 990 m de desnivel para alcanzar la cumbre… es el menor desnivel de las vías clásicas del Mont Blanc.
Para ascender a la cima hay que subir por encima del refugio y alcanzar la cresta de la Aiguille du Goûter.
![]() |
Una travesía. Una traslación. Una caminata. Pero también un sendero. Una huella. Un camino. Aunque no sólo eso. Lo que compartimos no prescribe nada… ni para mí, ni para nosotras… ni para otros. No es una receta. No llega a método. Apenas un modo de montar caderas, una manera de andar en bicicleta.
Cuanto mucho tiene carácter experiencial, explorador, deseante y, por ello instransferible. Lejos de un experimento susceptible de repetirse dadas determinadas condiciones, establecidas determinadas variables, se trata, en todo caso de experiencias, personales, directas; cuyos efectos no pueden medirse, mucho menos determinarlos de antemano.
Se trata claro de una experiencia y es por eso algo que viví “sola”. Aún así no pudo tener su efecto completo a menos que escapase de mi individualidad, de mi subjetividad, de mí misma. Que en algún punto me perdiese. Que de alguna manera des-andase el modo habitual en el que ando el mundo. Y que entre tanto aprendiese a desaprender-me cuando intenté narrar-me en las palabras que lees. De modo tal que otros consiguiesen no diríamos exactamente re-experimentar en lo que leen lo que hice, sino al menos cruzarse en el camino con algún registro, avistar un aroma, apreciar una mixtura, pedalear tan rápido, seguir mis huellas o intentar pisar allí donde el teclado de mi computadora dijo que pisó Ignacio. Oficiar un encuentro con caminantas y caminantes… o varios conmigo misma pero también con todas las otras que esos encuentros me permitieron ser, repetir, esperar, desear, habitar... y, claro, asesinar… porque muchas de las fui, no quise ser.
Hacer de la montaña una experiencia modifica radicalmente. Una práctica colectiva que se vive individualmente. Una manera de caminar entre varios; un modo de apropiarse del sendero comunitariamente, una forma de seguir el ritmo de la cordada entre ellas y ellos, un estilo de habitar la montaña con otros y otras; una metamorfosis que en principio es accesible a quienes lo intentan. Un cuidado... y un arte -diría mi amigo Carlos desde Deleuze- el de la distancia.
Sí, hacer montaña es una experiencia de cuidado y un arte. Cuidar significa atender a algo o alguien, no sólo estar atento sino además dispuesto, al alcance de la mano. Se trata por tanto de una forma de vincularnos con el mundo, con los otros, con nosotras mismas, en la que ni el mundo, ni los otros, ni nosotras nos es indiferente. Es por ello que cuidar tiene que ver con el arte de la distancia.
![]() |
Eso es lo que me enseñó Ignacio.
Eso es lo que aprendí de los caminantes y las caminantas con las que ascendí al Mont Blanc encordados.
Cierto saber hacer… el de guardar distancias. Ni muy lejos, ni muy cerca. Ni muy arriba, ni muy abajo. Ni muy atrás, ni muy adelante. Ni muy lento, ni muy apurada. Se trata de “un entre” que no existe de una vez y para siempre sino que hay que hacer, en el recorrido.
![]() |
El cuidado, se da en “un entre”. Entre las mujeres, entre los hombres, entre caminantes y caminantas, entre bicicletas, entre cuerpos, entre grandes y chicos, entre lenguajes, entre espacios, entre saberes…
Cuidar es una forma de guardar distancias. De apropiarse de algunas y de perder otras. Cuidar exige buscar y conseguir la distancia exacta entre unos y otros, entre ellas y ellos, entre vos y yo. Cuidar reclama explorar el equilibrio entre las ausencias y las presencias, entre los silencios y los gritos, entre las indicaciones y las sugerencias, entre el hacer y el no hacer, entre la intervención y el no entrometerse, entre el ocuparse y el pre-ocuparse, entre el hospedar y el hostigar. Cuidar demanda hacer sitio entre el estar y el no estar.
Eso es lo que Ignacio me enseñó. Eso es lo que entre las caminantas y los caminantes pudimos hacer. Eso es lo que quise/pude aprender.