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Las instituciones fundamentales no funcionan o lo hacen muy mal. No es la economía, en esta oportunidad, la principal causante de la crisis. El desmanejo institucional, la agresividad del matrimonio gobernante en el trato a la Justicia, el menosprecio al Congreso (aun a su tropa propia) y el enfrentamiento permanente con la oposición, han tensado a toda la sociedad de manera tal que termina repercutiendo finalmente en el ánimo social y en la economía del país. La desconfianza externa e interna crece al mismo ritmo que los precios, que intenta controlar el súper secretario Guillermo Moreno con sus métodos antediluvianos e ineficaces.
El Congreso Nacional está paralizado desde hace tres meses en un espectáculo incomprensible de simulaciones y “chicanas” mutuas, demagogia, y falta de ideas. Y de debate de iniciativas por lo menos irresponsables para quien se precie de ser un “partido de gobierno”, es decir, uno que puede llegar y administrar el país. Discuten -la oposición con su integración arlequinesca, su inexperiencia y algunas respuestas autoritarias semejantes al kirchnerismo; y el oficialismo con actitudes absolutistas, nada menos que dos de los temas centrales de cualquier país civilizado: el pago de su deuda pública, y el uso de las reservas internacionales del Banco Central. Y todavía no lo pueden resolver. En el camino, como si fuera poco, quedaron cuestionados dos presidentes del BCRA, una de las autoridades más importantes de la República, cuya misión consiste nada menos que en controlar el valor de la moneda, y la marcha de la inflación; el peor y más injusto de todos los impuestos.
La Justicia, mientras tanto, ha sido rotulada como “de alquiler” por la Presidenta de la Nación. Se trata de una visión por lo menos parcial de la realidad: muchos jueces han sido –y son aún- funcionales a los intereses del gobierno kirchnerista, de manera desembozada. Pero Cristina Fernández de Kirchner ahora parece desentenderse de ellos. Otros jueces, es verdad, en medio de la disputa han sido tironeados por ambas partes, y han tomado un protagonismo inconveniente e indeseado, en temas que requieren soluciones políticas responsables y acertadas. Si hay jueces de alquiler, finalmente, hay que preguntarse en primer término cuánto ha invertido el gobierno nacional en ello, cuando decidió denunciar lo que ellos mismos parecen practicar.
La crisis es de tal magnitud, que renacen de las cenizas personajes retirados que ha cumplido un rol no muy feliz en la historia reciente: Los ex presidentes Carlos Menem y Eduardo Duhalde han vuelto al ruedo. A su vez, Cristina y Néstor se encargan casi diariamente de crispar, dividir y sembrar rencores en una sociedad que cada vez los acepta menos. Y que los mira sin entender cómo es que funciona el poder, o cómo vamos a llegar a las próximas elecciones. Será en un clima –está visto- insoportable.
En este marco no debe sorprendernos que la economía, por todas estas conductas negativas, muestre síntomas preocupantes: una inflación cruel y frustrante para los argentinos, una inversión productiva en franca decadencia, las finanzas nacionales sufriendo y las provinciales en estado crítico.
Muchos gobernadores de todos los colores -mientras tanto- se someten al poder de la billetera kirchnerista, de la “caja”, para conseguir recursos federales que mitiguen sus necesidades. Es así como ceden de manera genuflexa e indigna la autonomía que les confiere la Constitución Nacional.
En Mendoza, nuestra casa, las cosas no se ven mucho mejor.
Como símbolo, la Vendimia del Bicentenario pasó a la historia como la Vendimia berreta de Ricardo Fort en un lugar central del palco; el gobernador Jaque y la reina electa silbados en el anfiteatro (jamás había sucedido algo así con una soberna nacional). Y el vicepresidente quitándole el cuerpo al acto central para evitar escraches. Tras ese escenario de superficialidad y naderías políticas, la salud y la educación –nunca nos vamos a cansar de decirlo- pasan una crisis tremenda, con escuelas que apenas se pueden habitar, aulas superpobladas, maestros mal pagos, y chicos con hambre; por no hablar del estado de calamidad de hospitales y centros de salud. Pero claro, nos hemos acostumbrado a verlos así, que no nos asombra nada. Nos parece normal ver un hospital sucio. Nos parece normal que el techo de un aula pueda venirse abajo. Nos parece normal lo que no lo es, porque estamos anestesiados.
La Vendimia del Bicentenario pasó a la historia por ser la de Ricardo Fort y los silbidos a Jaque y a la Reina. Fue una Vendimia "berreta" que marcó la decadencia.
Aunque parece que el gobierno está un poco más ordenado que antes de perder las elecciones de junio pasado, los temas centrales de la política local siguen igual o peor. El Partido Justicialista, que debiera ser el partido de gobierno, está más dividido que nunca. El Radicalismo, en su versión ortodoxa y el Confe, luego de ganar ampliamente las últimas elecciones, avergüenzan con sus internas perpetuas. Y el Partido Demócrata va hacia el precipicio en caída libre en cuanto a liderazgos, y resulta funcional al jaquismo. Transitan una tenue zona gris entre una oposición real y la lisa y llana negociación fenicia con el oficialismo. Por eso, varias votaciones recientes en la legislatura provincial son muy difíciles de explicar, sin recurrir antes a la influencia de intereses ajenos a los mendocinos, en las negociaciones.
Los empresarios locales, que por su trascendencia como emprendedores y generadores de oportunidades y empleos, debieran tener una voz influyente en la defensa de los intereses de Mendoza; desde hace un año y cuatro meses no saben, no quieren o no pueden concretar su proyecto de unirse con ese fin en una confederación. La mayoría oscila entre el temor, el cuidado de sus propios intereses, y la falta de compromiso. No pueden ni deben suplantar la política, pero sí tienen la obligación de aportar desde su espacio con convicción e inteligencia.
El resto de las organizaciones de la sociedad civil también están golpeadas. Y ven cómo paso a paso la corporación política les cierra las puertas, y sólo los convoca a reuniones para “quedar bien” y simular una Mendoza que no existe, mientras siguen cocinando el estofado en voz baja y en otro lado, lejos de las miradas escrutadoras de los ciudadanos.
La legislatura provincial, en tanto, acaba de pasar su más reciente y emblemático papelón al auto otorgarse en secreto jubilaciones de privilegio, en comparación con la mayoría de los argentinos. Un legislador del cobismo, quizá, en el colmo de la desorientación, declaró: “con lo mal que estamos… qué le hace un mancha más al tigre”. Los legisladores demócratas excusaron su voto, aduciendo haber sido engañados. Es increíble que en ninguna de las dos cámaras, ninguno de los legisladores demócratas haya sabido lo que estaban votando. ¿A quién le están tomando el pelo? A los mendocinos. ¿Cuántas otras veces ‘no saben’ lo que están votando? Vaya uno a saber.
Mientras la clase política chapalea en el fango de contradicciones y actitudes demagógicas y chantas, mucha gente se desespera. Los argentinos ven cómo su ingreso se destroza con la inflación, mientras cada actitud que asumen sus dirigentes está completamente alejada de las necesidades reales. Más de uno ya ha empezado a sentir que está realmente harto, y ve con decepción que desde el 2001 hasta hoy la situación argentina no ha variado casi nada.
Los medios de comunicación también tenemos nuestra parte. Muchos, especialmente los más grandes, se han asumido como actores políticos de la Nación y de la provincia, en contraposición a un poder que –es cierto- censura, aprieta, estafa, abruma, y lucha con toda sus herramientas contra la prensa, porque no acepta la crítica y el disenso. Pero eso no debe dar lugar, a movernos de nuestro lugar de comunicadores para transformarnos en operadores o, peor aún, en extorsionadores. Tenemos la obligación de informar e interpretar la realidad de la manera más honesta y objetiva que nos sea posible. Pero esto no sucede. Por el contrario, vemos casi a diario campañas y contracampañas en medios “oficialistas” y “opositores”, tal la nueva división de las empresas periodisticas, que últimamente ya no ponen atención ni en lo que publican. Basta observar los tratamientos irresponsables de los casos Pomar y Grimau -dos muy cercanos en el tiempo- o la reciente muerte de un bebé de dos meses en nuestra provincia, para darse cuenta.
Aquí en Mendoza, como reflejo de la crisis nacional, vemos problemas parecidos. Resulta lamentable ver a grupos económicos, con intereses que exceden lo periodístico, que usan sus medios para todo tipo de operaciones políticas y económicas. En muchos sentidos han chapoteado en el mismo barro que lo peor de la política.
¿Los políticos no cambiaron nada? ¿O somos nosotros, los ciudadanos, quienes tenemos que cambiar el estado de las cosas?
Nuestra conducta como argentinos también ha sido muchas veces reprochable. Basta con observar con qué desprecio y falta de respeto tratamos el espacio público que compartimos. Las recientes lluvias mostraron un paisaje desolador de basura de todo tipo por las calles, acequias y veredas de nuestras ciudades. La ineficiencia de los servicios municipales quedó empequeñecida ante nuestra irresponsabilidad. El escaso respeto por las normas, incluso las más simples como las del tránsito, y la intemperancia y la violencia en las relaciones interpersonales, crecen y asombran. Ni que hablar de la pasividad con que aceptamos a verdaderos estúpidos ocupar la pantalla de nuestra televisión.
Una mirada introspectiva profunda y comprometida también es muy necesaria, dadas las actuales circunstancias.
¿No deberíamos participar más y con mayor convicción y pasión? ¿Ya sea en las ONGs, en el barrio, en la misma política, para poner un poco de racionalidad a este descontrol?
¿No deberíamos comprometernos a conductas más racionales y eficaces, frente a tanto ruido ineficiente y agresivo?
¿No deberíamos exigir reformas que mejoren la participación, que abran las puertas de la política, que nos den herramientas de democracia directa y creíble?
¿No deberíamos quejarnos y sentir consternación por la pésima calidad de la atención del Estado, cuya gran mayoría de empleados está sometida incluso al empleo en negro, a la miseria, y a la cooptación política y clientelar?
Para no sentir vergüenza propia, hagamos de nuestras conductas un símbolo de compromiso, de aporte práctico, de exigencia concreta a nuestros representantes.
Propongamos, reclamemos, participemos, rechacemos, mejoremos nuestras propias acciones.
¿O vamos a esperar que un día la Legislatura, en un plenario secreto de ambas cámaras y con la totalidad de sus miembros presentes, nos declare a los ciudadanos mendocinos formalmente tontos, sin arreglo ni solución?