Leonela Aguirre (10), de padre albañil y madre ama de casa y empleada doméstica, había salido el martes a las cinco de la tarde de la “Escuelita de la Loma”, la Escuela estatal 124 de Puerto Madryn, Chubut. Estaba a tres cuadras del hospital público, a otras tantas de la Unidad Regional de Policía y una comisaría... Y a unas siete cuadras de su casa, enclavada en medio del barrio Don Bosco, una de las barriadas populares de Madryn, una ciudad tan pobre como rica al mismo tiempo. A Leonela la vieron por última vez cuando salió de la escuela. Tímida, retraída y apegada a sus padres, según cuenta la prensa patagónica, apareció 13 horas después asfixiada y salvajemente violada de todas las formas posibles, dentro de un contenedor de basura que había sido revisado por la policía en medio de un rastrillaje desesperado.
Trabajé en Puerto Madryn, en el diario
El Chubut, durante cuatro años, antes de regresar a Mendoza; en muchas tardes de mates, churros, y noticias. Conozco cada palmo de la ciudad de norte a sur. Desde el paraíso de ballenas de El Doradillo, hasta la reserva de Punta Loma. Desde la costa invitante y la rambla espléndida, a la pobreza dura de los asentamientos ilegales y los barrios del oeste. Madryn es millonaria y mísera. Vive de la pesca, el aluminio, el comercio y el turismo. Es la ciudad donde un filetero de primera podía ganar hasta hace poco, antes de la crisis del caladero, unos 12.000 pesos al mes en una buena pesquera. Y los gastaba enteros en consumo porque no tiene educación ni le fomentaron jamás la cultura del ahorro. Es una ciudad turística bella y cosmopolita, donde se puede bucear en pleno invierno y descubrir los secretos del mar a pocos metros de las ballenas, esos seres enormes y amables que hacen de aquella una tierra mágica. Es la ciudad donde muchos mendocinos fueron a vivir el sueño patagónico con la construcción de la planta de Aluar, en 1972, y se quedaron para siempre. Muchos de ellos se dedican hoy a la gastronomía. Las mejores pizzas de Madryn las hace un mendocino muy hincha del Tomba, en un local de la Avenida Roca cerca del Club Deportivo Madryn, el glorioso ‘aurinegro’, a unos metros de la costa. Me crié cerca de esas playas, en medio de aquel clima fuerte y –la mayor parte del año- inhóspito. Entre gente “nyc” (nacidos y criados), y los fugados, porque así se construyó la Patagonia.
Madryn tiene esa cosa de infierno grande que distingue a los pueblos del interior. Donde nunca pasa nada, hasta que pasa. Es gente que sabe de desgracias tremendas. Allí murieron 25 bomberitos inexpertos, muchos de ellos de 14 años, en un incendio de campos tremendo a la vera de la Ruta 3, el 21 de enero de 1994. Allí también asesinaron a un empresario pesquero, Raúl ‘Cacho’ Espinosa, en una trama de poder económico y político que se devoró a casi 15 jueces sin que se llegue a los culpables, el 30 de enero de 2003. Fue también en Puerto Madryn donde se derrumbó un silo de Aluar en el durísimo invierno de 2007 matando a diez obreros bolivianos por los que no marchó casi nadie. Fui a cubrir ese velorio con lloronas, donde nos convidaron sangría y una cocción de yuca. Fue allí, a escasas dos cuadras del lugar en el que trabajaba como editor, que un joven conduciendo una Chevy a la salida de un boliche, atropelló y mató a dos hermanas, dos pibas jóvenes y plenas de vida. Y también fue en aquella ciudad, en su coqueto barrio Sur, donde dos changarines con antecedentes asesinaron a una antigua maestra, Mary Estevan, en su casa; para robarle cuatro cosas y unos pocos pesos. Lo hicieron a golpes y puñaladas en una madrugada de agosto de 2006. Madryn, que en 2005 paralizó la ciudad durante 45 días por una protesta pesquera enorme y tensa, sabe bien de las desgracias. Pero nunca –jamás- algo como esto. Bienvenidos a la violencia, bienvenidos a la Argentina de hoy.
El crimen salvaje de Leonela mandó espontáneamente a la calle a cerca de 10.000 personas a marchar en un silencio penumbroso y retobón, y a pedir justicia. Casi el 15 % de la población en la misma protesta. Y hoy, a las cinco de la tarde, otras miles participaron del sepelio de la chiquita de diez años, que había aparecido en aquel contenedor de basura con un cable de dos milímetros enroscado en su cuello, una bolsa de supermercado en la cabeza, las manitos atadas atrás; y violada con saña hasta que le desgarraron la zona genital y el ano. La auténtica obra de un asesino salvaje.
Los periodistas de la zona cuentan que hubo desprolijidades policiales, apurones y torpezas. Y se preguntan cómo alguien pudo depositar el cadáver de Leonela en un container a 100 metros de la casa donde la familia sufría por la ausencia, en un lugar que ya había sido rastrillado y revisado a las dos y media de la mañana. La encontró un tío, que también estuvo en el círculo de las hipótesis sospechosas.
Impresiona ver las fotos que llegan desde ese lugar, situado a 1.635 kilómetros de nuestro Kilómetro Cero. En esas imágenes se puede palpar la consternación de la gente llorando en las veredas, compartiendo impotencia, silencio, repudio y miedo. Así se sintieron en estos días los habitantes de aquel Pleasantville de la Patagonia. Periodistas curtidos, de muchos años, me dijeron que hoy, en el cementerio, sintieron la misma angustia colectiva y las ganas de llorar que aquel día de los 25 bomberitos muertos. Es que en verdad, hay que tener alma para juntar diez mil personas en un pueblo de la costa patagónica. Sólo lo logran los grandes acontecimientos, y las desgracias mayúsculas.
Leonela, ya lo dije, tenía 10 años. No era una nena popular. Más bien cálida, tímida, y muy apegada a sus padres, éste era el primer año en que la dejaban volver sola del colegio. Por eso, cuando a las cinco y media de la tarde de este martes caluroso no había regresado, la fueron a buscar infructuosamente, y media hora después hicieron la denuncia. Hoy anunciaron la detención de un hombre de 37 años, familiar de un compañerito de escuela de la nena. Es, dicen, el principal sospechoso.
Lo único que se me ocurre decir ahora es esto: ojalá encuentren al hijo de puta.
Nota del autor: Tomé esta fotografía en el invierno de 2005 en una de las playas al norte de Puerto Madryn. Hoy, el paraíso está roto.