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Abro los ojos, despertando asustado, el corazón late rápido; al mismo tiempo escucho con todo el cuerpo el ruido ensordecedor de un....¡¡¡Temblor!!!... uno más de los muchos que he vivido; duermo este verano en Chile, país delgadito, flaquito que casi se cae al mar colgado de la cordillera de Los Andes y con un mar enorme que nos flanquea. De tiempo en tiempo, más o menos cada diez años se nos viene encima, entre muchos otros, uno de esos grandotes, imponentes, de los que no dejan “mono con cabeza” como se suele decir por estos lares.
Terremotos
Si uno escudriña en nuestra historia verá que se repiten con una exactitud casi cronométrica, suelen dejar un reguero de casas destruidas, muertos por decenas y los más tremendos decenas de miles de finados con llantos y no procesiones ni velatorios, pues se han ido derecho a las fosas comunes.
Mi propia madre sobrevivió al famoso terremoto de Chillán de 1939, un verdadero cataclismo que borró a la ciudad, quedando entonces debajo de la casa de sus padres siendo una bebé de pocos meses; rescatada por algunos vecinos piadosos pasó al cuidado de una buenas señoras putas que el Señor de seguro tendrá en su seno entreteniendo los ocios de angelitos, querubines y serafines; en ese entonces las compasivas señoras cuidaron a la nena por algunos días regresándola a sus padres, sana y salva.
Mi abuela y mi abuelo libraron algo mejor en los primeros momentos, pues salieron arrastrándose por sus medios de entre los escombros, heridos y maltrechos, pero vivos; mis tías abuelas en cambio fallecieron aplastadas por las vigas enormes de esas casas con paredes tan altas como para elevar volantines (cometas).
Avanzando el tiempo, estando todavía en el vientre de mi madre, me tocó en suerte vivir el terremoto de Concepción de 1960, con salida de mar incluida, el que tuvo a los penquistas encaramados en los cerros por semanas y a mi madre tendida en el suelo cuan larga era conmigo en la panza luego del porrazo al escapar durante los primeros remezones... todavía no llegaba al mundo y los temblequeos telúricos casi me devuelven al cielo...
¿En qué estaba?
¡BROOOOOOOOOMMMM!!!! se escucha a mi alrededor, todo oscuridad salvo la luna llena o parecido, la que ilumina con su resplandor frío el estrépito que a esta altura todo lo mueve y sacude... “¡Ésta se viene grande!” me digo y salgo raudo al patio de la cabaña que habito sobre un cerrito a orillas del mar... al fondo y ladera abajo se divisa el mar plateado y la casa de mis ancianos padres que se estremece sobre una tierra oscilante que ruge y palpita casi como una ola más... Caigo de rodillas... me incorporo, corro unos pasos hasta llegar hasta su puerta trasera... sale mi hermana a tirones con mi madre que apenas se da cuenta de lo que sucede, ingreso a la casa, encuentro a mi padre afirmándose en el marco de la puerta del baño, vecino a su habitación, lo arrastro, casi no puede moverse; a sus 82 años, los achaques y las terapias con radiación le han debilitado las piernas: “¡¡¡¡Apúrese hombre por lo que más quiera, qué nos cae la casa encima!!!!” - adormilado, se me hace que llevo a un niño taimado negándose a caminar... La tierra truena y todo vibra, las vigas de la casa de cerca de 100 años se estremecen, las paredes de adobe (barro y paja) habituales en las construcciones antiguas del Chile colonial en donde nos encontramos, se cimbran en este flan que ruge y que al parecer, imitando a un Boeing 747 quiere despegar en un carreteo infernal con cacareos de gallinas, aullar de perros enloquecidos, tejas de arcilla y polvo del cielo raso que caen, gente que grita... por fin salimos al aire fresco... En el horizonte, poco arriba se ve imponente, poderosa y en silencio la imagen del disco lunar, gigante, teñido de rojo...
Una escena sui-géneris, se difuminan los límites de las cosas en medio de tanto movimiento, es una nube de energía que late... seguramente la oscilación de campos electromagnéticos y campo gravitatorio afecta a nuestra “construcción de la realidad” en estos instantes (1)...
Subimos la colina pasando por mi casa, salimos a la calle 50 mts. arriba... la calle cubierta con niños, padres, madres, abuelos, quienes han vivenciado lo mismo que nosotros... se encienden los motores de algunos vehículos; es claro para todos que ha sido un terremoto y de los grandes.. casi un minuto o algo así de movimientos en un frenesí imparable han dejado en evidencia la magnitud del suceso... Subo a mi madre, a mi padre, a mi hermana y su hijo en un auto y éste a los 3 ó 4 minutos se dirige veloz montaña arriba, hacia la seguridad de las alturas.
Es seguro que viene un “tsunami”, vuelvo a mi casa, me visto; desde niño siempre dejo la ropa preparada para contingencias como éstas; nací en un país sísmico y desastres telúricos al por mayor... cierro las puertas de las casas, recojo algunos documentos, celulares, cargo mi mochila con éstos y vuelvo a la calle acompañado por Benjamín y R2 (Ar-Two), los poodles enanos de mis viejos... intercambio algunas ideas con los hombres que se preparan a ir monte arriba.
Tomo la calle y salimos a los campos a 10 mts. y luego a 13 mts. de altura... el estanque de agua potable se encuentra en los 12... se junta la gente que escapa buscando la seguridad.... encuentro a mis tíos setentones y ochentones largos... tomo a una mi tía y la ayudo, una marea humana que desafía jadeante la ley de gravedad... son las 03:35 o algo así de la madrugada de un ¿27? de febrero del 2010*
*: Escribo hoy desconectado de Internet, sin poder consultar datos oficiales y desfasado en el tiempo producto de los desastres y la pérdida de rutinas.
20 minutos es el tiempo para escapar
Llegamos a la cumbre del “potrero de don Nano”, uno de nuestros vecinos... Descansamos algunos minutos, que se transforman en algo así como un cuarto de hora; de pronto allá abajo en la playa comienza el segundo infierno... El mar se recoge imparable hacia el horizonte dirigiéndose en una correntada en dirección norte, diagonal a la línea costera en que se ubica el pueblo y a las tres calles largas del pueblo: la primera casi a nivel del mar un par de metros arriba, la segunda a 6 metros la tercera a 9... abajo de todo la playa, la costanera, los mercados de mariscos y el camping municipal; bosque y “humedal” que originalmente fue creado para proteger el pueblo del avance de las dunas, el neo-liberalismo y la corrupción funcionaria y política lo transformaron en “camping” que ha enriquecido a muchos con dineros ilícitos. Sin medidas de seguridad de ninguna clase, funciona aquí un acopiadero de gente que desea disfrutar del mar de cualquier manera y condiciones por un par de días, pagando cantidades exorbitantes e injustas por lo que les pertenece como ciudadanos; suelen provenir ellos de ardientes ciudades mediterráneas. En este último fin de semana de la temporada, el lugar sólo recibirá unos cientos de veraneantes, a diferencia de 15 días atrás en que se dice hubo más de tres mil personas, incluso se habla de 5.000... (2)
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