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El vino también llegó en barco. En las bodegas de las pesadas embarcaciones que trajeron a los primeros españoles a las costas americanas, embotellado, en toneles y en cepas envueltas en telas húmedas cuidadosamente protegidas del áspero viaje.
Asociado con la consagración de la misa, se sabe que las primeras uvas que luego lo producirían llegaron a nuestro territorio desde el Norte. Así, en 1543 las vides viajaron desde el Alto Perú a Salta y luego a Santiago del Estero. El vino y la vid formaron parte de la fundación de Mendoza en 1561 y lentamente fueron ganando territorio.
Desde entonces, nuestra provincia y el vino han estado asociados en distintas intensidades a lo largo de la historia. En una relación compleja, el vino no sólo ha servido para llenar las copas del brindis por el éxito político sino que en otras ocasiones la vitivinicultura mendocina ha sufrido los avatares de esa misma política que en años anteriores había sido celebrada a su merced.
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Tradición, economía e industria
“La vitivinicultura tiene una tradición colonial, llegó con los primeros colonos. El gran cambio vino con el desarrollo capitalista en el último tercio del siglo XIX que implicó un cambio tecnológico en la explotación del vino. Antes se producía vino para un mercado muy reducido de manera artesanal y el desarrollo capitalista implicó la conquista de un mercado nacional que estaba en formación y que era abastecido fundamentalmente por vinos de la cuenca del Mediterráneo, es decir, italianos, franceses y españoles, demandados por los inmigrantes que llegaban a nuestro país y que tenían el vino incorporado a su dieta”, explica Rodolfo Richard Jorba, investigador independiente del CONICET.
Esto implicó un gran desafío para las élites gobernantes de Mendoza y de San Juan: desarrollar una vitivinicultura que permitiera conquistar ese mercado nacional.
“Ese fue un objetivo perfectamente obtenido porque a partir de 1880 comenzaron a disminuir las importaciones de vinos europeos y a aumentar sustancialmente la producción nacional. Mendoza, en 1888 no llegaba a 60.000 hectolitros de vino y en 1910 estaba en casi tres millones de hectolitros. Se produjo un salto cuantitativo que requirió de un salto cualitativo en términos tecnológicos para atender a ese mercado interno en formación”, señala el doctor en Geografía especializado en temas asociados al vino mendocino y su entorno.
La vitivinicultura siguió evolucionando siempre como motor de la economía provincial y regional. “Formó cadenas productivas en la medida en que generó industrias inducidas por la actividad vitivinícola y derivadas como la fabricación de alcoholes y vinagres, la tonelería, varias actividades metalúrgicas que atendían la demanda de equipos de la vitivinicultura moderna. Pescarmona, por ejemplo, arranca en la primera década del siglo XX fabricando bajo licencia italiana equipos para bodegas”, agrega el docente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo.
Luego de la Primera Guerra Mundial hubo una evolución en el proceso de sustitución de importaciones, sobre todo en la década de 1930 con la Gran Depresión, que reforzaría algunas de las industrias que abastecían a la vitivinicultura. Y luego con el advenimiento del peronismo.
Richard Jorba explicita que “esas industrias llegaron inercialmente hasta la década del ´70 cuando empezó la apertura económica indiscriminada durante la dictadura militar que determinó la caída de esas industrias. Una emblemática, por ejemplo, era Franino. Actualmente hay una reindustrialización vinculada a la vitivinicultura, pero con capitales externos. Hay poca industria nacional en este ámbito”.
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Modernización y demanda
La primera modernización de la vitivinicultura a fines del siglo XIX se produjo en un contexto en que el vino era demandado fundamentalmente por los sectores populares, por los inmigrantes que venían al país a trabajar y demandaban un producto de bajo precio.
“Había una idea en la élite mendocina de producir vinos de calidad, como lo hizo Tiburcio Benegas en la bodega Trapiche pero fue un fenómeno muy puntual. El resto realizó una producción masiva de vinos de baja calidad y con precios accesibles. La acumulación de experiencias a lo largo del tiempo fue llevando a una maduración de la industria y a la aparición de demandas de mejores vinos. A lo largo de 70 años vamos a ver los llamados vinos “Reserva” que ya no existen, después los tipo “Turista” o las denominaciones genéricas de “vino fino” que van mejorando en franjas muy pequeñas porque hasta la actualidad sólo el 5% o 6% de los vinos que se producen son de calidad”, destaca el investigador.
Richard Jorba amplía: “El resto son vinos masivos y eso se han mantenido en el tiempo. Ese vino masivo está orientado a un mercado nacional que disminuye y que va siendo reemplazado por otro tipo de bebidas como la cerveza y las gaseosas. Ahí ha hay disminución constante en el mercado nacional de consumo per capita de vino. Hubo años de casi 60 litros por habitante por año y estamos con suerte en 30 litros por habitante por año”
Y opina que “sí ha cambiado la composición de la demanda que busca vinos de mejor calidad en distintos niveles, ya sea Premium, los más caros, hasta vinos de 10 pesos la botella”.
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Políticas de Estado
El desarrollo capitalista de fines del siglo XIX fue emprendido por una élite liberal que sin embargo adoptó políticas de promoción de la actividad vitícola. “Eran políticas muy modernas para la época, estamos hablando de 1881, porque supusieron la exención de impuestos provinciales por períodos que iban inicialmente a diez años y luego se redujeron cinco para todas las plantaciones de viñedos que se hicieran en escala productiva capitalista. Es decir, plantaciones con alta densidad de plantas por hectárea y con sistemas de conducción modernos, la viña en espaldero. Esa fue una política muy exitosa”, apostilla el especialista.
Pero la explosión de plantación de viñedos comienza con la llegada del ferrocarril en 1885. “Entre 1881 y 1885 se habían plantado sólo 174 héctareas de viñedos modernos con esta promoción fiscal. De 1885 en adelante empezaron a plantarse viñedos en promedios superiores a las 1.000 hectáreas por año, de manera tal que para 1900 había 17.000 hectáreas de viñas cultivadas con promoción fiscal. Y esa promoción fiscal significó unas 3.400 nuevas explotaciones vitícolas”, detalla Richard Jorba.
“En poco más de 20 años nacieron 3.400 fincas vitícolas en un proceso de democratización de la tierra porque el 67% de las explotaciones tenían menos de siete hectáreas y también hubo una gran acumulación de tierras vitícolas por parte de 30 grupos familiares de la élite criolla, que finalmente terminaron en manos de productores de origen inmigrante. Por ejemplo, los Tomba, los Arizu. Los criollos fueron desapareciendo junto al poder político que perdieron al perder el poder económico hacia la década de 1910”, analiza.
En 1918 con el primer gobierno radical de José Néstor Lencinas se acabó la hegemonía conservadora. En ese sentido la vitivinicultura jugó un papel importante en la democratización de la sociedad.
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Prohibido plantar viñas
La exención fiscal terminó en 1902 porque ya después la implantación de nuevos viñedos tenía un empuje inercial y era la actividad predominante y la gente empezó a invertir.
“Hubo un salto enorme”, explica el investigador. “Si en 1900 teníamos 20.000 hectáreas de viñedos, entre los que venían de tradición colonial y los nuevos, en 1914 había 70.000 hectáreas de viñedos. Y eso siguió hasta la década del ´30 en que por exceso de vino se creó la Junta Reguladora de Vinos que erradicó 17.000 hectáreas de viñedos en Mendoza para reducir la oferta y equilibrarla con la demanda para que no cayeran los precios del vino”, detalla Richard Jorba.
Entonces se derramó vino y se erradicaron viñedos. Para el especialista, “fue toda una paradoja porque el Estado provincial había promovido con la exención de impuestos la plantación de viñedos con un costo fiscal importante y el mismo Estado, pero esta vez nacional, erradicó esa misma cantidad de hectáreas en la década del ´30.
Estuvo prohibido plantar viñas hasta 1944. “Recién a partir de 1945 comienza la autorización de nuevos viñedos porque con las políticas del gobierno militar del año ´43 y sobre todo con las políticas del peronismo que son distribucionistas, elevan el nivel de ingresos de los sectores populares y de amplía la clase media, aumenta la demanda de vino y sube el precio porque no había suficiente superficie cultivada y se vuelve a autorizar la implantación de nuevos viñedos buscando bajar el precio del vino”, destaca el investigador.
A diferencia de la primera modernización de fines del Siglo XIX donde todo era empírico y había una confluencia de tecnologías que portaban cada uno de los inmigrantes que llegaban Mendoza, hasta que la Escuela de Agricultura, luego el Liceo Agrícola y Enológico, la Facultad de Enología de Don Bosco y de la Ciencias Agrarias, empezaron a formar enólogos.
“Gracias a este recurso fue posible el cambio cualitativo de la segunda modernización de los años ´90 y paradójicamente fue positiva para Mendoza a diferencia de otros sectores económicos del país que se vieron muy afectados por la apertura indiscriminada de la economía”, subraya el especialista.
Políticas de Estado y peronismo
Los bodegueros siempre han tenido peso político, “aún en períodos peronistas que estuvo muy enfrentado con el sector agrario”, señala Richard Jorba. “Sobre todo con el primer peronismo que le puso precios máximos al vino, los bodegueros decían que estaban trabajando a pérdida. No creo que haya sido tan así pero sí que se les redujo considerablemente la rentabilidad porque el peronismo consideró al vino común de mesa como un bien básico de consumo popular y les fijó precios máximos. Pero aún así tuvieron la suficiente influencia como para conseguir muy buenos créditos oficiales para pagar aumentos de sueldos y jubilaciones- El Banco Nación y el Banco Crédito Industrial dio durante el gobierno peronista créditos abundantes por lo menos a las principales bodegas de Mendoza y San Juan”.
Hasta la llegada del menemismo, todas las políticas de Estado buscaron controlar la oferta para evitar la caída de los precios; se hizo de muchas maneras, con establecimiento de cupos, con subsidios, precios sostén para la uva.
“El menemismo liberó todas esas regulaciones y entonces hubo ganadores y perdedores. Los ganadores son los que producen uva para mosto y las bodegas que elaboran vinos de alta calidad y logran exportar. Y los perdedores son los que siguen fabricando vinos comunes masivos porque el mercado ha cambiado su demanda y cada vez se demanda menos vino”, argumenta Richard Jorba.
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