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A unos pocos días de haber sobrevolado la ciudad, que desde lo alto se trasformaba en una maqueta, y de apreciar las rugosidad de la cadena de sierras que dan vida a los complejos turísticos, las imágenes que conservo de este tercer vuelo –los primeros dos los hice en un vuelo comercial a Buenos Aires, pero puedo asegurar que muy lejos está aquella experiencia de esta-, parecen surgidas de un estado de ensueño.
Más bien, lo que conservo como algo surgido entre el sueño y la vigilia es la sensación de la experiencia. Es tan extraordinaria la sensación de volar en una avioneta de pequeño porte, que definitivamente queda fuera de lo cotidiano, “es comparable a nada que pueda ocurrir acá abajo”.
La invitación
La invitación llegó por teléfono el viernes pasado de un lector y amigo personal –su nombre: Roberto Orofino-, quien no me dejó tiempo a pensarlo. Era contestar por sí o por no en el momento, puesto que Roberto vendría con su novia Valeria y su hermano Benjamín, y claro que, desde el Aeroclub San Rafael, esperaban la confirmación de cuántos iríamos.
“Si, ya fue…voy”, le dije a Roberto. Al cortar la comunicación, pensé en la idiotez que había dicho, por la simple razón de conocer mis propios miedos y porque sabía que estaría desde ese mismo momento pensando y sacando cuentas de cuantos aviones he visto por TV que terminaron en una tragedia.
La llegada al Aeroclub
Llegamos a la hora que habíamos acordado: 10 y media de la mañana del sábado. Roberto venía comentando camino al Aeroclub que el piloto que nos llevaría –a quien conoció cuando averiguó los precios del viaje-, casualmente se parecía a Enrique Piñeyro –sí, el famoso ex-piloto que escribió y dirigió aquella película que trataba de la historia previa al accidente del Boeing 737 de LAPA-.

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Sin embargo, cualquier avión del Aeroclub está abierto y al servicio de la comunidad, comenta Marcelo. Las personas pueden elegir su propio recorrido o contratar el servicio para una ocasión determinada. E incluso, estas aeronaves han realizado traslados sanitarios, participado en búsqueda de personas y han efectuado patrullajes forestales.
La capacidad de las aeronaves van de tres a cuatro personas -incluído el piloto-, por lo que, a lo que se refiere a nuestra visita, tuvimos que dividirnos en dos. Benjamín y yo decidimos subir primero. La nave la comandó el joven piloto Franco Deotto, quien el primero de Mayo del año pasado consiguió el título de Piloto Privado y hace tan sólo 7 meses logró la habilitación para trasportar pasajeros.
Al mando de este principiante pero no por menos seguro piloto, Benjamín y yo vivimos esta gran experiencia.
El vuelo
La avioneta carreteó o poca velocidad, hasta ubicarnos al inicio de la pista. Allí Franco puso el freno de mano, sacó un manual, e inició el chequeo del motor que apenas duró unos minutos, mientras mi ansiedad por despegar aumentaba.
Esta es la lista de lo que el piloto verificó antes de tomar vuelo, o mejor, la lista de lo que apenas pude entender:
1. Magnetos: es un generador de corriente diseñado para generar un voltaje suficiente para hacer saltar una chispa en las bujías, y así provocar la ignición de los gases comprimidos en un motor de combustión interna.
2. RPM: (revoluciones por minuto) se verifica que la potencia del motor sea la adecuada.
3. Aire caliente al motor: por si existe algún congelamiento del combustible durante el vuelo.
4. Corte en la mezcla de combustible: se verifica que el dispositivo que suministra el combustible funcione adecuadamente.
5. Corte de magnetos: se verifica que el dispositivo que interrumpe la energía funciones correctamente.
6. Indicadores de motor: es decir, todas esas agujas que marcan la presión de aceite, la temperatura, el combustible, y cuanto otro líquido necesite el motor del avión.
Cuando estaba todo listo y antes de acelerar, Franco se comunicó con la torre de control, y pidio la autorización para el despegue. La voz de una mujer se escuchó del otro de la radio y la avioneta tomó velocidad y se elevó justo frente a los hangares del Aeroclub.
Ni bien tomamos vuelo hicimos un giro para cruzar de punta a punta la ciudad de San Rafael. Una sensación extraña en el estómago no me dejó hasta que aterrizamos. No se si se debía a una causa fisiológica o al miedo que sentí desde que despegamos. Franco preguntó a los 2 minutos de vuelo: “¿se sienten bien?, sino pegamos la vuelta”. La verdad es que, al menos yo, tuve ganas de decir que ya era suficiente, pero los dos, tiesos como vigas, contestamos que estábamos bárbaro.
Luego de atravesar la ciudad nos dirigimos hacia las sierras. Fue más que interesante ver a vuelo de pájaro el relieve irregular del terreno. A esa escala, uno puede apreciar cómo la erosión del agua dibuja cientos de ramificaciones y quebradas que responden a la lógica caótica que sigue un torrente al bajar con furia desde lo alto de los cerros.
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Y hay algo más que se puede sentir al sobrevolar las sierras, aunque no tan agradable como ver aquel paisaje: el movimiento de la avioneta al atravesar un “pozo de aire”. En esta maquinita, igual de maravillosa que el avión más grande y moderno del mundo, sí que se sienten. Allí en la pequeña cabina a unos 800 metros del suelo, Franco explica: “el terreno irregular es un facto más que incide en la densidad del aire, el avión se desestabiliza con mayor frecuencia por las diferencias en la densidad de la maza de aire. En esta situación, la hélice de la avioneta que permanece como `agarrada´ al aire, de pronto, con este cambio de consistencia y consiguiente pérdida de firmeza, por decirlo de alguna manera, el avión queda sin elemento firme donde amarrarse”.
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Y bueno, como no hay explicación que calme esta sensación, continuamos el viaje. Al llegar al embalse de Valle Grande, Franco nos pregunta si queremos sobrevolar el espejo de agua, pero nos advierte también que de hacerlo, la avioneta se desestabilizará más aún. Benjamín y yo no dudamos en decir que preferíamos rodear el lago para evitar torturarnos con lo movimientos que zamarreaban la avioneta, aunque a pesar de ser un tanto molestos no dejaban de ser menos excitantes. Así fue que volamos por la periferia del lago Valle Grande y nos dirigimos hacia el embalse de Los Reyunos.
Durante aquel tramo vivimos otra experiencia. En un momento el sonido constante de la hélice girando a toda velocidad se escuchó de otra manera, al mismo tiemo que tuve la sensación de que subíamos otra vez. Franco de pronto que comenzó a chequear con particular atención el instrumental del avión, alarmado no demoré en regurgitar una nueva pregunta: ¿qué está pasando?.
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Efectivamente estábamos en ascenso, pero no por voluntad de nuestro piloto, sino porque habíamos ingresado en una corriente de aire ascendente que hizo que la avioneta se elevara abruptamente. Franco me explicó algo que hoy ya no puedo trasmitir, pero lo cierto fue que el altímetro –el instrumental indicador de altura-, estaba algo así como “descontrolado” y no supimos, hasta tanto no llegar al aeropuerto, a qué altura habíamos llegado en aquel ascenso. Una vez en tierra, hizo el cálculo y nos informó habíamos ascendido hasta unos 1400 metros del suelo.
La vuelta y el aterrizaje
Tras esa pequeña odisea, costeamos el lago Los Reyunos y regresamos. Luego de sobrevolar la Villa 25 de Mayo, nuestro piloto inició el descenso de manera gradual, para no estar obligado a tener que hacerlo abruptamente. En este tramo Franco me ofreció tomar el comando de vuelo (sí, el mismísimo volante del avión). Así me di el lujo de maniobrar por unos segundos la aeronave, y de sentir cómo apenas uno toca los pedales y timonea el comando, el avión responde de inmediato.
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Luego, cuando teníamos ya la pista frente a la cabina, Franco apagó el motor e hizo planear la aeronave. Cuando se planea, explicó el piloto, que de acuerdo la presión atmosférica promedio en San Rafael, puede calcularse que una aeronave cada once metros recorridos desciende uno.
El aterrizaje fue todo un placer. El joven piloto, una vez que la avioneta tocó suelo y carreteábamos hacia los hangares, tomó la radio y agradeció la ayuda a la operadora de la torre de control. Nuestro turno había acabado. Fueron 45 minutos de una sensación apenas explicable con palabras.
El viejo sueño de los hombre por volar, se acerca más a esta experiencia de tripular una avioneta de pequeño porte, a la de sentarse en una cómoda butaca de una aeronave comercial.