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En medio de una cultura del éxito relacionado con la belleza y la juventud eterna, hay quien sostiene que la Organización Mundial de la Salud sostiene que la obesidad mata más gente en el mundo que el tabaco.
Y los que no mueren, se vienen a pique, lentamente y sin querer contarlo.
Los obesos mórbidos son vistos como seres indeseables, sus parejas se vienen a pique tanto como sus autoestimas; la sociedad en la que viven no los tiene en cuenta; sus relaciones con la naturaleza son nulas y su vida sexual es inexistente, porque nadie quiere hacer el amor –o coger, al menos– con una gorda o un gordo. Bueno, casi nadie, pero éste es otro tema...
Las obras sociales los consideran enemigos: cuando quieren hablar del por qué no atienden como debieran a los enfermos de obesidad mórbida hablan de estos tratamientos producen catástrofes en sus fondos y se ejercitan en la gambeta a lo que la ley ordena.
Aquí, un puñado de historias mendocinas, historias grosas, casi groseras. Léanlas y, por favor, disculpen los excesos:
1) La Gorda Felisa
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Felisa era dos felisas; dos en una como esa mezcla de champú y crema de enjuague o esos sobrecitos en los que viene el café con la leche.
Felisa no entraba en un espejo, ni en una butaca de cine o de micro y se movía con menos eficacia que un caracol de cera. Pesaba 140 kilos y se mentía 140 veces por día: cada vez que comía. Felisa andaba cargando diez garrafas por las calles de su infortunio. Caminar era un suplicio y apoyaba en un bastón todo el peso de su vida.
Felisa tenía un estómago diez veces más grande que el que tiene ahora, que come diez veces menos y disfruta igual. ¿Qué le van a contar de qué se trata este asunto de obesidad mórbida? Ahora, tiene 70 kilos menos y dirige la Fundación GAOM (Grupo de Apoyo al Obeso Mórbido). Es viuda y quiere destinar su hermosa casa a actividades. Y para hacerlo necesita recursos –dinero, partidas, subsidios, billetes, ya saben–. Este es su número por si un funcionario o un empresario se interesan: 153617448. Y éste su mail: fundaciongaom@speedy.com.ar.
Luego de infinitos esfuerzos, Felisa bajó 70 kilos. Sin embargo, ahora se da cuenta de que es más fácil bajar esa cantidad de garrafas que conseguir apoyo oficial y privado para llevar adelante una obra ejemplar y absolutamente necesaria.
Su casa, desde que enviudó, es muy grande para ella sola.
2) La mujer policía
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Resulta que hay una mujer policía y que suponemos que se llama Sara. Resulta que, a causa de su obesidad, a Sara no le entra ni el chaleco antibalas. ¿Qué hacemos con ella? Anda con bastón a través de sus días, se le hinchan los pies como a una embarazada perpetua y resulta más que obvio que no puede perseguir a nadie.
Tampoco puede Sara escaparse de sí misma.
Sara está enferma, esta es la verdad. Y necesita un tratamiento eficaz y urgente. Y es único sostén de su hogar, porque los gordos, los viejos y los barcos que se hunden, sabrán ustedes, son los primeros en ser abandonados. Los que saben del tema son definitivos: “Lo peor que le puede pasar a un gordo es tener a la OSEP como obra social. El maltrato es permanente”.
Así las cosas, ¿qué hacemos con ella, entonces? ¿La echamos de la fuerza por no estar en condiciones de atrapar ladrones? ¿Y qué hacemos con la gran cantidad de gordos que hay en la fuerza policial? Mientras decidimos qué hacemos, dejaremos a Sara estacionada atrás de un escritorio.
La mujer policía que debiera encerrar maleantes, está presa en solitario de su ancho destino.
3) La maldita obra social
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Los tipos de las obras sociales son tan cretinos con los gordos que la mejor manera que encuentran para no hacerse cargo de los tratamientos es herir la autoestima –ya malherida– de los pacientes.
Por eso, suelen decirles que la obesidad “no es una enfermedad” o que las obras sociales “no se ocupan de tratamientos de cirugía estética” y, en otros casos, directamente que “no hay que comer tanto”.
Nada más sencillo y patético que herir a un obeso mórbido. Y nada más común en las obras sociales que escaparle al bulto de la asunción de responsabilidades. Escuchemos un caso, el de Liliana: “Mirá, a mi OSDE me tuvo meses y meses dando vuelta para realizarme una operación. De pronto, me citaron de un día para otro para operarme, ¡y había un solo médico! Y lo que es peor, no hubo ningún proceso previo. Tuve que recurrir a la Justicia”, nos cuenta el paciente “AR”.
Esa vez, la Justicia fue eficaz: “Un juez terminó pidiendo prisión para una gerente de OSDE si no me operaban prontamente y con las debidas condiciones del caso”.
4) M’hijo el dotor
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Los médicos son seres curiosos. Semejante a los abogados, cometen un pecado fundacional que denigra profundamente sus profesiones: se hacen llamar doctores, cuando –salvo contadísima excepciones– no lo son.
“¿Buen día, cómo le va, doctor?”, así les gusta que lo saluden a los tipos, cuando llegan incluso a una carnicería o entran al baño de una cancha de fútbol. Después, para cubrirse de un halo de misterio casi chamánico, escriben como el orto las recetas, para que uno no entienda lo que dicen y relacionan la salud con la limpieza y juegan a tener todas las respuestas para todas las preguntas y nunca aceptan tu dinero sino a través de sus secretarias.
Obviamente, no todos los médicos son así, pero en este día de historias groseras no es intención ser fino ni preciso, sino todo lo contrario. Y que sepan disculpar los médicos con un mayor sentido de su responsabilidad social. Al fin y al cabo, vaya uno a saber cómo, cuando estás enfermo los tipos te enchufan aparatos y te dan un par de pepas y te terminan curando.
Vamos al grano: si sos gordo y querés hacerte un bypass gástrico a cargo de doctores en forma privada, tenés que ser rico, pues te facturan unos 40.000 mangos por la intervención. “Si vas a Cormillot, te cobra muchísimo más, porque es famoso”, nos suelta una señora obesa que pidió presupuesto y se volvió a su casa.
5) Mi señorita maestra, la gorda:
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Si se cierto que la docencia es una vocación, pues diremos que Patricia tiene vocación docente. Para ella, los osos mimosos, las sumas de manzanas y los dibujos de las mañanas soleadas lo han sido todo.
Luego de atravesar Patricia con infinito amor sus muchos años como docente al frente del aula, no se le ocurrió mejor cosa que ganar un concurso en el Estado para convertirse en directora, pero no la dejan asumir.
¡Ah!, olvidábamos un detalle: Patricia es gorda. Gorda como una campana de iglesia; gorda como la cintura de un huevo; gorda como una ballena embarazada; gorda como una rosa reflejada en el agua.
Así el asunto, nos cuentan que las disposiciones de la Dirección General de Escuelas impiden a un obeso mórbido acceder a ese cargo. Y no hablamos de una escuela privada, donde sus dueños suelen hacer lo que se les antoja en nombre de la supuesta libertad de empresa, mientras sus “empresas escolares” son fuertemente subsidiadas por el Gobierno Provincial; hablamos, claro está, de una escuela pública.
- Si querés ser directora, Patricia, bajá 50 kilos.
Mírenla a Patricia: hoy está tan cansada del mundo que ni hambre tiene y eligió quedarse dormida frente a la tele que le paga con un capítulo de “Valientes”.