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Pocas veces uno tiene la ocasión de mirar pasar la historia desde un sitio privilegiado. Hace poco, cuando se desplomaron las Torres Gemelas, el mundo entero tuvo esa ocasión. No obstante, la historia a veces viste un traje de cercanía, habla de lo que nos pasa de manera más íntima, casi intrahistórica, cotidiana, y entonces la llamamos la “historia de Mendoza”, por ejemplo. A veces, esta historia íntima nos ofrece una porción del escenario para actuar con ella y después vivir para contarlo.
A mí, como a muchos, me ocurrió una vez y en ese momento no me di cuenta, por lo cual viví la experiencia con una naturalidad especialmente nutritiva. Digámoslo así: a comienzos de 1985, yo aún vivía con mis viejos en el pecho mismo de Villa Marini, atrás del hospital El Carmen, donde aún ellos viven. Aquel era entonces para mí un territorio de épicas muy físicas, de guapos, de potreros y zanjones con cañaverales, de fútbol, volantines, almacenes y de morochas generosas, más ricas que comer pollo con la mano.
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El 26 de enero de 1985, a las 0:08, mi barrio se convirtió además en el epicentro de un terremoto. Cuando comenzó el temblor, con mi familia salimos al patio y calculamos el lugar exacto para que una pared no se nos cayera encima y nos quedamos paralizados oyendo cómo la tierra gemía desde el fondo.
Ninguna pared cayó y nuestra casa, gracias a la insistencia de mi viejo de poner el doble del hierro necesario, tampoco se vino a pique. Cuando salimos a la vereda, todos los vecinos estaban en la calle, atónitos, medio desnudos, despeinados. A pesar de la bravura del sismo, ninguna casa, casi ninguna, se había venido a pique: estaban más bien rajadas, quebradas, destartaladas, sumamente dañadas, pero de pie, como un guerrero anciano en agonía. De haber durado unos segundos más, otra hubiese sido la suerte de mis vecinos.
Miraba alrededor y veía que nada había cambiado en lo aparente, pero lo cierto es que el barrio estaba quebrado en mil pedazos, como una copa de cristal caída desde el puño de un dios ebrio.
De aquel terremoto tengo muchas imágenes imborrables y, esta vez, soltaré dos para conjurar los demonios del caso. Una se dio la noche siguiente, cuando con los vecinos organizamos una cena a la canasta en plena calle, donde casi todos ya estaban instalados en carpas: la mesa resultó ser enorme y brindamos solamente por el hecho de estar vivos. Jamás volvimos a repetir una cena semejante, por la sencilla razón de que jamás hubo otro terremoto en el barrio.
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La otra imagen es más dulce: al amanecer, caminando yo entre las carpas donde dormían decenas y decenas de familias, sentir la queja del despertador de un obrero, llamándolo a trabajar, porque el mundo puede venirse a pique, hermano, pero al laburo hay que cuidarlo más allá de cualquier catástrofe.
No tardaron mucho en llegar las carpas azules que enviaron desde Estados Unidos y muchos de mis vecinos fueron a vivir a un campamento que se instaló en un gran predio, atrás del ex Matadero Municipal. Sara, mi dulce novia de entonces, debió trasladarse a ese lugar junto a su padre, albañil el hombre, constructor de casas siempre ajenas, vigoroso en su silencio y con las manos injustamente vacías.
Por entonces, con un grupo de amigos, Sara y yo suscribíamos a la Teología de la Liberación, hacíamos trabajo social en las villas, leíamos el “Evangelio en Solentiname” de Ernesto Cardenal y soñábamos con una iglesia católica de Cristo, pero de un Cristo de verdad –comprometido socialmente, rebelde, solidario, revolucionario–, tal como lo exigía el Concilio Vaticano II, mientras la Iglesia, por su lado, tiraba a la basura ese documento tan valioso y ocultaba con cinismos los tremendos pecados cometidos durante la dictadura.
Cuando se conoció la noticia del terremoto en Mendoza, nos pusimos a trabajar codo a codo junto a los chicos de Acción Católica de Fátima. Prácticamente, no dormimos durante una semana, porque era mucha la tarea y enorme nuestro entusiasmo. Recuerdo que fui elegido para administrar las toneladas y toneladas de donaciones que llegaban a Fátima y recuerdo cómo organizamos la red de asistencia para cada barrio y la dedicación, el recelo y el honor con que llevamos a cabo esta labor.
En medio de tanto frenesí, no tardó mucho en surgir el mito: en realidad, el terremoto se produjo por la caída de un misil norteamericano ahí cerquita, en la zona de los cerros, el lugar adonde habitualmente íbamos a correr, a tirar con la honda, a bañarnos en el zanjón, a hacer cebaderos para intentar cazar algún sietecuchillos o un zorzal negro.
¡Un misil nos nockeó el barrio y devastó "nuestro" campo! ¿Y qué hicimos nosotros, los marrones, simples leprosos y tombinos, casi inofensivos, intrascendentes en el devenir universal, para que Estados Unidos tuvieran a bien elegirnos como víctimas?
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Ahora, veinticinco años después, imposible no volver atrás al leer las decenas de comentarios de lectores de nuestros diario al respecto, en una nota que hace referencia al supuesto misil.
Transcribo algunos:
* “Militares conocidos me contaron que ese día hubo movimiento militar en la zona de Papagayos".
* “Muchachos investiguen. Conozco gente que vio el fogonazo en la zona de Pampa de los Ñangos, como así también una columna de móviles del ejército estadounidense, que estuvo en el lugar realizando estudios”.
* “Fue el HAARP. Lo del proyecto HAARP existe y no hay dudas de eso. Me alegra que al fin se lo relacione con nuestro terremoto. La verdad lo del misil me parece una pelot... Si era un misil Mendoza ya no existiría pero lo del HAARP tiene mucho más sentido. Por eso, las luces, los movimientos militares, el sismo, las réplicas... Espero que alguien refute mi pensamiento, no me gustaría saber que los yankis nos tienen "en cuenta". Dicen que lo de Haití fue una prueba, el verdadero se viene en Irán para derrocar al Islam”.
* “Las luces son parte del terremoto, al deformarse las rocas por la intensa presión se generan inmensas cargas eléctricas, que, al producirse la ruptura de la falla, se descargan, pudiendo producir esas luces y rayos. Es el efecto piezoeléctrico, exactamente como funciona un Magiclick, a la escala de la naturaleza”.
* “Dale, sigan agrandando. Muy linda toda la teoría de conspiración, pero, quién ocasionaba los terremotos antes de que EE.UU fuera superpotencia? Y si estos terremotos son generados por armas, por qué no rompen con lo que los modelos e historia sismológica marcan? Por qué no vemos terremotos en Buenos Aires? El terremoto de Lisboa en 1755 que causó 60000 muertos lo hizo EEUU? ¿Y el de San Francisco en 1906, el de Rodas que destruyo la estatua del Coloso en el 220 a.c.? ¿O china en 1556, con 800 mil muertos? Si haber (supuestamente) visto unas luces y unos camiones los hace creer que el terremoto fue hecho por el hombre, tengo un buzón rojo muy bonito para venderles”.
* “Predisposición al bolazo. Acá hay gente que le encanta sostener fantasías ¿Qué hay entonces de las réplicas del terremoto del 85? ¿Qué hay de "los militares" que trabajaron en Papagayos al día de hoy? ¿Un pacto secreto? ¿No hay nadie de Plumerillo que después de tanto tiempo hable de un supuesto Hércules? ¿No habrá sido un terremoto? Felicitaciones MDZ. Son buenísimos los mitos urbanos. Ahora este mismo se ha actualizado para Haití (genial)”.
* “¿Y el Hércules? El terremoto ocurrió cerca de medianoche, al otro día a la madrugada, había un Hércules de EE.UU en El Plumerillo. ¡Qué humanitarios!, ¿no?".
Fue increíble. De pronto, de un día para otro, como una isla griega, un mar del Norte o un valle incaico, mi barrio se había convertido en un sitio apto para el mito y sus relatos que atraviesan el tiempo .
No era para menos: vivíamos en el epicentro del terremoto. No tardamos mucho en ir a recorrer la zona del supuesto impacto. Recorrimos poco y no vimos nada, pero esto es lo de menos, pues la leyenda del misil ya se sostenía por sí misma y lo peor para una leyenda es intentar desnudarla.
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Ahora resulta que en Haití ha ocurrido algo semejante: tras la tragedia, el mito tiende otra vez a relacionar a Estados Unidos con el daño masivo a un país (por algo será, boys and girls, pues, a pesar de que son un país joven, bastante daño masivo han hecho ya por el mundo). “¡El terremoto en Haití fue provocado!”, dice el correo, que aquí, en nota relacionada, puede leerse.
1985, un misil yankee me dejó sin barrio; tragedia que sólo el estatal Banco Hipotecario de entonces pudo hacer retroceder.
¿Saben qué? A mí, en particular, no me importa si es verdad o mentira el asunto este del misil. Me interesa, me seduce y subyuga, esa fuerza colectiva que lleva a esta raza al borde del abismo a fabricarse mitos, dioses, salmos, patriarcas y cosmogonías; una fuerza interna, indomable, más poderosa que un racimo de dioses, que brota del pulso mismo de la humanidad y se levanta amenazante y llena de esperanza. Una fuerza ciega que no muere, la divinidad. Una fuerza, la divinidad, que no engaña con la promesa de un paraíso. Una fuerza, la divinidad, ancestral y primigenia que parece un terremoto.