24 de Enero de 2010 |00:20
La guerra del vino que puso en jaque a las bodegas mendocinas
 
El vino de exportación, una de las joyas mendocinas.
 
La presencia de natamicina en vinos exportados a Alemania, una sustancia no permitida, puso en riesgo un negocio varias veces millonario. Y obliga a cambiar ya las prácticas enológicas. Una historia de presiones, lobby, y competencia feroz.
La noticia empezó a circular de a poco en algunos sitios alemanes especializados, y en otros de relativa difusión pública. Fue leve, pero sirvió para activar las alarmas de catástrofe al máximo y poner a la industria del vino en estado de alerta, con algunas dosis de exageración, y la tendencia bodeguera a mirar más la paja en el ojo ajeno, que en el propio. Vinos argentinos exportados a Alemania, entre ellos los de al menos ocho bodegas “top”, las que exportan vinos premium; contenían restos de natamicina, una sustancia fungicida y antibiótica que se usa en algunas ramas de la industria alimentaria aunque no está permitida para el vino, y que no es tóxica; aunque puede generar otro tipo de perjuicios para la salud, como neutralizar anticuerpos a determinadas infecciones si se consume en exceso. La consecuencia: desde noviembre, varias partidas de vinos argentinos, la mayoría mendocinos, se quedaron sin ingresar al mercado alemán, el mayor importador europeo, que consume nuestros vinos por unos siete millones de dólares al año (el 1,7 % del total de exportaciones de vino mendocino en botella) según cifras oficiales de Promendoza, una porción –sin embargo- ínfima del total de las importaciones alemanas de vino. Según el instituto vitivinícola alemán (Deutsches Weininstitut e.V.) el porcentaje que representan las importaciones de vinos argentinos sobre el total de las importaciones alemanas de la bebida son del 0,45% en cuanto al valor y 0,43% en cuanto al volumen para el año 2007, y 0,57% y 0,53% respectivamente para 2008. Aún no se conocen los datos de 2009.

Podrá argumentarse que se trata de cifras y cantidades menores aun considerando que pudieran ser extraoficialmente mayores, comparadas con el volumen de vino mendocino en el exterior. Pero en este caso el temor de la industria es el “efecto contagio”, o algún brote protectivo irracional –dicen las bodegas-, y que otros países empiecen a mirar con demasiado detenimiento las botellas argentinas que los importadores reciben en los contenedores que cruzan el Atlántico. Ello podría poner en riesgo las exportaciones. En 2008, Mendoza exportó vinos en envases menores a dos litros (categoría en la que ingresan los premium) a todo el mundo por poco más de 456 millones de dólares, según los datos de Promendoza. Bonita cifra como para que esté en juego ¿verdad?

La historia

Detrás de esta cadena de hechos hay una historia muy compleja que iremos desgranando de a poco, y que incluye desde sordas batallas comerciales entre laboratorios, sospechas de prácticas no permitidas, “internas” entre las bodegas locales (a una que promociona su vino como ‘libre de natamicina’ la van a sumariar y sancionar en al menos dos entidades que las agrupan), hasta el debate sobre el uso de ciertos aditivos en el vino. Y el aprovechamiento sistemático de la situación por parte de competidores de las bodegas argentinas, quienes podrían haber sido los “voceros” que les dieron a los alemanes el dato sobre el uso de natamicina en alguna fase del proceso del vino. Precisamente, nuestro país fue el único que creció en exportaciones –un 9 %, aproximadamente- en 2009, el año de la crisis. Y para los bodegueros no es casual que medios alemanes, españoles y chilenos hayan difundido la información de manera viral y con inexactitudes graves en algunos casos, en perjuicio de la “industria madre” de los mendocinos, que –como se ve- tiene que completar sus deberes en serio porque hay bodegas que están en falta. Digamos que la competencia intentó capitalizar la oportunidad.

Así, ciento veinte mil botellas de vino de ocho bodegas mendocinas fueron retiradas del mercado alemán, según informó a la agencia alemana DPA el ministro de Defensa del Consumidor del Estado federado de Baden-Württemberg, Peter Hauk. “No es tóxico pero no tiene por qué estar en una botella de vino” advirtió el funcionario el 13 de enero pasado, cuando por segunda vez se detectó el funguicida en vinos argentinos. La ocasión anterior había ocurrido en noviembre. Y volverá a suceder, porque hay botellas sin analizar en el mercado. La investigación oficial del estado Renania-Palatinado fue la que dio la voz de alerta al resto, cuando encontró a fines del año pasado trazas del funguicida en 21 vinos argentinos. Y aquí hay que agregar un dato importante. En Alemania se hacen pruebas de natamicina a los vinos que ellos producen de manera regular. Y si los análisis dan positivo, esos vinos se destruyen. Jamás se devuelven al productor.

Sin embargo, no todo es tan rutinario. En noviembre, Alemania cambió el equipo con que se medía la detección de natamicina, y de una sensibilidad de una parte en un millón, se pasó a una detección de una parte en un billón, lo que comenzó a arrojar las muestras positivas. Por eso, el INV debió salir a comprar un equipo similar, un cromatógrafo de alta perfomamce (HPLC High Perfomance Liquid Chromatography o cromatografía líquida de alta eficacia), que costó medio millón de dólares, y que llevará aproximadamente tres meses calibrar y poner en régimen de funcionamiento. Mientras tanto, las detecciones de natamicina que se harán en la Argentina estarán a cargo del Centro Investigador y Asistencia Técnica a la Industria Agroalimentaria que está ubicado en Villa Regina, pleno corazón del Alto Valle de Río Negro, un centro científico de alta calidad.

Otra parte de esta historia es el manejo de la información. La industria reaccionó rápido, e incluso los medios mendocinos que se hicieron eco de la noticia en un primer momento, el día en que el Dakar pasaba por Mendoza y los ojos del mundo estaban aquí, rápidamente viraron para reflejar la posición de las bodegas que estaban a la defensiva. Tan así, que uno de los diarios importantes de Mendoza dijo que el bloqueo alemán se debió a “diferencias técnicas”, cuando en realidad la sustancia hallada en los vinos, claramente, no está permitida en la Unión Europea. Además, tanto las bodegas como el Instituto Nacional de Vitivinicultura tienden a barrer bajo la alfombra cualquier irregularidad que se pudiese producir, con la creencia de que así protegen el negocio del vino, aun sabiendo que el ocultamiento beneficia –finalmente- a quienes realizan malas prácticas enológicas, y castiga a quienes hacen las cosas bien.

Vaya una anécdota que confirma este dato. Cuando quien firma esta nota comenzó a hacer averiguaciones entre bodegueros y comunicadores de las bodegas, justamente el día en que la información se conoció en la Argentina, casi todos los celulares estaban apagados o no respondían, al menos para parte del periodismo. La “devolución” de las llamadas vino varias horas después, ya de noche, a través de alguien que trabaja en el Instituto Nacional de la Vitivinicultura, y de otra persona perteneciente a una de las entidades que nuclean a las bodegas. Y el discurso era el mismo: hay que proteger a la industria sea como sea de las publicaciones perniciosas: Alemania nos boicotea.

Finalmente, ante las insistencias, las bodegas más importantes decidieron que sería la prestigiosa enóloga Susana Balbo (foto)quien diese las explicaciones casi desde el terreno, ya que en estos mismos momentos se encuentra en Alemania tratando de acordar una presentación para defender la calidad y salubridad del vino mendocino, apoyada por una investigación exhaustiva sobre la inocuidad de la natamicina en botellas de vino y sus nulos resultados –sostienen- para la salud. Balbo pertenece a Wines Of Argentina, la organización que tomó a su cargo las negociaciones y la “solución internacional” de este problema al margen de entes oficiales e incluso de la Cancillería, ya veremos por qué.

Por todos estos pruritos, el Instituto Nacional de Vitivinicultura se negó a brindar los nombres de las bodegas involucradas en el problema de las exportaciones a Alemania; aunque su presidente, el contador Guillermo García, dio varias notas por este tema, prometió investigación y –si la situación lo amerita- sanciones. Sí se conoció a través de medios españoles y alemanes, una nómina de los vinos y partidas rechazados. Una lista –dicen- incompleta, porque restan conocerse mediciones. También se sabe que varias de las afectadas son de las más importantes de Mendoza.

Según Susana Balbo, oficialmente son ocho las bodegas involucradas. Pero fuentes relacionadas al caso estiman que podrían ser cerca de 30 los establecimientos con vino contaminado de natamicina, una vez que todos los estados alemanes culminen con el muestreo que comenzó en Renania, y que desde allí pasó a Hamburgo y Berlín.

Ahora, vamos a conocer a la protagonista exclusiva de esta historia.

La natamicina

El famoso funguicida (los bodegueros no quieren llamarle ‘antibiótico’, aunque de manera semántica sí lo es) es utilizado en ciertas industrias alimentarias por su capacidad para eliminar levaduras, hongos, organismos microbiológicos, que perjudican el proceso de maduración de los productos. Los quesos duros, por ejemplo, llevan un spray con natamicina en su exterior. Pero no se puede utilizar para vinos porque no figura en las listas de aditivos permitidos por el Código Internacional de Prácticas Enológicas de la Organización Internacional del Vino, y porque el Codex Alimentarius define sus usos, que nada tienen que ver con el vino. Estas listas se elaboran de manera “positiva”. Es decir, se puede utilizar lo que figura en ellas, en las cantidades apropiadas. Lo que no está inscripto, está tan prohibido como el veneno más terrible, aunque resultare inocuo. El “Codex” es la máxima convención mundial sobre usos y prácticas con alimentos, dependiente de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y de la Organización Mundial de la Salud, y fue adoptado como norma por la Organización Mundial de Comercio. Argentina, en tanto, es miembro de su comisión permanente.

Así, según las Normas Generales para los Aditivos Alimentarios del Codex, la natamicina se puede utilizar en quesos madurados y no madurados, análogos del queso, queso elaborado, productos cárnicos, de aves de corral y caza elaborados, curados (incluidos los salados), desecados y sin tratamiento térmico, en piezas enteras o en cortes, productos cárnicos, de aves de corral y caza picados y elaborados, curados (incluidos los salados), desecados y sin tratamiento térmico. Es decir, en ciertos chacinados, embutidos, y quesos, donde suele utilizarse en spray. También tiene aplicaciones medicinales para determinadas infecciones oculares, y en el mismo Codex figuran restricciones. Por ejemplo, es de uso externo, y en los quesos se especifica a qué profundidad puede penetrarse el producto.

Como se ve, aunque claramente la natamicina no es tóxica, no figura en el Codex ni en la lista de la OIV para prácticas enológicas. A la vez, la OMS considera que una persona podría ingerir como dosis máxima 0,3 miligramos de natamicina por kilo de peso. Y es aquí donde Susana Balbo hace una cuenta interesante y plantea la defensa de las bodegas. Para tener consecuencias en la salud, de acuerdo a la natamicina hallada en las botellas, una persona de 60 kilos habría de tomarse 3.300 litros diarios de buen vino mendocino. Imposible.

Sin embargo, otras fuentes aseguran que la ingesta diaria a niveles de saturación podría afectar la capacidad de curarse de ciertas infecciones. Todo esto ahora es materia de investigación. Pero la verdad es que ante la duda, la natamicina no puede ser utilizada en la producción de vinos.

¿Y entonces, por qué aparece en la industria? Aquí es donde empieza la polémica.
 
El detergente más famoso

El vino es un producto vivo. Y es frecuente en sus métodos de producción que aparezcan materias orgánicas indeseables, como las “levaduras”. Para evitarlas, el propio INV sugiere en su vademecum una determinada cantidad y variedad de productos que se pueden utilizar. Sin embargo, las bodegas suelen usar un detergente llamado NAT-3000 (natamicina) para la limpieza de cañerías, piletas, tubos, barricas, y otros elementos. Pero si el enjuague no es perfecto, puede producirse la contaminación accidental del vino. Especialmente en el caso de las barricas, que son porosas.

La natamicina funciona como un gran “estabilizador”. Pero hay pocas pruebas concretas de que se la haya utilizado como aditivo a los vinos analizados en Alemania. De hecho, las cantidades detectadas son ínfimas, de acuerdo a fuentes del INV que accedieron a dar su testimonio bajo la más estricta protección de sus identidades y cargos. “Sólo en una de las bodegas la muestra detectada podría indicar que se usó como aditivo” dijo una fuente que accedió a los resultados de los análisis alemanes. Existe otra posibilidad. Según las bodegas, y reafirmado por Susana Balbo, la natamicina podría haber llegado al vino por contaminación accidental a través de productos que son insumos de la industria, como goma arábiga, gelatina, enzimas, y otros que podrían contener natamicina. En el INV comparten esta opinión, pero afirman que son las bodegas y sus proveedores los que deben preocuparse por mantener los vinos en condiciones óptimas de exportación.

Hay una versión adicional, que circula entre los enólogos de diferentes bodegas, y que fue transmitida por uno de ellos a MDZ Online, una vez más, en el más estricto off the record. Cuentan que la natamicina funciona a la perfección como “estabilizador” final de vinos de alta gama, preferentemente tintos o rojos. “De otra manera deberían estabilizar los vinos utilizando filtros y tecnología de frío. Este proceso es muy enérgico y le resta cualidades organolépticas a los vinos tintos, y hasta les deteriora el color” explicó.

Por ello, en algunos casos, aunque la natamicina no está permitida, se la suele utilizar para eliminar la presencia de microorganismos que puedan haber quedado en los caldos vínicos luego de finalizada la elaboración. Económicamente, el uso del funguicida no representa grandes ventajas. Si alguien la utiliza como aditivo, es exclusivamente por sus funciones antibióticas.

La guerra comercial

¿Por qué en Alemania comenzaron a revisar si los vinos argentinos contenían natamicina? Esta es una pregunta importante. Pero ninguna de las personas consultadas en la industria, ni las autoridades sanitarias alemanas, ni entidades empresarias alemanas o mendocinas pudieron dar una respuesta certera. Algunos no respondieron, o lo hicieron con elipsis. Otros, se alzaron de hombros… Y la verdad es que la punta del ovillo está en los análisis que empezó a hacer un laboratorio privado, cuyos resultados fueron comunicados de inmediato al Estado alemán.

Lo cierto es que la natamicina está en los vinos cuestionados, aunque no falta quien prefiere las visiones conspirativas en esta batalla por la exportación. Si Argentina perdiese ventas al exterior, inmediatamente se beneficiarían países como España, Francia, Italia, y Chile.

También, en las indagaciones, nos encontramos con otro tipo de visión que habla de una guerra de laboratorios químicos. La Bayer, por ejemplo, fabrica un producto estabilizador llamado Velcorin, una fórmula de 99,8 % de dimetildicarbonato, que se descompone en materias orgánicas. Una de ellas es el metanol, es decir, el alcohol metílico. Si bien es tolerado por la OIV para las prácticas enológicas, Susana Balbo acentúa que el metanol es “veneno”. El INV indica hasta 0,09 ml por litro de bebida, y que debe ser aplicado con mucho cuidado, con un dosificador especial (foto) en el momento del fraccionamiento. También dicen que es un producto muy reactivo. El Velcorin tiene efectos parecidos al funguicida de la polémica. Pero funciona como aditivo y está permitido, y la natamicina, no. ¿Habrá algo de esto en la pelea? Es difícil saberlo, pero la versión alimenta las teorías más conspirativas.

Para Wines of Argentina, está claro que todo esto no es más que una serie de trabas “para arancelarias” tendientes a frenar las exportaciones argentinas. Los alemanes lo desmienten. Y les hicieron saber a funcionarios argentinos que han hecho “lo mínimo que exige la ley” en estos casos. Es decir, dieron a conocer el problema con muy bajo perfil, informaron que el antibiótico no era tóxico, y -según cuentan las fuentes- no dispararon el alerta en el resto de la Unión Europea –precisamente- porque la natamicina no es peligrosa. Sí les avisaron a los países donde iban partidas “reexportadas”, es decir, que llegaron a Hamburgo para ser derivadas, en este caso, a Francia y a Rusia. “Mal pueden ser medidas protectivas de una industria. Es una medida de Defensa del Consumidor, en el marco de la Organización Mundial de Comercio, cuya misión es justamente evitar las trabas y favorecer el intercambio entre los países. En el único caso en que la OMC permite frenar el comercio…” explicó a este periodista una de las personas que sigue desde muy cerca el conflicto.

El problema sanitario

La Organización Mundial de la Salud considera a la natamicina como un producto medicinal, específico, para combatir infecciones que se producen con determinadas levaduras, especialmente las denominadas “cándidas”. Por eso, todos los intentos por incluirla en el Códex para la industria enológica han fracasado. “El razonamiento es que si se trata de un antibiótico, o un antimicótico específico y uno de los pocos útiles contra una enfermedad, más allá de que no es tóxico, no permiten su utilización en alimentos salvo casos específicos, porque el día en que el cuerpo lo necesite para combatir una candidiasis, por ejemplo, necesita que sea efectivo” razonó uno de los técnicos que desde el INV está estudiando el problema. “En realidad, hay que hacer más estudios de seguridad alimentaria, y producto por producto. La natamicina puede no comportarse igual en un medio acuoso, que en uno graso, o en uno alcohólico”.

La visión desde este lado

-Lo primero que hay que aclarar es que no se trata de un suplemento para los vinos, sino de un elemento que en la Argentina está permitido para la fase de limpieza de las bodegas… Se utiliza para prevenir la aparición de levaduras como la Brettanomyce, que le dan al vino un olor desagradable… como a cuero. La Borgoña, en su momento, perdió muchas ventas por esto…- dice Susana Balbo en Suiza, desde donde se trasladaba este fin de semana a Alemania –previa parada en Francia- para reunirse con los laboratorios que analizaron el contenido de natamicina en los vinos argentinos.

-Es un producto que está autorizado para la limpieza. Además, la Brettanomyce es normal, viene en la uva, y este producto permite que el vino no se contamine…- aclara. Más tarde, técnicos del INV explicaron a este diario que si se usa natamicina para limpiar, luego debe hacerse un enjuague exhaustivo o incluso utilizar vapor para eliminar cualquier residuo.

De todos modos, la enóloga informó que la metodología que se usaba hasta inicios de noviembre en Argentina y en el mundo para detectar natamicina tiene una sensibilidad de una parte en un millón, y que ahora Alemania ha cambiado su equipo HPLC en uno de los laboratorios que hace la determinación, y que la sensibilidad que detecta ahora es de una parte en un billón. “Es un sistema de medición muy moderno pero cuestionable, porque arroja resultados inconsistentes, está aun en su etapa de calibración” explicó Susana Balbo. También dijo que ni siquiera el laboratorio más avanzado del mundo, en la Champaña francesa, tiene un HPLC “masa-masa” (así se denomina). A los ojos de las bodegas de Wines of Argentina, hacer esta determinación es exagerado, cuando no implica directamente una “trampa”, tal la palabra textual usada por la enóloga consultada.

“Sabemos además que con esta medición de sensibilidad extrema, hubo siete vinos argentinos que dieron positivo en cantidades extremadamente pequeñas, irrelevantes, junto a algunos vinos de Sudáfrica y uno o dos de Chile. Lamentablemente no tenemos la precisión, porque no nos dan todos los datos” explicó, para contar a continuación que las autoridades alemanas no responden las comunicaciones argentinas.

En cuanto a los riesgos para la salud, Susana Balbo –que ya había sacado la cuenta de los 3.300 litros de vino diarios por persona para superar las cantidades permitidas- dijo que la natamicina es inocua, que no se acumula en hígado ni en riñones, y que el cuerpo la elimina totalmente. “Sin embargo el anhídrido sulfuroso, que es admitido en vinos en todo el mundo, sí queda en el hígado. Por eso a algunas personas les duele la cabeza cuando toman demasiado” explicó. Estas conclusiones forman parte de la investigación médica y científica que Balbo lleva a Alemania para demostrar que el vino argentino, aun con trazas de natamicina, es perfecto.

-Bueno, pero lo concreto es que las bodegas argentinas deberán adaptarse a lo que les exige el mercado… De hecho Inglaterra dio un plazo para “natamicina cero”- le dijimos a la representante de la industria.

-Sí, pero ellos mismos reconocieron la inconsistencia de los análisis. Han enviado nuestros vinos a tres laboratorios distintos, y han tenido resultados diversos en cuanto a la determinación de la natamicina. Ante esto, han decidido dar un período de gracia de 160 días para volver a medir, por si la contaminación ha sido accidental- contestó.

Los insumos

Otro de los problemas detectados por las bodegas ha sido la provisión de insumos de sus propios proveedores, cuyo control escapa a la industria. “Hemos contratado a un laboratorio muy importante, muy prestigioso en Francia, el de Pascal Chatonnet, quien ya ha detectado rastros de natamicina en productos de uso corriente en las bodegas, como cáscaras de levadura, enzimas líquidas, gelatinas líquidas… Hemos mandado a las bodegas una circular pidiendo que nos manden más muestras para analizar” explica Balbo. Al respecto, ya se sabe que los proveedores de las bodegas deberán certificar sus procesos ante el INV para verificar la ausencia de natamicina. Y un dato más. Las bodegas deben determinar en qué momento se produjo la contaminación, ya que están obligadas a la trazabilidad, especialmente las que tienen certificaciones de normas ISO. Esto es recorrer la ruta completa de lo que se hizo con un producto, desde el principio, hasta el final. “Es decir… quién usó qué cosa, en qué momento, y para qué, y quién limpió cuál vasija, cómo, y con qué…” explicó un técnico del INV a este diario.

Para Susana Balbo, está claro que las bodegas deberán cambiar la metodología de limpieza para evitar cualquier contaminación accidental. Aun así, insistió en el riesgo latente en los insumos. “Nosotros compramos insumos de los que no sabemos si tienen contaminación de natamicina… La clarificación de los vinos, por ejemplo, se hace durante todo el año. Y uno compra gelatinas líquidas para estabilizar los vinos e involuntariamente le incorpora natamicina” dijo la experta. “Lo que nos preocupa es esta intransigencia del Estado alemán, una conducta que no la ha tenido Inglaterra. Nosotros estamos tratando de agregar cordura a todo esto. Las empresas no han incorporado este elemento prohibido de manera voluntaria a los vinos…” insistió con énfasis.

La negociación política y los intereses

Hoy por hoy, el problema de la natamicina se está atacando en varios frentes. Uno, el interno. El INV ha decidido determinar la presencia de natamicina, (algo que no se hacía precisamente porque se trata de una sustancia no permitida), por lo que no saldrá del país ni una botella contaminada, de acuerdo al estándar que ahora impuso Alemania, el que a la larga se normatizará en la UE. En lo político, el gobierno de la provincia no hizo absolutamente nada, y la Cancillería -donde las bodegas por lo menos preguntaron qué se podía hacer- aconsejó no tomar intervención oficial a nivel de países, por una razón bien simple. Si se le da semejante categoría al tema, es posible que los que están exportando a Alemania y la UE sin problemas, y sin natamicina, claro; se vean impedidos de hacerlo.

Por eso, la lucha “en el terreno” quedó en manos de Susana Balbo, quien desde Suiza iría a Burdeos primero para reunirse con Pascal Chatonnet “para delinear una presentación en Alemania, soportada por toda la investigación que estamos haciendo nosotros, más las comprobaciones que está haciendo él…” con la idea de flexibilizar la barrera alemana.

“Vamos a hacer una defensa muy seria y muy profesional, y que nos cuesta muchísimo dinero; para demostrar que éste no es un problema sólo de la industria vitícola, sino también de los proveedores. Las empresas no pueden ponerse a analizar punto por punto cada producto que ingresa a la bodega. Cada análisis debe costar entre 150 y 200 euros. Imaginen que si yo -como bodega- tengo que hacer el análisis o hacer que el proveedor lo haga cada vez que compro una goma arábiga o una gelatina… Estamos generando una industria para un laboratorio, en vez de pensar con seriedad, porque insisto en que este producto no es tóxico para la salud ni produce ninguna enfermedad. De hecho, estamos pensando en solicitar la autorización para su uso. No es ni siquiera peligroso como el DMDC, un producto a base de alcohol metílico que Alemania impulsa y que en la Argentina mató a 28 personas”. Aquí, Balbo se refiere –como dijimos antes- al Velcorin, el producto fabricado por la Bayer, pero que no es alternativo al NAT-3000. Son para aplicaciones diferentes. No obstante, Balbo sugiere que puede haber una guerra comercial entre laboratorios. “No podemos dejar de considerar que pueda haber intereses de empresas involucradas en esto, y que nosotros seamos en realidad el jamón del sándwich. Creo que somos insignificantes al lado de los intereses que se están jugando, del tamaño de las empresas alemanas, de lo que es Alemania en el mundo”. Y remató: “No tenemos la certeza de estar en medio de una guerra de laboratorios, pero tenemos la fuerte sospecha”.

Susana Balbo está convencida de la inconsistencia de los análisis alemanes “que hemos chequeado contra otros laboratorios”. Y la estrategia, en un tema que para las bodegas “quema”, será poner en tela de juicio los análisis y pulsear por el vino ya producido y que está en las góndolas, hasta tanto el HPLC del Instituto Nacional de Vitivinicultura quede calibrado como en Alemania, y pueda arrojar determinaciones comparables. “Hoy estamos en condiciones de mostrar en Alemania, que ha tenido una actitud muy extrema, toda la documentación y la investigación que les permita flexibilizar las posiciones. Tenemos la preocupación de que tomen medidas drásticas sin el respaldo científico y objetivo necesario. Por eso estamos aportando nuestra investigación” dijo la enóloga, quien representa a 193 bodegas de las cuales ocho tuvieron muestras positivas de natamicina.

Alemania ya ha frenado, años atrás, vinos con detección de un tipo de ácido málico. Después lo admitieron, pero –mientras tanto- le produjeron daño a las bodegas argentinas, y un “ruido” considerable, dicen los memoriosos. Y sin recorrer tanto hacia atrás, en setiembre del año pasado, Alemania sacó a relucir una resolución de 1994 que decía que no se podía usar la denominación “reserva” sino en regiones –casi todas europeas y en Chile, que tiene un acuerdo- en donde la palabra de referencia fuese un indicativo de calidad. Hubo bodegas que debieron reetiquetar todos sus vinos por esto. Y ahora, aparece el problema de la natamicina. En honor a la verdad, aunque en el caso del funguicida las autoridades alemanes tienen razón, es claro por qué la saga preocupa a las bodegas. Visto desde los intereses de los empresarios mendocinos, y así lo afirman cuando se les consulta, lo sienten como una estrategia de protección del mercado alemán, y de algunos de los países que exportan a Alemania y compiten con el vino mendocino, aunque sólo represente menos del 0,5 % del vino extranjero que consumen los alemanes.

Lo concreto, es que aunque los argentinos tuviesen 100 % de razón, y los alemanes 0 %, las bodegas tendrán que adaptarse a las condiciones sanitarias exigidas. Hoy, la “papa que se quema en la sartén”, como dijo alguien de la industria, son las miles de botellas que están en el mercado alemán y que pueden dar positivo de natamicina por contaminación accidental. “Ese es el tema que hay que resolver, de manera urgente y al menor costo público y económico posible” dicen en las bodegas.

El CIATI, la voz independiente

Hasta tanto el INV ponga en régimen su cromatógrafo líquido de alta eficiencia para la detección –entre otros- de natamicina, las bodegas están llevando sus muestras al CIATI, en Villa Regina. Allí, unas 200 muestras esperan completar los análisis. Un directivo del centro científico rionegrino, en off the record y pidiendo reserva de su identidad, accedió a contar su visión del problema. –La verdad es que los alemanes tienen razón y las bodegas están histéricas con esto. No damos abasto. Quieren saber ya si el vino que tienen en Alemania o para exportar está o no contaminado… De las muestras que hicimos, hay una cantidad que dio libre de natamicina, otra en la que las trazas halladas pueden corresponder a contaminación accidental, y otras en que había grandes cantidades…

-¿Esto quiere decir que la natamicina se usó como aditivo?-

-Eso quiere decir que fue agregada a conciencia… no de manera accidental…-

Las palabras del directivo, de perfil técnico, arrojan algo más de luz a esta “guerra del vino”. Un número no determinado de bodegas que producen vinos de alta gama, han estado usando natamicina como aditivo en vinos tintos a pesar de que está prohibido. Ahora, el INV ha iniciado una investigación, para determinar por qué se halló natamicina en los vinos. Es un capítulo complejo, que puede llegar incluso a la sanción y denuncias previstas en la Ley del Vino. La otra consecuencia, es que se harán los análisis de determinación de natamicina en todo el vino de exportación, con el equipo comprado.

Sin embargo, y para terminar, lo cierto es que más allá de que la natamicina no es tóxica, o de si los análisis alemanes son muy sensibles, o si su posición política es irreductible; ellos tienen derecho a exigir que los vinos que ingresen a su país estén libres del antibiótico, tal como mandan las normas internacionales del Codex Alimentarius. Sólo China y Sudáfrica permiten el uso de natamicina en sus vinos, y exclusivamente para el mercado interno. Así es que por lo pronto, hay que trabajar en la premisa “natamicina no detectable”. Esa debe ser la máxima preocupación de las bodegas, respetando las prácticas enológicas vigentes. Lo demás, cualquier cosa diferente, es una argentinada. Y, como se ve, en el mundo las argentinadas se pagan caro.


Comentarios


Lunes 1 de Febrero de 2010 13:00
INDIGNACION
por alquimista
Me causa indignacion y desagrado el comentario liviano y perverso de IUSTITIAM con respecto a los vinos que elabora la Familia Millan, desagrado porque lo hace desde el cobarde anonimato, liviano y perverso porque carece de etica...
Lunes 25 de Enero de 2010 20:56
Ojo con lo que elabora Millán !!!
por iustitiam
Estimados consumidores de buenos vinos, me veo en la obligación de informarles y advertirles de lo venenoso que es tomar cualquiera de los vinos, espumantes y gasificados que produce la "Familia" Millán bajo las marcas de Los Tone...
Lunes 25 de Enero de 2010 07:03
Antibióticos
por deli
El INV es el principal responsable de la adulteración de vinos. Vergüenza las declaraciones de los líderes de la ind. Madre.


La guerra del vino que puso en jaque a las bodegas mendocinas
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Reglas y condiciones
Las bodegas deberán dejar de usar la natamicina y los controles y certificaciones serán más estrictos. Ven la medida alemana como un "llamado de atención".
Los vinos son varios y pertenecen a unas ocho bodegas. Hay mendocinos, y neuquinos. El INV ha iniciado una investigación.