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No basta con ser siempre nosotros mismos. Una vida no alcanza para explorar nuestras emociones, nuestro intelecto ni nuestros sueños.
De ahí que el concepto de avatar tenga un abanico de significados que llegan desde lo profundo de la religiosidad hindú para atravesar la psicología y la tecnología contemporáneas.
Decimos “los avatares de la vida” para expresar las vicisitudes, los cambios que nos acontecen sin preverlos. Pero pocos saben que en el hiduismo un avatar es la encarnación terrestre de una deidad, que de acuerdo a sus textos sagrados hay más de una decena de tipos de avatar y que también se aplica al concepto de transformación en tanto que reencarnación del alma.
Así, hay quienes sostienen que Zoroastro, Buda, Quetzalcóalt y Cristo fueron avatares de un dios o ser superior.
Para las nuevas tecnologías de la comunicación un avatar es un asistente virtual informático, es decir una herramienta gráfica semejante a personajes virtuales con capacidad de atender a los visitantes de una página web. La imagen que los representa se conoce como avatar.
A 27 años de la creación del primer protocolo de Internet, esta representación de nosotros mismos en la red combina el nick name, los emoticones, los buddy icon del Messenger y del correo electrónico con los avatares de los videojuegos. En todas estas proyecciones del yo, nos presentamos en el mundo virtual no sólo distintos de lo que somos, sino como querríamos ser. Lanzamos al ciberespacio una suerte de fotografía de nuestro super yo. “Reencarnamos” en otro, casi siempre, mejor.
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Fotograma de Matrix, film que maximiza el concepto de metaverso.
Del papel a las pantallas
La narrativa del ciberpunk, la nueva ciencia ficción, es la gran proveedora de ideas y términos para las nuevas tecnologías. Desde el término realidad virtual, creado por William Gibson en Neuromante hasta metaverso introducido por Bruce Sterling en su novela Snow Crash.
Los ejemplos pueden citarse por decenas, pero destacamos esta última obra de Sterling de 1992 porque allí el término avatar adquiere un nuevo sentido en el que se amplifican todos los significados anteriores.
La televisión y el cine también han sido permeables a los aportes de la nueva ciencia ficción. Basta evocar sumariamente el Holodeck de Star Trek, los dobles de Philip K. Dick en El vengador del futuro (basado en el cuento Podemos recordarlo todo por usted); el avatar Einstein creado por Brian Aldiss y que fuera llevado al cine en Inteligencia artificial, basada en su relato Los superguetes duran todo el verano o el avatar de Neo en Matrix, otro préstamo del genial Philip K. Dick.
James Cameron en su película Avatar reúne todos estos elementos para componer una opípara historia de ciencia ficción, en la que no faltan los villanos y paladines, las loas a la ecología ni los reclamos al respeto por las culturas autóctonas en un deslumbrante derroche de efectos especiales.
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Ser para ser otro
La necesidad de usuario de personalizar ese tipo de entorno es constante. “Cuando se ampliaron los protocolos y el ancho de banda aumentó, comenzó a enriquecerse la comunicación con imágenes, sonido, videos y ahí es donde al nick se le suma el avatar, la imagen de 96 x 96 píxeles. Este avatar es la imagen personalizada del usuario o de lo que al usuario le gustaría ser”, apunta Prieto.
Para el experto, “la apariencia de una persona en la vida real y en un metaverso nunca coinciden. Es una suerte de ficción de uno mismo. La gente empezó a customizarse. El tatuaje analógico y el avatar digital son como la misma cosa, es modificarse. La elección de un personaje en un metaverso tiene que ver las proyecciones, generalmente, el ser más de lo que se es”.
En la década del ´80 empezaron a difundirse los usos de la realidad virtual: una persona conectada a una máquina por un sistema lógico, dispositivos de hardware vinculados a un software que permiten interactuar en un entorno virtual que replica leyes del mundo físico.
“En esa interacción la presencia de la persona no estaba disociada de ella. Se mantenía la primera persona, el yo, y no veía ni interactuaba con otros. La realidad virtual sitúa a la persona en una realidad diferente y le permite realizar otro tipo de acciones. Esa tecnología se creó primero para el entretenimiento y después tuvo aplicaciones en la medicina y en la aeronáutica con los simuladores de vuelo, por ejemplo”, distingue Prieto.
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En Avatar James Cameron reúne los significados religiosos e informáticos del término.
Los otros mundos
Un metaverso es una metáfora del mundo real y ofrece gran complejidad. Tiene ciertas reglas físicas del mundo real. La corporeidad, la interactividad y la persistencia son las condiciones estrictas para que crear un metaverso.
“Uno se conecta al metaverso a través de una interfaz. En ellos vos elegís a tu avatar, es decir al personaje que te va a representar. Le ponés un nombre, cualidades, aptitudes y apariencia. Y en esos metaversos, donde el avatar tiene un grado de iconicidad más alta con respecto al hombre, esa realidad tiene otro sentido. La lógica de esos mundos se hace más compleja, empezás a tener distintas formas de interacción con los otros avatares, desde el intercambio monetario hasta un romance o sexo”, expone Prieto.
Y cuenta que un grupo de Estados Unidos puso una bodega tal cual iba a ser en el mundo real en Second Life, los avatares que compraran un vino en la bodega virtual habían comprado un vino por anticipado a esta bodega. Y luego se la mandaban a la casa del usuario. Empresas, museos y hasta universidades tienen una versión en Second Life; donde los avatares de los alumnos pueden tomar clases o hacer una consulta al avatar de un profesor.
¿Quién soy yo?
“Si podés relacionarte con una persona vía texto, hacerte amigo o enamorarte vía chat o foro, cuando además del texto hay un avatar tuyo, el metaverso se hace más complejo. E implica la posibilidad de que las personas lo expandan. Ese es el triunfo de los metaversos actuales. Al principio fueron las relaciones sociales, luego se sumó el componente económico y más tarde el profesional. Tu avatar puede relacionarse de mil maneras en el juego o en esa comunidad virtual”, argumenta Prieto.
La reflexión obligada es la pregunta por el yo, qué es la presencia de otro. Gran lector, Prieto manifiesta: “Una carta indica la presencia de una persona remota, pero si esa presencia remota es en tiempo real, la distancia que representa la presencia física empieza a cambiar de sentido”.
“Creo que esto es la causa de que en la era de la información, la interacción que tenemos con otras personas es mucho mayor que antes. Con o sin avatar, estamos conectados a Twitter, Facebook, Skype, Gtalk, el e-mail y tenemos un rango de interacción con otras personas muy intenso a pesar de estar detrás de una computadora”, opina el experto.
Patricia Rodón