4 de Enero de 2010 |22:59
Sandro, nuestro Elvis
por Marcelo Padilla, Columnista de MDZ

La congoja rodea al Hospital Italiano. Sandro y “Los de fuego”, una noche en Las Heras allá por los sesenta en un club de barrio. El cuerpo de a poco despide el alma. Trigal. Le dio surco y le dio vida. Descanso. Cuerpo extinto. Un collar de lágrimas inunda el hospital. Habrá que evacuar la zona. Es una mar de gotas que aumenta la marea por la noche. El agua no cae ya del cielo. Brota de la tierra desértica y no hay tormenta que la emparde. Y Sandro sale en un bote veneciano, oculto con una mascarita y un gondolero, hacia la nada. No arde la ciudad. No hay fiesta de verano ni candombe; solo lamentos gitanos.

Pero el mar de lágrimas no está en penumbras, porque flotan en derredor de la barcaza mil velas que dan fuego, mucho fuego que ilumina la retirada. Oración fúnebre de pueblo. Mujeres solteras y viudas se ahogan por el ídolo. Suicidios en masa por amor. Él ama a las amas de casa desesperadas. Tristeza de la ciudad. Las carpas tienen música y los gitanos preparan su derroche que durará tres días. El desierto los congrega y la luna solo aparece aquí, en Mendoza, y sigue como faro la barcaza que conduce el cuerpo. “Se nace para vivir, se vive para morir” canta el gondolero etílico. Corazón de rosa espinoso. Pulmones generosos que reposarán unos minutos más, hasta que el gondolero decida, en la fresca de la noche, que ya es hora de hundirse para siempre.

Sandro, nuestro Elvis
Título
Tu opinión
Se pueden incluir videos de You tube, fotos, mapas. Ver ayuda
Usuario
Contraseña
Reglas y condiciones