Un mexicano arrodillado  ante la muerte y una cruz de metal
Ulises Naranjo / MDZ.
 
Los deportistas mexicanos luego de la odisea.
 
Sólo el cerro provee esta clase de historias: tres amigos de Centroamérica intentan la cumbre y la vida los pone antes tres decisiones diferentes, todas acertadas: retornar en nombre de una beba, renunciar en nombre de un amigo y seguir camino hasta codearse con la muerte Entrá a esta apasionante saga y enterate.
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Plaza de Mulas es como Babel, pero con más frío y menos sentencias de los dioses.

El campamento emblemático del Aconcagua es también el punto de encuentro de sueños cruzados y así sucede todo el tiempo: hay aquí quienes aguardan para remontarse y desenvolver su ilusión y, al mismo tiempo, quienes ya lo hicieron y han bajado de las alturas con una respuesta para sus desvelos. Y este es una de las mayores maravillas que ofrece el cerro: dar una respuesta en tiempos en los que en cada rincón del planeta se reproducen con avaricia racimos de preguntas.

Se llega aquí tras dos días de marcha y un último esfuerzo importante: subir la Cuesta Brava y luego una morena glaciaria que se empina en el peor momento para las piernas de los soñadores. Una vez en este lugar, las carpas de colores dan cuenta de latidos de todos los continentes dentro de ellas. En las carpas más grandes, laboran ellos, los sostenedores del milagro, los silenciosos, los únicos dueños del reino de los cielos, las piedras y la nieve: los plazamuleros.

Hay aquí trabajando guías, porteadores, cocineros, guardaparques, médicos, arrieros y policías. Todo lo que ocurre pasa por sus manos; todo lo que sucede llega a sus oídos y todo lo que callan es producto de su doble naturaleza: están hechos de piedra por fuera, sí, pero sus corazones son tan blandos y nobles que prefieren ocultarlos para sentirse un poco menos solos acá arriba.

Si todos los mendocinos fuésemos como ellos, sin dudas este lugar sería más digno. Del mismo modo que si todos los humanos fuésemos al Aconcagua, nuestras miserias serían menos drásticas y nuestras virtudes, más genuinas.

 

Los mexicanos

 

Tomamos té caliente por la tarde, al tiempo que la increíble historia que contaré se posa dócil sobre la mesa de plástico como si se tratara de un hecho habitual que la vida de las personas se ponga en juego sólo como recurso para alimentar un relato.

Luego de la tormenta de frío del día anterior, lentamente, casi sin ganas, el cerro comienza a devolver todo lo que te quita con cada esfuerzo y su paga son personas en efectivo, acarreando historias que a nivel del mar serían imposibles.

Tres mexicanos de Tehuacán, Puebla, corredores de las carreras "Iron Man", ingresan al domo donde almorzamos y esperamos: están sucios y cansados, como si recién terminaran de atravesar la frontera por Tijuana, corriendo a 90 kilómetros por hora durante dos días, seguidos por rangers de serie de televisión.

Te los presento:

Karim Fortes.


Jaime Yasumasa Nakatani.

Miguel Angel Fernández.

Karim, Miguel y Jaime recién bajan de un Aconcagua que los ha dejado muy golpeados: toman té en silencio y se miran las manos para ver si es cierto lo que acaban de vivir.

“El cerro está furioso, muy furioso. Nos dejó llegar hasta La Cueva, a 6500 metros y ahí no pude más: se me estaban congelando los dedos”, inicia Karim, quien se volvió a su carpa con los ojos llenos de lágrimas y pronunciando un nombre como un mantra contra el abandono: “Lourdes, Lourdes, Lourdes…”, su beba de cuatro meses, razón suficiente para conservar el latido.

No llegó solo hasta su carpa y he aquí un acto de amor supremo: el más experimentado de los tres deportistas, Jaime Yasumasa Nakatani, quien ya había subido a la cima en 2002, renunció a su cumbre para llevar a salvo a su amigo.

Antes de hacerlo, le dijo a Miguel que siguiera solo y Miguel miró hacia arriba y vio que aún no iniciaba el más feroz tramo hacia la cumbre: La Canaleta.

“Fui dando de a diez pasos durante horas y el cielo se empezó a cerrar cada vez más. Al final llegué a la cumbre en cuatro patas. Arrodillado, alcancé a ver la cumbre de lejos y no tuve ni fuerzas para sacar una foto. Esta es mi historia”, comenta Miguel y parece que se le están acabando las palabras.

En realidad, lo que hay que decir es que Miguel tenía miedo: hablamos de un miedo ancestral, casi genético. Miguel tuvo miedo a la muerte, no solo por encontrarse solo en un ámbito de extrema altura y soledad, sino porque, ahí, a metros de su hocico, el cadáver de un chico tailandés le susurraba, tal vez, invitándolos a cerrar los ojos y dormir un poco.

Y ya no volver a despertar, claro.



“Me bajé a los tumbos por La Canaleta y fueron las horas más largas de mi vida. Sólo atiné a dejar una pulserita que tengo sobre su mochila abandonada. Fue mi forma de homenajearlo. Tuve un chorro de emociones en mi cabeza. Yo no me quería morir y ese chico tampoco, pero ahí estaba”, dice Miguel y llora en el domo de Plaza de Mulas.

Sus amigos lo miran y callan. El viento lo entiende y aparta su música monótona durante unos segundos. Miguel sigue llorando.

“Yo sabía muy bien que la verdadera cumbre está en el proceso, no el resultado. Yo esperaba una cumbre con abrazos con mis amigos, pero eso no pasó. ¿Y sabes qué? No sé si mi esfuerzo valió la pena. Si valió sufrir tanto para hacer cumbre. Yo creo que no”, suelta y se seca las lágrimas volviendo a sentir en su corazón los 35 grados bajo cero que enfrentó.

 

Decisiones

 

La historia de este trío de hombres en el Aconcagua se termina de definir por la clase de definiciones acertadas que asumieron. Karim sintió que su vida peligraba y retornó en nombre de sí mismo y de su hija Lourdes. Jaime, el silencioso, el héroe en las sombras, renunció a su cumbre para apoyar a su amigo. Y Miguel siguió y coronó con tremendo esfuerzo su desvelo y luego tuvo el resto de aire que precisaba para poder contar su historia.

Con mi amigo Diego, los escuchamos en silencio: hablar y sollozar en silencio. Nosotros mismos hemos tomado nuestras propias decisiones: mañana iniciaremos un porteo de nuestra carga hacia las alturas. Vamos a saltear Canadá, el primer campamento, e ir directamente a Nido de Cóndores, el segundo.

Si es posible, habremos de pedirle al cerro parte de aquello que viene quitándonos. Es una temporada dura, con mucho frío y viento y un 95% de fracasos en los intentos de cumbre. La de Miguel, el mexicano que solloza, ha estado entre las diez primeras de una temporada con cientos de intentos. "No creo que valiera la pena hacer cumbre", ha dicho él, pero lo cierto es que al cerro no le importa las penas de sus amantes.

Un andinista solitario, en una montaña solitaria...

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Comentarios


Lunes 21 de Diciembre de 2009 07:56
pacobre
por iris
disculpame, pero, eso lo dijo en ese programa una persona referente del andinismo mendocino, no logro recordar el nombre pero , el Señor, era quien creo la escuela de escaladores mendocinos, nunca hablaría por hablar, pero si Burg...
Sábado 19 de Diciembre de 2009 16:28
Aconcagua
por pacobrc
Iris:
No son los mendocinos los quie pagan los rescates. Infromate. El parque recauda 5 millones por año en cobros de permisos y con esa plata se paga el helicoptero y ademas con los fondos propios del Aconcagua se bancan optras ...
Sábado 19 de Diciembre de 2009 10:32
sin palabras!!!!!!!!!!!!!!
por solcitore
a veces la sabiduría te deja sin palabras y le da paso a los sentimientos. eso es señal de que somos seres humanos!!!!!!!! que bueno ¿no?
Sábado 19 de Diciembre de 2009 08:39
ORGULLO
por iris
Ayer, en canal 7, de buenos aires, en " el pais", se entrevistó a un montañista de aquí, creador de la escuela de escaladores, no recuerdo el nombre, y este Señor, me hizo sentir orgullosa de mi gente, no solo por sus comentarios ...


Un mexicano arrodillado  ante la muerte y una cruz de metal
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Es imposible quitarse el cerro de la cabeza. Hora tras hora, aun los pensamientos más livianos no pueden escapar de su tremenda sombra de animal sin prisa. Las subidas a Confluencia y Plaza de Mulas. El viento, los catorce grados bajo cero y el tailandés que tenía el sueño de llegar a la cima y justo en ese lugar fue abandonado por su latido.
Por MDZ
Fuimos al Centinela de Piedra, al inicio de una temporada dura. Viví con nosotros una expedición casi en solitario al cerro más alto del continente. Nuestro editor, Ulises Naranjo (foto), nos contará increíbles historias desde las alturas de la mole. A través de un site diseñado especialmente para vos, conocé una pasión extrema y una muy personal manera de transmitirla. Abrigate y entrá a esta primera nota.