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Cada estación me trae sus quilombos. En invierno, tengo que controlar los niveles de la calefacción en mi casa, en mi auto y en mi trabajo. En otoño, las hojas de los árboles del jardín pugnan por entrometerse hasta en mi bañadera. En primavera, llega la insoportable alergia y en verano, tengo que estar cuidando que el agua de la piscina esté limpia, con cloros y alguicidas. A todo esto debo sumar que la señora que hace tareas en mi casa las haga como corresponde.
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No es fácil vivir, amigos, porque la vida acarrea un gran cantidad de preocupaciones cotidianas.
Ahora, en estos tiempos, yo agrego mis dificultades con las tecnologías: tengo un manual para cada aparato que me rodea y no termino de aprender a manejar ninguno: plasma, notebook, dvd más home theater, microcomponente, mp4, play station III y claro también la wii, pc con impresora y scanner y el blackberry con sus bluetooth y yerbas por el estilo.
Es más: ni siquiera sé cocinar en el microondas.
En definitiva, tengo un millón de quilombos y encima esto…
Doscientos mangos por mes
Resulta que Mariana, mientras calculaba los gastos del cumpleaños de su hijo y después de leer una nota que escribí, no tuvo mejor idea que ayudar a Pamela, una joven embarazada de ocho meses del asentamiento Escorihuela, recientemente abandonada por su marido y que sobrevive con sus tres hijos con doscientos pesos por mes.
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¡Doscientos pesos por mes para cuatro personas! Un reloj monitor de frecuencia cardíaca que me compré el otro día para ir a correr, me salió más de doscientos pesos... ¡Doscientos pesos por mes para cuatro mendocinos! Un asado bien regado me sale más de doscientos mangos; una salida a cenar me sale eso; una cesión de masajes descontracturantes en el Hyatt me sale exactamente eso. ¡Doscientos pesos por mes para tres niños y una embarazada! El otro día, para el Día de la Madre, le regalé a la madre de mi hijo, que todavía es mi mujer, un pantalón medio hippie, color lila, como de seda, muy bonito; se lo compré en el negocio de mi ex novia, quien –con todo lo que me quiere y con los descuentos que me hace esa chica desde que no es más mi novia– me cobró como doscientos mangos… Y resulta que hay gente que se gasta eso por mes.
Pues bien, les decía, con todos los quilombos en los que ando (se agrega que el reloj monitor de frecuencia cardíaca viene con su propio manual de uso) encima Mariana, conmovida por la situación en la que viven sesenta familias de nuestra Ciudad, me manda al diario una donación para Pamela: un cochecito de bebé, ropa, sábanas y juguetes.
Y digo: no puede ser. Tengo un millón de quilombos y encima esto.
Baltasar y el marine
Termino de escribir boludeces en el diario y decido rajarme a mi casa. Quiero llegar antes de que se vaya el chanta del jardinero, para controlar si el pasto ha quedado bien cortado. Allá en el piedemonte donde vivo, me gusta que el patio se parezca a un billar gigante. De ese modo salen más lindas las fotos y los videos, cuando mi hijo corre alrededor de la reposera donde mi mujer toma sol y jugos y lee la última novela de Michel Houellebecq.
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- Hoy los chicos no almorzaron, me dice Pamela…
- Ay, mujer... Y ya se les pasó la hora. Tenés que estar más atenta. En todo caso, dentro de un rato, que tomen la merienda...
Quién mierda me manda a mí a pasar por estas situaciones.
Quién me manda a respirar tierra a la siesta y tener que entablar diálogos desagradables.
Voy a llegar tarde a mi casa y el jardinero ya no va a estar.
La vida es amarga
No contenta con su donación, ahora resulta que Mariana quiere ayudar permanentemente a esta familia mendocina. Quiere, según me ha contado por teléfono, acercarles semanalmente una caja de comida, de modo que, según entiendo, puedan así comer todos los días.
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Yo no quiero ponerme “progre” para no molestar a algunos de nuestros lectores, pero déjenme decir que no debiera ser Mariana quien solucione estas cosas. Y mucho menos yo, que trabajo en un diario digital y, si hay algo que los pobres e indigentes desconocen, es la existencia de Internet. Yo, señores, tengo que escribir para los pulcros, los sensatos, los bien pensantes, los esforzados, los exitosos, los razonables, los atildados, los reputados, los primorosos, los reflexivos, los agraciados y, especialmente, los alfabetos.
Vuelvo hacia mi coche, sacudiéndome los pies en el asfalto de Tiburcio Benegas. Estoy triste: mi vida no podría ser más amarga. ¿Cómo es posible que tenga un millón de quilombos y encima esto? Ya no voy a ir a comprar pescado fresco al hipermercado; me voy a arreglar con una milanesa de pollo o una costeleta o algo así. De hecho, ahora mismo ya ni hambre tengo. Y yo tampoco he almorzado.
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Quién los manda a tener tantos hijos, parecen conejos, chocos parecen. Todos vagos, todos chantas, todos delincuentes. Después, nosotros tenemos que llenar la casa con rejas y con alarmas y a ellos les regalan los cochecitos y la comida en cajas.
La vida, amigos, es quilombo tras quilombo. Uno no alcanza a salir de un quilombo y se te viene otro y, encima, tenés que meterte en quilombos ajenos y en el hiper siguen con el pescado sin vender. Un día de estos me las tomo a vivir a Miami y que este país de mierda se incendie de una buena vez por todas.
Lo único que falta es que llegue a mi casa y el pelotudo del jardinero ya se las haya tomado.
![]() Por Ulises Naranjo | Sesenta familas de mendocinos del asentamiento Escorihuela sobreviven en condiciones indignas en el pecho mismo de la Ciudad de Mendoza. Las embarazadas, las nenas con cáncer, los perros moribundos, la falta de agua potable y de desagües, los Narices Paradas, los trenes, el dengue y el basural. Una postal increíble de la Ciudad de Mendoza en el Tercer Milenio. | |
![]() Por MDZ Sociedad | La Municipalidad de la Capital no habla del problema de las 60 familias asentadas. Y el Gobierno nacional no termina de darle forma a la Administración de Infraestructura Ferroviaria, y definir un destino para los terrenos. La gente que habita el asentamiento Escorihuela padece su indigencia ante la mirada impasible de un Estado ausente. | |
![]() Por Mario Urzúa | "Estamos cansados de presentar notas", dicen quienes han visto crecer el asentamiento desde la vereda de enfrente y no reciben respuestas del intendente de la Ciudad de Mendoza. “Nadie se preocupa, esto es tierra de nadie”, sentencian. Mientras tanto, ya terminó el período ordinario de sesiones del Concejo Deliberante y sólo podría tratarse algún intento de solución si es propuesto por el propio Ejecutivo municipal. | |
![]() Por Mariana Alvarez | ¿De dónde proviene la inseguridad? Una respuesta difícil de conseguir. Una parte de los vecinos acusa a los de "enfrente", sus vecinos también de Capital, de ser generadores de delitos. La situación pone luz en una cuestión fundamental: ¿Quién tiene razón: la víctima del delito, la víctima de la discriminación, o los dos, o ninguno? | |