9 de Noviembre de 2009 |12:51
Tengo un millón de quilombos y encima esto
Ulises Naranjo / MDZ.
 
Asentamiento Escorihuela, de Ciudad.
 
Apago la computadora y despejo mi escritorio, me despido y me hago el plan de ir al supermercado a comprar pescado fresco, para hacerlo a las brasas con verduras y especias. Bajo la escalera y, de pronto, me encuentro con el maldito cochecito de bebé, la ropa, las sábanas y los juguetes. Voy a tener que llevarlos al asentamiento Escorihuela; no queda otra. Quién me manda a meterme en estas cosas...

Cada estación me trae sus quilombos. En invierno, tengo que controlar los niveles de la calefacción en mi casa, en mi auto y en mi trabajo. En otoño, las hojas de los árboles del jardín pugnan por entrometerse hasta en mi bañadera. En primavera, llega la insoportable alergia y en verano, tengo que estar cuidando que el agua de la piscina esté limpia, con cloros y alguicidas. A todo esto debo sumar que la señora que hace tareas en mi casa las haga como corresponde.

No es fácil vivir, amigos, porque la vida acarrea un gran cantidad de preocupaciones cotidianas.

Ahora, en estos tiempos, yo agrego mis dificultades con las tecnologías: tengo un manual para cada aparato que me rodea y no termino de aprender a manejar ninguno: plasma, notebook, dvd más home theater, microcomponente, mp4, play station III y claro también la wii, pc con impresora y scanner y el blackberry con sus bluetooth y yerbas por el estilo. 

Es más: ni siquiera sé cocinar en el microondas.

En definitiva, tengo un millón de quilombos y encima esto… 



Doscientos mangos por mes



Resulta que Mariana, mientras calculaba los gastos del cumpleaños de su hijo y después de leer una nota que escribí, no tuvo mejor idea que ayudar a Pamela, una joven embarazada de ocho meses del asentamiento Escorihuela, recientemente abandonada por su marido y que sobrevive con sus tres hijos con doscientos pesos por mes.

¡Doscientos pesos por mes para cuatro personas! Un reloj monitor de frecuencia cardíaca que me compré el otro día para ir a correr, me salió más de doscientos pesos... ¡Doscientos pesos por mes para cuatro mendocinos! Un asado bien regado me sale más de doscientos mangos; una salida a cenar me sale eso; una cesión de masajes descontracturantes en el Hyatt me sale exactamente eso. ¡Doscientos pesos por mes para tres niños y una embarazada! El otro día, para el Día de la Madre, le regalé a la madre de mi hijo, que todavía es mi mujer, un pantalón medio hippie, color lila, como de seda, muy bonito; se lo compré en el negocio de mi ex novia, quien –con todo lo que me quiere y con los descuentos que me hace esa chica desde que no es más mi novia– me cobró como doscientos mangos… Y resulta que hay gente que se gasta eso por mes.

Pues bien, les decía, con todos los quilombos en los que ando (se agrega que el reloj monitor de frecuencia cardíaca viene con su propio manual de uso) encima Mariana, conmovida por la situación en la que viven sesenta familias de nuestra Ciudad, me manda al diario una donación para Pamela: un cochecito de bebé, ropa, sábanas y juguetes.

Y digo: no puede ser. Tengo un millón de quilombos y encima esto.



Baltasar y el marine



Termino de escribir boludeces en el diario y decido rajarme a mi casa. Quiero llegar antes de que se vaya el chanta del jardinero, para controlar si el pasto ha quedado bien cortado. Allá en el piedemonte donde vivo, me gusta que el patio se parezca a un billar gigante. De ese modo salen más lindas las fotos y los videos, cuando mi hijo corre alrededor de la reposera donde mi mujer toma sol y jugos y lee la última novela de Michel Houellebecq.



Apago la computadora del diario y sus monitores, despejo mi escritorio, me despido de mis compañeros y hago planes de ir a correr al campo y después ir al supermercado, a comprar pescado fresco, para hacerlo a las brasas con verduras y especias, envueltos en papel de aluminio. Bajo la escalera de la Redacción y, de pronto, me encuentro con el maldito cochecito de bebé, la ropa y las sábanas, los juguetes. Voy a tener que llevarlos al asentamiento Escorihuela; no queda otra. Mirá si encima de que tengo un millón de quilombos, alguno del diario se chorea una bolsa…

Salgo a la calle con el cochecito y me da vergüenza andar empujándolo por la avenida Las Heras. Mirá si alguien pasa en un auto y piensa que tengo otro guacho por ahí…

Hoy lunes, mientras escribo esta mierda, está fresquito, pero el otro día, cuando empujaba el cochecito, hacía un calor de perros. Y encima, a las tres y media de la tarde, el sol ya se había hartado de pegarle duro a mi auto importado. Con manifiesta dificultad, conseguí desarmar el cochecito y meterlo en el auto; cargué también las bolsas y me puse en marcha hacia el Escorihuela, chivando fiero y sintiéndome obligado a jugarla de samaritano.

A los cinco minutos, llegué a la villa. Qué gente invasiva, peligrosa, sucia, ratera, en pleno centro de la Ciudad-Más-Limpia-del-País. Me metí al cacerío levantando los pies para que no se fuera el lustre de los zapatos y le golpeé la puerta a Pamela. Salió al rato, con su cara que mezclaba somnolencia con vergüenza. Salieron los chicos también y se le pegaron al lado y empezaron a mirarme como si yo fuera una mezcla de Rey Baltasar con marine norteamericano recién bajado de un helicóptero en Irak.

No sé por qué puta razón me he aprendido los nombres de estos pendejos: Bruno, Karen y Osanna, la más chica, la que tiene cáncer intestinal y problemas en la piel (Osanna tiene cáncer, pienso, lo que no tiene es cobertura social, porque tanto al Gobierno Provincial como al Gobierno Municipal le importa un pito lo que ocurra en terrenos nacionales).

- Hoy los chicos no almorzaron, me dice Pamela…

- Ay, mujer... Y ya se les pasó la hora. Tenés que estar más atenta. En todo caso, dentro de un rato, que tomen la merienda...

Quién mierda me manda a mí a pasar por estas situaciones.

Quién me manda a respirar tierra a la siesta y tener que entablar diálogos desagradables.

Voy a llegar tarde a mi casa y el jardinero ya no va a estar.



La vida es amarga



No contenta con su donación, ahora resulta que Mariana quiere ayudar permanentemente a esta familia mendocina. Quiere, según me ha contado por teléfono, acercarles semanalmente una caja de comida, de modo que, según entiendo, puedan así comer todos los días.

Yo no quiero ponerme “progre” para no molestar a algunos de nuestros lectores, pero déjenme decir que no debiera ser Mariana quien solucione estas cosas. Y mucho menos yo, que trabajo en un diario digital y, si hay algo que los pobres e indigentes desconocen, es la existencia de Internet. Yo, señores, tengo que escribir para los pulcros, los sensatos, los bien pensantes, los esforzados, los exitosos, los razonables, los atildados, los reputados, los primorosos, los reflexivos, los agraciados y, especialmente, los alfabetos.

Vuelvo hacia mi coche, sacudiéndome los pies en el asfalto de Tiburcio Benegas. Estoy triste: mi vida no podría ser más amarga. ¿Cómo es posible que tenga un millón de quilombos y encima esto? Ya no voy a ir a comprar pescado fresco al hipermercado; me voy a arreglar con una milanesa de pollo o una costeleta o algo así. De hecho, ahora mismo ya ni hambre tengo. Y yo tampoco he almorzado.

Quién los manda a tener tantos hijos, parecen conejos, chocos parecen. Todos vagos, todos chantas, todos delincuentes. Después, nosotros tenemos que llenar la casa con rejas y con alarmas y a ellos les regalan los cochecitos y la comida en cajas. 

La vida, amigos, es quilombo tras quilombo. Uno no alcanza a salir de un quilombo y se te viene otro y, encima, tenés que meterte en quilombos ajenos y en el hiper siguen con el pescado sin vender. Un día de estos me las tomo a vivir a Miami y que este país de mierda se incendie de una buena vez por todas.

Lo único que falta es que llegue a mi casa y el pelotudo del jardinero ya se las haya tomado.

 


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que es esta nota espero que una broma de mal gusto la verdad no se entiende
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que parte nueva de este diario me perdi el que redacta lo hace muy mal y la gente hipocrita que lee esto mira los comentarios que hacen .flaco yo no se a que esc ibas ni se pero redacción cero ponete pilas por que no se si sos un ...
Viernes 13 de Noviembre de 2009 09:17
"una joven embarazada"
por password
una joven embarazada de ocho meses del asentamiento Escorihuela, recientemente abandonada por su marido.

Si vive en un asentamiento y no tiene un mango...para que se queda embarazada??!!...
En la vida uno toma decisiones y despue...
Jueves 12 de Noviembre de 2009 15:20
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Tu transferencia, no me toca, se nota que mis críticas si. La única potencia inusitada, es la potencia de tus insoportables artículos, manipulás a través de tus escritos y lo único que conseguís, es que la gente a la que te referí...
Jueves 12 de Noviembre de 2009 14:25
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Jueves 12 de Noviembre de 2009 14:16
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por estela emma
Hace falta tanta pelotudez escrita para convencer a alguien? y además se fijaron que sacó FOTO DEL COCHECITO--que regaló?......Ironía? ....DEMAGOGIA!!-
Ojo de alcón, no se quien sos, pero supongo que sentís el mismo revoltijo que...
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hola ulioses
por adris
fui compañera tuya en la primaria de la tomas godoy cruz, Estoy muy orgullosa de que gente de mi generacion triunfe en todos los ambitos, salieron buenos exponentes de esa esc. como por ejemplo el dr. del hosp central, vos y vario...
Martes 10 de Noviembre de 2009 19:52
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por rubenboquita
Ulises que bolonqui que armaste, sos un genio, tu "pluma" aparte de su ironía, es genial. el único problema es que hay algunas personas que no no alcanzan a comprender como un periodista como vos describe esta situación de pobreza...
Martes 10 de Noviembre de 2009 12:35
A mi...
por philip
NO me parece quq este buena la nota, no me parece que en un diario del perfil de este, todos sabemos quienes son los dueños, se hable asi.

Muy mal Ulises

Y además, seción es con "s", no es "ceción"


Tengo un millón de quilombos y encima esto
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Reglas y condiciones
un problema de todos
Sesenta familas de mendocinos del asentamiento Escorihuela sobreviven en condiciones indignas en el pecho mismo de la Ciudad de Mendoza. Las embarazadas, las nenas con cáncer, los perros moribundos, la falta de agua potable y de desagües, los Narices Paradas, los trenes, el dengue y el basural. Una postal increíble de la Ciudad de Mendoza en el Tercer Milenio.
La Municipalidad de la Capital no habla del problema de las 60 familias asentadas. Y el Gobierno nacional no termina de darle forma a la Administración de Infraestructura Ferroviaria, y definir un destino para los terrenos. La gente que habita el asentamiento Escorihuela padece su indigencia ante la mirada impasible de un Estado ausente.
"Estamos cansados de presentar notas", dicen quienes han visto crecer el asentamiento desde la vereda de enfrente y no reciben respuestas del intendente de la Ciudad de Mendoza. “Nadie se preocupa, esto es tierra de nadie”, sentencian. Mientras tanto, ya terminó el período ordinario de sesiones del Concejo Deliberante y sólo podría tratarse algún intento de solución si es propuesto por el propio Ejecutivo municipal.
¿De dónde proviene la inseguridad? Una respuesta difícil de conseguir. Una parte de los vecinos acusa a los de "enfrente", sus vecinos también de Capital, de ser generadores de delitos. La situación pone luz en una cuestión fundamental: ¿Quién tiene razón: la víctima del delito, la víctima de la discriminación, o los dos, o ninguno?
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