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La tarde del sábado fui al supermercado con mis niños a buscar víveres para el domingo. Cuando llego a mi casa, un auto azul estaba estacionado en mi puerta. “Visitas”, pensé, que no imaginaba encontrar. Un nudito nomás en la garganta y arremetí con las bolsas hacia la cocina. Se trataba de una familia que hacía varios años que no veía; jóvenes, con niños. Aprontamos unos mates, unas galletas, unas palabras sin sentido, de compromiso.
El hielo, se rompe siempre con estupideces en el principio de toda conversación. El fondo de la cuestión puede estar lejos, pero aparece en cualquier momento. La vida de stress, la dificultad de terminar con holgura el fin de mes. Un viaje del muchacho para desestresarse, a Buenos Aires, de donde es oriundo. El tema de los colegios, el tema de los maestros, el tema de las disciplinas en la escuela. El hastío de fin de año. Lo normal.
“El viaje me vino bien, fue una semana. Estuve con una comunidad de rastas en “el tigre”, y vos no sabes qué onda tenían los pibes. Muy tranquilos, mansos. Me explicaron bien el tema de la marihuana, y, la verdad, es que tenían razón; no les hace nada, es natural y además, son todos muy pacíficos. Para mí fue una experiencia muy buena, ahora los entendí. Y eran gente de guita, o clase media alta, no eran negros”- sentenció, como si ello le agregara valor a su comentario.
La noche arremetió sin permiso y dijo presente. Los niños no se conocían entre sí, y ya peleaban, curiosamente, con una violencia inusitada. El más chico de la familia visitante le pegó de alivio un linternazo seco a mi hijo mayor que estaba tranquilo en su computadora; de atrás, sin aviso, sin un por qué. El mismo niño, le intentó clavar una espada de juguete en un ojo a mi pequeño de cuatro años. Le apuntó al ojo, y, por suerte, erró. Mi nena, preguntaba nerviosa “cuándo se van papá”. Descontrolado, el violento enano maldito abrió la heladera sin más y saqueó la caja de alfajores. Sacaba de a dos en dos. No quedó ni un rastro de chocolate en el paquete.
La charla giraba, se direccionaba, paradójicamente, hacia temas de inseguridad y violencia social. Opiniones superficiales. Típicas. No muy alarmantes. “No se puede vivir así”. “Está pesada la mano”. “Buenos Aires es tierra de nadie”. “Mendoza se le parece”. “Falta educación”. “Falta cultura”. “Faltan buenos sueldos para la policía”. Que con eso no alcanza, que hasta cuándo podrá durar todo esto, por más que el gobierno hiciese todo lo que en la charla se decía. De fondo, 100% lucha. Mis chicos, acostumbrados a las luchitas simuladas, no podían creer la ausencia de imaginación del niño desbocado y ansioso.
Pero llegó el momento de la gran medida al tema de la charla, la frase del remate, la solución final: “mirá Marcelo -me dijo el muchacho que no llegaba a los 30 años, con los ojos fijos en los míos- aquí hace falta matar a 30.000 tipos más, y se acaba el problema”. Su mujer se sonrojó de vergüenza. Se puso nerviosa. Intentó contradecirlo sin mucho entusiasmo. Yo no emití comentario alguno y serví el mate número 15 con la vista clavada en el chorrito que bajaba lento del termo y caía sobre una yerba lavada. Sábado a la noche. Nada por hacer. Mis chicos suspiraban porque las visitas partían, muy lentamente, pero partían. “A ver si nos hacemos un asadito pronto” -dijo el muchacho.