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Una serie de televisión convoca a los colombianos a la pantalla todas las noches. Es atrapante y cuenta con un excelente nivel de producción. Se llama "El Capo" y si bien se anuncia como una tira que trata de retratar la vida del narcotraficante Pablo Escobar, lo que muestra en realidad parece ser una versión predigerida del conflicto armado que deja mas de 20 mil muertos cada año en Colombia.
En la teleserie, los narcontraficantes bien pueden ser confundidos con los guerrilleros. Los militares aparecen como personas buenas por demás y el presidente de la Nación, un hombre preocupado al extremo por la violencia, con dosis iguales de heroismo y bondad, sazonados con un fuerte toque épico. Hay más: en medio del debate por las bases militares estadounidenses en territorio colombiano y de la injerencia de aquel país, denunciada por casi todos los mandatarios latinoamericanos, la serie machaca con la idea de que los aviones espías norteamericanos, de alta tecnología, son comandados por militares de este país, como dejándole en claro a una sociedad que dificilmente pueda diferenciar entre verdad y ficción algo así como que "todo está bajo control".
Pero el cerco informativo no pasa sólo por la serie de RCN producida junto con Fox. Quien no habla de esto, sí lo hace de la Gripe A del presidente Alvaro Uribe, una peste que le vino como anillo al dedo para que pocos recordaran su mal trago en Bariloche, en donde sus pares latinoamericanos lo aislaron por permitir la instalación de bases militares estadounidenses en la región.
La vida del Presidente es parte del reality: qué toma, qué hace, como avanza su recuperación, mechado con las terribles imágenes de las pruebas de vida de unos secuestrados hace más de una década, que aparecen encadenados y maltratados por las FARC.
Confundiendo una cosa con otra, una señora dijo por TV sobre la salud de Uribe, luego de conocerse que el mandatario había contagiado a los habitantes de un poblado no bien llegó de la Argentina: "Se ha agarrado este HIV (en lugar del H1N1) y tiene bajas las autodefensas (en lugar de "defensas" y con el discurso dominado por el conflicto, recordando a las Autodefensas Unidas de Colombia)".
Lo que se percibe en la calle es cierta desazón: un apuro por derrotar ya a la guerrilla y una necesidad de que se supere el conflicto para empezar a tener pan y trabajo. De eso están convencidos los líderes barriales en las comunidades del entorno de Medellín, por ejemplo. Pero a poco de escarbar y de discutir en un bar en donde se escucha música de Gardel, alguien siempre es capaz de meter el dedo en el ventilador: "¡Es que esto no se acabará! Si no morimos de hambre, moriremos bajo las balas".
El conflicto bélico interno lleva 40 años. Y desde la aplicación del Plan de Seguridad Democrática con apoyo estadounidense para su sustento económico, la gente pudo empezar a viajar por tierra entre ciudades de Colombia sin ser secuestrada. Y esa posibilidad, ya la agradeció con dos elecciones presidenciales dedicadas a Uribe. Sin embargo, ya se nota que esta urgencia se emana y se emite desde el Gobierno y los medios afines por aplastar a la guerrilla no es tal: es tan sólo el vértigo de la política.
Ahora Uribe está tejiendo una trama política para conseguir un tercer mandato al frente del Gobierno. Y no hay obstáculos que no busque derrotar. Así, está logrando aplastar antes a la Constitución -tal como se dice en la calle- que a los insurgentes.
Jason es un joven que estuvo en la guerrilla, pero se "desmovilizó" y el Estado le garantizó una pensión y dinero para un emprendimiento, con tal de que no volviera a las armas. Él volvió. Pero en la misma reunión de un centro comunitario de la Comuna 3 de Medellín habla de las cosas de Colombia junto a muchos otros referentes del barrio y le contestan, con dureza: "¿Tenemos que salir a matar como vos para que nos den trabajo?". Jason no reacciona: se siente parte de una comunidad en paz y está seguro que esto último que hizo en su vida es lo mejor que le pasó. Pero los vecinos ven que sus hijos están aburridos en las esquinas, sin tener qué comer, sin ver en todo el día a sus padres que salen a buscar trabajo y con la posibilidad siempre latente de que alguien ofrezca unos billetes por vender droga o por unirse a algún grupo armado, ya sea urbano o como parte del conflicto.
Allí es en donde aparece un cuello de botella que las políticas públicas de una ciudad como Medellín no pueden abarcar del todo. Esto, a pesar que hace algún tiempo logró darse vuelta a la ciudad como a una media, cambiando su realidad violenta por una llena de esperanzas, dándole aliento político al ex alcalde Sergio Fajardo, hoy un presidenciable capaz de disputarle la Casa de Nariño (la sede presidencial) a Uribe y a los aspirantes del Polo, un partido que fue una opción progresista, pero que viró hacia opciones más tradicionalmente marxista leninistas.
La guerra todo lo domina. Lo que la gente se pregunta, huérfana de respuestas creíbles, es si las cosas serán, al final del camino, como lo muestra la televisión o como percibe en su propio barrio la realidad que los asfixia.