6 de Agosto de 2009 |09:06
Con el cadáver a cuestas
El viajero, en algún momento, tiene que morir; dilapidar una muerte. Si al fin de cuentas la meta a cumplir era volver para recordar, porque todo presente es más poderoso, y es de ese presente del que hay que zafar para no quedarse pegado en la instantánea. El click de la foto, como dijo Barthes, es en algún modo “el click de la muerte”. Somos lo que dejamos atrás, pero el pasado se construye hacia adelante.
por Marcelo Padilla, Columnista de MDZ

Murió en El Salvador de Bahía “una” de las muertes, de las que se descuentan para el viajero, después de cada arribo a su morada. El viaje ha concluido, al menos, en una de sus formas: la del traslado físico-mental. Y se vuelve con el cadáver a cuestas, como en la película “La gente finalmente vuelve a casa”, realizada por el genial director Chino Zhang Yang (2005) donde el amigo carga con el peso de su compañero fallecido en un bar, iniciando el periplo del regreso, con el fin de enterrarlo junto a sus familiares; promesa de lealtad hecha y cumplida.

Todo viajero muere con las canciones de despedida que le brindan los mares, los ruidosos bares, las muchedumbres de las ciudades, las sonrisas de las personas que entraron en su vida de recuerdos, pero también en la remembranza de los intersticios inexplicables de la soledad que brindan camas ajenas. Entonces, ya ni las fotos cuentan; mucho menos las filmaciones, los mensajes y correos electrónicos. Ahora talla la evocación en la vigilia en su lecho, a las 4 de la mañana, sobre la almohada fresca por la helada.

Anoche he visto una hermosa película sobre Brasil. Un film que registraron mis ojos, sólo mis ojos y mi cuerpo. Traje miles de kilómetros el cadáver del viajero a mis espaldas, camino a casa. Y era necesario acarrearlo para confiarlo en el fondo de la cabaña junto a mis animales, en el piedemonte, a frío seco y bajo tierra. Gasté un viaje más en la vida, todos lo hacemos cuando viajamos y regresamos.

Las vueltas, los regresos, siempre se tornan más pesados. Todo a cuestas duele más de vuelta que de ida. La liviandad de la ida es tal vez proporcionalmente equivalente a la pesadez del retorno. Despedirse es más duro que alguien nos dé la bienvenida. Por eso el viajero en algún momento de su viaje tiene que morir y dilapidar una muerte. Si al fin de cuentas la meta a cumplir era volver para recordar, porque todo presente es más poderoso, y es de ese presente del que hay que zafar para no quedarse pegado en la instantánea. El recuerdo incorporado hará vivo aquel presente para deleitar otro presente enriquecido y entristecido, pero más enérgico.
Como cuando uno deja un gato o un perro lejos para desprenderse de él, y al tiempo, vuelve. Vaya uno a saber porqué camino, pero vuelve. Vaya a saber cuántos días demorará la repatriación, pero regresa. Y uno verá luego al gato o al perro, maullando o meneando la cola, dormido en el mismo rinconcito sobre el almohadón o el sillón, como si nada hubiese ocurrido.

El animal nos ha perdonado una vez más. Y por supuesto, lo primero que hacemos es ofrecerle un soberbio plato de comida. En este caso, un bruto asado junto a mis amigos.

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