Hay un lugar…
Las primeras ballenas de la temporada llegaron a Península Valdés, Patrimonio de la Humanidad. Para la Patagonia, es una fiesta. Miles de personas de todo el mundo y casi un millar de mendocinos viajan cada temporada a la costa a ver el espectáculo inigualable de las francas australes. Una historia para contar, fotos, y videos.

Hay un lugar. Queda un puñado de kilómetros al norte de El Doradillo, un complejo de playas agrestes y desérticas al norte de Puerto Madryn, Chubut, en el sistema Península Valdés. Es un santuario natural de ballenas protegido por todo tipo de leyes, porque cada tanto reaparecen los proyectos inmobiliarios, de loteos, e incluso hoteles y shopping, como se quiso hacer alguna vez, hace ya muchos años. Allí, la ballena franca del sur va cada año a reproducirse, parir y criar a sus cachorros. Y siempre vuelven a ese lugar, uno de sus refugios en el mundo.

Abajo, podés ver en el video un reportaje fotográfico sobre la ballena franca.

Hay que ir con cuidado por la viejísima ruta de ripio, la primera que se hizo para unir Península, Valle y Comodoro en la época de los descubrimientos petroleros y del tren de la sal. El barro del camino se congela y se pone traicionero. La huella, caprichosa, nos ayuda. Pero es imposible dejar de desviar la vista hacia la costa, para ver si están, si ya se acercaron. Un ojo en la ruta y otro en el mar, hasta que una ajada cubierta de camión pintada de blanco al costado de una tranquera dice “Playa Bañuls”, el mensaje cifrado para los pescadores. Eso es unos 30 kilómetros al norte de Puerto Madryn, en pleno corazón del Golfo Nuevo.

El rito consistía, año a año, en levantarse temprano, armar los equipos de pesca, el café, los cigarrillos y llegar a Bañuls antes de que salga el sol. En pleno invierno, con temperaturas cerquita del cero, en la orilla del mar el frío intenso no cala los huesos como en la montaña. Es un frío diferente, que abraza, y deja el mar “planchado”, como una gigantesca pileta de un aceite espeso y oscuro. La idea era ir a pescar róbalos, unos peces de entre dos y cuatro kilos, óseos, que hechos a la sal son un verdadero manjar. Pero, en esas mañanas frías, hay que compartir el mar con ellas, las ballenas; dueñas y señoras de la costa.

El espectáculo de un grupo de cópula. (Gentileza Diego Danese)

Yo las vi desde muy cerca. Una vez, incluso, aunque está prohibido, toqué a una. Sentí, cada vez, la emoción de esos cuerpos enormes desplazándose sobre el agua, metido hasta las rodillas en el océano frío a apenas cinco o seis metros de la costa. Sentí la paz al verlas evolucionar, jugar, aparearse, guiar y enseñar a sus cachorros mientras nosotros, pequeños, asombrados, boquiabiertos aunque las conocíamos desde siempre; las seguíamos desde la costa, con la caña inútil en la mano, ya que cuando hay ballenas, amigos, no hay pique. Desplazan toneladas de agua en su andar y sus coletazos.

Cada invierno las sentí resoplar de noche, cantar y comunicarse hasta bien entrada la madrugada. Cuando las luces de la ciudad bajaban y nos preparábamos para el otro día, las ballenas empezaban su rito de amor austral en el Golfo Nuevo. A veces se ponían pesadas, no dejaban dormir. Otras, aparecían a la mañana en veinte o más grupos de cópula, frente a las costas de la ciudad, para regalarles a los que no podían ir a las afueras el espectáculo único de su presencia.

Una vez, una me miró de cerca. Estábamos en el muelle, sacando fotos, filmando, viéndolas jugar, gritando al paso de cada de gigante de 35 toneladas y hasta 17 metros de largo. Había una que pasaba una y otra vez por debajo de nosotros. Es indescriptible lo que se siente al verse reflejado en ese ojo enorme, profundo, pleno de inteligencia y de secretos recolectados en el fondo del mar y a lo largo de miles y miles de millas marinas.

Y si el avistaje era desde las lanchas, juro que nunca pude saber quién observaba a quién. Muchas veces, son ellas, curiosas, las que se acercan a las embarcaciones para dejar a los cientos de turistas que salen por día desde Puerto Pirámides, totalmente extasiados.

Así es la ballena franca. Su nombre tiene un origen triste. Se la llamaba  “rigth whale” porque era muy fácil de cazar. Amigable y mansa, se entregaba a los balleneros. Ahora cada una de ellas es un monumento natural y está prohibido capturarlas, aunque cada año los países cazadores como Japón y Noruega logran avances en la Comisión Ballenera Internacional.

Aliados con países en desarrollo a los que les compran el voto, van a la búsqueda del trofeo mayor. Quién sabe qué pasará con la humanidad. Pero tal vez algún día lo logren. Ojalá que no.

Las ballenas esconden muchos misterios. Son monogámicas y fieles, familieras, cada una está identificada por sus callosidades, tienen memoria e inteligencia, y son excesivamente confiadas, curiosas y juguetonas. Un cachorro de seis o siete toneladas y 45 días, con ganas de jugar como cualquier mamífero, puede lastimar a alguien seriamente o destrozar un kayac. Por eso está prohibido bucear con ellas. Igual, muchos lo hacen. Es una experiencia inigualable. También portan un secreto. Nadie, ni la ciencia más avanzada del Instituto de Conservación de Ballenas en los Estados Unidos, ha podido averiguar por qué se mueren en las costas de Madryn un porcentaje alarmante de crías y algunos adultos. Animales sanos, bien alimentados, simplemente encallan y mueren. Mirá un video sobre ello, que preparé dos años atrás.

Esta es la Patagonia. El Golfo Nuevo debe ser uno de los pocos lugares del planeta en que uno puede ver a su antojo a seres tan enormes, tan especiales, en la más completa libertad. De eso se trata, de vivir la naturaleza como es, como vino al mundo, como debe ser para siempre.

Ahora, con la llegada del invierno, la temporada de ballenas –que empieza oficialmente hoy- se pone interesante. Miles de personas recorren el mundo para verlas. Incluso, muchos mendocinos, hasta un millar hemos contado, viajan a la costa para no perderse el show.

En estos días, comenzó la Vigilia de Ballenas, un gran operativo de marketing para instalarlas como producto turístico. Y pareciera que ellas lo saben. Aunque merodean las costas desde abril, y algunas más remolonas se quedan hasta enero, la llegada en masa se produce ahora. Es lo que vemos por TV e Internet. Pero nada se parece a compartir con ellas un pedazo de mar helado, un poco de viento, o un trozo de cielo impasible a la hora en la que el sol y las estrellas aún se están acomodando.

Si podés, andá a verlas. El viaje es largo. Y allí el frío aprieta. Pero vale la pena. Es de esos recuerdos que quedan para siempre atesorados en la memoria.

 

Agradecimiento: Diego Danese y José Fuentealba, de diario El Chubut, y Jorge Barone, fotógrafos patagónicos que aportaron material para esta nota.

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