12 de Marzo de 2009 |09:25
Finca Agostino, donde el vino unió el amor, el orgullo y la nostalgia
mdz
 
Sebastián, Miguel y Rosalía Agostino, en un alero de la hermosa casa de la propiedad.
 
La familia Agostino, nacida en Sicilia, criada en Mendoza y desarrollada empresarialmente en Canadá, volvió a esta provincia con un importante emprendimiento vitivinícola en Brarrancas, Maipú.
Corría el año 1947 cuando la familia Agostino decidió trasladarse a la Argentina y más concretamente a Mendoza. Aquí ya estaba su abuelo, que había venido en el año 1939. Habían dejado Sicilia y venían buscando posibilidades de trabajo. El nono ya era contratista de una de las fincas de la familia Benegas y allí fue a trabajar el papá.

Con ellos, y muchos familiares más, llegaron tres hijos pequeños, Rosalía, Vicente y Sebastián Agostino. Luego, ya viviendo en Mendoza, nació Miguel, el menor de la familia. Vivieron en la provincia 17 años, hasta que en 1964, deciden emigrar buscando acercar lazos con familiares de la mamá, que habían recalado en Estados Unidos y Canadá.

Dado que las primeras visas salieron de Canadá, allí partieron y se instalaron en Montreal, donde el padre de familia, que era constructor, se puso a trabajar en su oficio y con el tiempo construyeron una importante empresa. En el medio, los hijos estudiaron. Miguel se recibió de ingeniero Civil, Vicente de bioquímico y Sebastián abandonó en 4º año de arquitectura para dedicarse a ser piloto comercial, que era su pasión.

Pero siempre conservaron el espíritu familiar. Y siempre mantuvieron vivos los recuerdos de sus años vividos en Mendoza. Además, habían quedado familiares, por lo que, cada tanto, se hacían una escapada.

Hacia mediados de los años `90, y con el objeto de que su padre, ya viudo, visitara a una hermana, también viuda, comenzaron a viajar más seguido, y, como gente de negocios, comenzaron a mirar. Lo suyo era la construcción, pero la nostalgia de la infancia vivida entre las viñas, les tiraba mucho.

Mientras miraban, llegó el año 2001, la crisis y las oportunidades. Buscaban una viña de unas 10 hectáreas con una bodeguita, pero encontraron nada, hasta que les ofrecieron unos viñedos en Barrancas, que habían pertenecido a Furlotti y que en ese momento eran propiedad del Diario los Andes.

Terminaron comprado la propiedad, que en ese tiempo tenía 60 hectáreas cultivadas y 80 sin cultivar. Y allí comenzaron su aventura vitivinícola invirtiendo lo que nunca pensaron, pero con mucho entusiasmo. “Lo hicimos por amor y por orgullo” asegura Miguel, porque sabían que no podían esperar retornos rápidos, pero querían hacer las cosas bien.

El viñedos de Barrancas tiene implantadas variedades como Cabernet Sauvignon, Malbec y Merlot, entre las tintas, así como Chardonnay, Chenin, Sauvignon Blanc y Viognier, entre las blancas.

Así implantaron el resto de la finca y hoy tienen 140 hectáreas de uvas de alta calidad, a las cuales le sumaron una finca en La Consulta, de 50 hectáreas, plenas de Malbec y Cabernet Sauvignon. En medio de la propiedad construyeron una casa patronal y edificios para oficinas, todo en forma muy armónica, junto con el arquitecto mendocino Ignacio Campoy.

Para remarcar aún más ese espíritu de amor que sienten por Mendoza, cuentan que se enamoraron de la Plaza España, y decidieron construir en los fondos de la casa patronal un patio español, que no sería cualquiera. Querían que fuera una pequeña réplica de esa plaza que los había impresionado y salieron a buscar y comprar, incluso, las mismas mayólicas que decoran la céntrica plaza mendocina.


Mientras producían sus uvas, comenzaron la construcción de una bodega, que hoy tiene 3 millones de litros de capacidad, repartidas entre piletas de cemento y tanques de acero inoxidable. La bodega cuenta con un sótano para estibas de botellas y una sala de barricas, que recién se está poblando. La de 2009 será su tercera elaboración.


Pero mientras estos constructores construían, poco vendían. Les faltaba armar el esquema comercial y ya se habían dado cuenta de que un armado mínimo les llevaría no menos de cinco años. Y la vida les volvió a sonreír. La gente de Viñas Argentinas había decidido desprende de su unidad de vinos finos y les ofrecieron la marca Telteca, que ya tenía un volumen importante de ventas y una cartera de clientes. Pero ellos fueron por más. Se trajeron no solo la marca, sino todo el equipo comercial y de producción, encabezado por el licenciado Alberto Antonacci. “Nos ahorramos cinco años” reflexiona Sebastián Agostino.

Finca Agustino hoy es una realidad, en la que se mezclan las añoranzas, el afecto, la familia, la visión de negocios y un concepto muy realista del manejo del negocio vitivinícola. En poco tiempo más, verán la luz los vinos Premium, con la marca Agostino, que complementarán a Telteca. Historias que sólo el espíritu del vino podría explicar.
Finca Agostino, donde el vino unió el amor, el orgullo y la nostalgia
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